Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

El cementerio


No sé exactamente cómo llegué allí. Estaba nevando. Era la primera nevada del año. Gruesos copos de nieve, volátiles y ligeros, cayeron de un cielo turbio, llenando los campos y las calles de un blanco absoluto. Por alguna extraña razón decidí ir allí. Era curioso, no sentía frío, todo se me antojaba diferente. Tampoco conseguí ver mis pisadas sobre la nieve, lo cual atribuí a que la intensidad de los copos recién caídos llenaba cualquier espacio mediante su adhesión.

Caminé hacia la entrada y empujé decidido la gran verja oxidada que, para mi sorpresa, cedió con bastante facilidad. Ante mí se extendía un gran campo abierto, en el cual un sinfín de tumbas acechaba tendidas, como lobos solitarios esperando la salida de la luna llena, quizás en el intento de ver iluminados sus rostros y figuras, revelando sus identidades. Una cara angelical esculpida en mármol me sonreía melancólica e inerte. La poca luz que quedaba ya de aquella tarde se había ladeado sobre sus ángulos, otorgándole una especie de aspecto mágico y encantado. Me pareció escuchar una suave y dulce melodía, música de arpa y de flauta, pensé, y nítidamente oí la palabra "bienvenido". ¿Acaso se le pretendía dar la bienvenida a alguien en aquel sombrío paradero? Ciertamente, no me parecía de muy buen gusto.

Intrigado, comencé a buscar el origen de aquel sonido que me llevó hacia el lado oeste del cementerio, dividido por una cadena infinita de lápidas que, seguramente, habrían estado esperando coronas y flores en vano durante mucho tiempo: eran las tumbas que, aún conservadas, atesoraban los cadáveres de los soldados caídos durante la segunda guerra mundial. No obstante, presencié como un halo de grotesca comedia en todo aquello que, flotando en el aire, no dejó de insistir sobre su naturaleza hasta alcanzar mis entrañas. En su empeño, trataba de desdramatizar aquel camposanto minado de muerte. No conseguía comprender mi propio buen humor en aquel instante.

Unas cruces anónimas cubiertas de nieve, observaban mis pasos como blancos ojos parpadeantes que se forzaban en recobrar la visión bajo la sombría estancia de unos árboles siempre verdes: cipreses. Vi como emergieron bajo los mismos varias personas empujando una especie de carruaje: cruzaron un trecho de tumba y desaparecieron de nuevo. De pronto vislumbré un pedazo de tierra limpia de nieve, donde se había reunido un grupo notable, al parecer entregado a un asunto que siempre me había parecido terrible: un entierro. El sacerdote del pueblo acababa de pronunciar sus últimas palabras: "Incénsum istud a te benedictum ascindat ad te, Franz, et descéndad super nos misericordia tua, Domine", que llegaron tenues a través de los copos que caían incesantes sobre mí.

Observé un pequeño recipiente sobre aquel carruaje, el mismo que vi pocos minutos antes. No había ataúd, era una urna. Tres hombres que vestían de negro con trajes corrientes se hallaban de pie junto a la fosa. Uno de ellos llevaba una gran corona de flores. Me esforcé en leer la dedicatoria, pero una persona dio un paso hacia delante, desproveyéndome de mi adquirido campo visual. Tocó el hombro de su compañero y éste, sobresaltado, dejó caer las flores dentro de la fosa. Un poco alejados, dos muchachos se fundían en un abrazo y yo que estaba a treinta yardas de distancia, junto a otra tumba, tardé unos minutos en reconocerlos, pero finalmente lo hice: eran mis dos hijos: Stefan y Claudia.

Mientras que en algunos de los presentes tan sólo observé unas escasas, mezquinas y forzadas gotas abandonar sus ojos, mis dos hijos estaban llorando arrebatadamente y con un desconsuelo espantoso. Parecía que estaban haciendo esfuerzos increíbles por mantenerse de pie junto a aquella fosa. Sus llantos amargos parecían turbar y profanar los silencios de aquel lugar. ¿Qué hacían allí y quién habría muerto para hallarles en un estado de semejante desesperación? Vi como mi hija Claudia abrió la palma de una de sus manos. Besó un pequeño objeto que había estado oprimiendo en su interior: ¡qué diablos! Era un anillo; era mi anillo, del que nunca me separaba. ¿Cómo habría llegado a Claudia?

Un sentimiento confuso, imposible de repetir, llenó entonces mi alma, mientras una mujer de la misma edad que mi hija se colocaba a mi lado.
– Oiga, ¿sabe a quién están enterrando? – Me miró directamente a los ojos, mientras se enjugaba una lágrima del rostro y me sonreía amargamente.
– Ha muerto Franz, Franz Bürk – sin remedio caí sobre la helada tierra desplomándome a los pies de aquella lúgubre damisela –. Franz, levántate – me susurró –. Ven conmigo, déjate llevar.

Tan sólo en esos confusos instantes y al levantar mi vista hacia ella vi, tras sus hombros, asomarse tímidamente unas alas – alas de ángel – pensé inmediatamente.
– Sí. He venido a acompañarte.
– Cerré los ojos y me dejé envolver y entonces, en aquel preciso momento, me acordé de unos versos que había leído mucho tiempo atrás:

"En el carro de los muertos,
he pasado por aquí.
Llevaba una mano fuera
por ella me reconocí."

Aprendí a descifrar aquel poema mientras flotaba por los aires y el éter hacia la eternidad. Contemplé mi mano: mi anillo seguía conmigo.

In saecula saeculorum.

Sub umbra floreo: C.Bürk

Comentarios

  1. fantastico Claudia.... felicitaciones.. y ya estoy deseando leer másssss

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  2. y a 8 personas más os gusta esto..











    Si fuese empírica, la existencia del empíreo, él, no cabe duda, su ánima, siempre barrunta la morada de los ecuánimes.
    Un abrazo, su evocación morara en tu espíritu hasta el día de tu deceso, luego nadie aludirá su memoria, la gloria de los finados, occisos.
    Yo desde la distancia te apoyaré en tus momentos bucólicos.
    Un beso:
    Javi.

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