Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Nos vamos a casa



Nos vamos a casa


No conseguí apartar la vista del enorme y pesado crucifijo que colgaba de la pared en el cuarto estéril de Martha, presidiendo sus anémicos suspiros, reubicada ésta sin voluntad en un hospicio. La presencia de aquella cruz era amenazadora y reclamaba una atención diestramente exigida, para reflexionar sobre la muerte y el paso de la vida.

“No es lo más apropiado para este lugar”, pensé, mientras corría las cortinas y levantaba la persiana para tratar de llenar la diminuta y escasamente amueblada habitación, con docenas de rayos de luz de un sol recién nacido.
Luego me giré para mirarle directamente a los ojos. Su cabeza se hallaba hundida entre las dos almohadas, cuyas fundas acababa de sustituir por otras de un blanco casi radiante, nuclear. Deseaba envolverla con toda la luz, con toda la claridad de su mundo, al que todavía pertenecía.

La sábana protegía su cuerpo por completo. De no haberlo hecho, cualquiera habría descubierto sus escuálidas y huesudas piernas, cubiertas de una grasienta pomada con la que pretendían conservar su piel y cortar la gangrena.
Se hallaba envuelta en pañales. Hacía muchos meses que su cuerpo en quiebra no controlaba sus necesidades. Pero aquella sábana conseguía diestramente ocultar el declive físico de Martha. Tapaba prácticamente toda su presencia y tan sólo permanecían visibles la cabeza y una enorme y arrugada mano, que exploraba inerte el vacío del aire, posándose finalmente en el borde de la cama.

Me incliné para besar su frente. Martha desprendía una portentosa fragancia que me sosegaba y me hacía embarcarme en su halo, a punto de partir. Presencié un olor a lirios blancos y rocío fresco. La abracé con fuerza, mientras no dejaba de acariciar su blanco y ralo cabello. Finalmente, su mirada se topó con la mía. Sus párpados estaban semiabiertos, sus pupilas brillaban eufóricas al verme. Aquellos párpados luchaban con fervor para mantenerse abiertos.
Sobre la comisura de sus labios se habían formado pequeñas burbujas de saliva y aire. Pensé que, quizás, quería formular algunas palabras de las que ya no era capaz. Tal vez quería decirme que no sentía temor.

“Nadie vive ni muere solo, Martha”, le dije con dulzura.
Sabía perfectamente que no mentía.

Ella conseguía entonar varios suspiros, sin llegar a balbucear nada inteligible. Sonreía. Su mirada parecía haberse detenido en mis hombros. Ah, ya comprendía: había descubierto mis alas. Ahora podía verlas.
Estreché fuertemente su mano y me incliné nuevamente para cubrirla de besos.
Ahora Martha era perfectamente consciente de por qué yo había estado tantas veces por allí.

“Nos vamos a casa”, le dije, mientras le ayudaba a levantarse de la cama y finalmente me abrazó llena de júbilo y alegría. Había rejuvenecido de sopetón.

Nuestro padre nos estaba esperando.

– In memoriam a Francis, con todo mi corazón. –

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