Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Desde el diario de Marianne Schneider ( Fragmento extraído de mi nueva novela “Segunda voz” ® )

Desde el diario de Marianne Schneider ( Fragmento extraído de mi nueva novela “Segunda voz” ® )

                                  (Imágen que habla muchísimo de mi nueva novela, donde una niña y un sacerdote    son  protagonistas)

Me encantaba leer desnuda.

Y asimismo, me encantaba rumiar la cualidad de mi retiro, mientras mi alma resistía todos los ataques de los relojes.
Porque ésa, era la única forma de convertirme en lo que realmente era.
Normalmente, un inmenso fatalismo, llevaba toda la vida protegiéndome de las aflicciones y de la amargura.
Utilizaba distintos disfraces para que a nadie se le ocurriera ponerme en evidencia, ya que mi natural reticencia daba carta blanca en lo tocante a mi personalidad.
Pero nadie tenía ni la menor idea de cuál podía ser mi verdadero carácter.
Podía ser cínica como nadie, con un fino sentido de la ironía más intencionada.

Amaba los inventos de mí imaginación, eran mi propia fontaine lumineuse. Y en el fondo de mi corazón, aunque pretendiera creer otra cosa, tan sólo amaba lo ilusorio.
Y hoy lo confieso, atestiguo, -a mí perversa manera-, alardeo mi amor a las rendijas, admito mi necesidad casi patológica de esconderme, de cuánto me llegan a gustar las máscaras.
De manera que sí, que cuando se me presenta la oportunidad de una nueva ocultación, una oportunidad de oro para agazaparme sin que nadie me “vea” tras el impenetrable disfraz de sumisa e ingenua fémina acariciable.
Me encantaba renquear por la vida envuelta en la armadura de mí disfraz de ingenua.

Pero voy a decirlo: la diferencia entre ponerse una máscara,-lo que siempre es una ocasión de libertad-,y, la que le obliguen a una a ponérsela, ¡es la misma que hay entre un refugio y una cárcel!

Por mucho que sonriera, siempre había una cierta amargura escondida en las comisuras de mi boca, y mis ojos tristes traicionaban un irónico je ne sais quoi.
¡Toda mi desesperación soterrada, toda la tristeza y desesperanza de la que me alejaban los libros, afloraban a la superficie de mi rostro, burbujeaban en mis ojos y cubrían mi faz como un velo!

La trivialidad del mundo daba patadas a mis ensoñaciones, dejándolas disolutas y corrompidas, porque mi mente era el inescrutable escenario de combate entre mí moral y la frialdad del intelecto.

A veces- así podía suponerse-, mi  espíritu estaba compuesto únicamente por lenguaje. El alma entera parecía estar hecha de palabras, de algo tan sólido y también volátil como los vocablos puestos en boca de la existencia.
Cuando alguien osaba emplear las palabras  “correr”, “pasar” o “fluir”, cualquier otro sinónimo de fugacidad, me ponía a la defensiva.
Fui alguien que reaccionaba con exageración ante las palabras, como si éstas fueran mucho más importantes que las cosas tangibles que la rodeaban.
Si alguien se hubiera osado a  comprenderme, se hubiera atrevido a desproveerme de la insolencia, tan sólo le hubiera hecho falta la magia de las palabras.
Sermoneaba acerca de la dictadura de la falsa libertad, acerca de las palabras mal empleadas, de las invisibles catacumbas del lenguaje profanado y de la luz inalcanzable en la época actual de la poesía.
Era una obsesa, avara y adicta a los léxicos, a la que- una palabra inadecuada- hacía más daño que una puñalada.

De tanto en tanto sentía la necesidad de arrancarme a mordiscos esa carita de adorable, y presentarme ante mí misma como la criatura que me constaba ser,
me daba por desarroparme, descobijarme de todo,
y leer desnuda,
mientras una lenta acumulación de significados acababa por condensar el aire, haciéndome descender en picado hacia los parajes brumosos de mi imaginación, para seguidamente emprender un vuelo directo hacía los giros más trágicos de mi pasado.
Entre mis manos un libro de Byron. Cumbres borrascosas; mientras que inmersa en una oscuridad de vocablos, llegaba a imaginar lo más insólito, -como envuelta en una nube nocturna y aparentemente ingrávida, suspendida en una bóveda celeste, me disolvía en el éter.

Entonces me envolvían sensaciones funestas,- mientras solía yacer así, aparatada de todo, a solas conmigo misma,
-desnuda en la nada- ,
mientras la realidad se esforzaba por acumularse entorno a mí, como una niebla mefítica.
Y ahí estaba yo, regresada de entre los muertos y de entre los vivos, con una gran dosis de vapor emocional en mis entrañas;
desnuda, leyendo,
y -cabía suponer, en el nirvana o en el infierno, contorsionándome sobre una alfombra de piel.          ¡Era mágico!
Anhelante de que ÉL se presentara ante mí, como un suplicante, llevando en su mano una rosa roja sin tallo, para colocar humildemente el capullo en el hueco de mí ombligo, como si de una ofrenda se tratara.

Y si, lo admitía: yo le esperaba, y lo seguiría haciendo toda mi vida:
leyendo desnuda,
escudriñada sobre el suelo, prácticamente catatónica, sin máscaras, despojada de todos los disfraces, sucumba a las tardes vacías y a las noches solitarias, para que ÉL me viera como realmente soy desde su ignorada estancia.


Comentarios

  1. Hola claudia. Te d3eseo muchos éxitos con esta nueva novela!
    UN abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Fantástico texto, me identifiqué en gran medida con tus palabras.
    Como dicen por ahí, "para muestra un botón". Imagino cómo tiene que ser el resto.
    Mucha suerte.
    Saludos.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares