Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

La soledad más amarga.


La soledad más amarga.

Clara deseaba escuchar el crujido de las hojas secas que divisaba desde la ventana. La oscuridad de la habitación le comprimía todos los sentimientos.
Una tupida niebla que estremecía el ocaso, no la dejaba saber cómo dormía el horizonte rojo sobre los viñedos.
Empezaba a llover. Una rana, con la languidez de un monstruo, saltó desde la verja de la pérgola al pozo cubierto de hiedra.
Toda aquella indiferencia, una huida infinita e inevitable, que siempre aparecía en momentos idénticos, se había convertido para ella en una pesadilla.
Nunca supo como lanzarse a amar sin revivir el terrible pasado. No podía ni siquiera intentarlo: sentía terror. Susurrar palabras de amor y que de ella se burlasen, al son del tiempo y del despertar al verse envuelta en soledad y pena.
Recordó su vida. Siempre repleta de fantasmas. De niña había creído en ellos. Pasada la adolescencia fingía creer en ellos. Y ahora, a su edad, se convirtió en uno de ellos.
Sus sueños se habían despedazado a dentelladas; las garras de un lobo hambriento de su ingenuidad, habían jironado todo su ser.
Cada pieza de ella misma, era una emoción asesinada, profanada y destronada. Estaba muerta por dentro, no podía resucitar…
Sobre una hoja blanca escribió con la tinta de su corazón:

“Es tan elevada mi agonía,
que abandono mi escondite llorando,
y una puerta, se me hace montaña.

Es tan hondo mi dolor,
que de intentar alcanzar una salida,
no hallo la montaña que pueda izarme.

Es tan profunda mi aflicción,
que de tanto mendigar la ínfima luz,
mis ilusiones mermaron por completo.

Es tan oscura mi pena,
que tras ambicionar el albor,
sólo la noche se empeña a dar cuerpo a mis latidos.

Es tan inmensa mi duda,
que no existirá certeza,
que reemplaza el amor escamoteado.

Es tanta mi tristeza,
que lo remoto se vuelve nada,
el cielo, horizonte vacío;
llama de la verdad, embuste.

Todo faro, luz sin vida.”
Levantó la vista y miró a través de la ventana. Siempre quedaban las ventanas. Ella y ellas. Y mirando por los ventanales, las palabras venían a poseerla.
Eran las palabras sus pertenencias y ésas eran palabras.

Como nada poseía, porque le resultaba imposible otorgarles realidad, las nombró y creó sus existencias: eran su hambre y su sed de realidad.

Todo cuanto le dejaron eran las palabras: su herencia y su condena.
Con ellas se preparaba, se dirigía, se consumía y se destruía.
Ellas eran su ausencia particular. Como una muerte interna, una ausencia autónoma y discreta, hecha de lenguaje. El silencio de las cosas era su horror, era el vértigo en el estado más puro.

Y permanecería incansable en el mundo, en la búsqueda de la verdad, para que sus palabras nacieran, del mismo silencio que entrega un cuadro o una laguna.

Con palabras hacía su mundo, con ella misma, un barco llevándola.
Su lucha no había hecho más que comenzar: tratando de penitenciar un pecado, que ni tan siquiera había cometido. Afanando expresar las profundas experiencias humanas, arrancándoles su silencio, otorgándoles la luz.
Surgían colores que alteraban los paisajes haciéndolos bellos.
Una paloma blanca reposaba en un banco de la alameda, cacareaba, cruzando un camino que la hubiera llevado a ninguna parte. La rana monstruo se detuvo a mirarla.

Clara seguía mirando por la ventana, tan sólo cubierta con unos primitivos rayos de luz que se colaban peleando con la oscuridad.

Parecía trágicamente ansiosa. Rota, como una muñeca de trapo, que habían lanzado a la basura. Recorrió a puntillas la casa que la contuvo y volvió ante la ventana, echando vaho por la boca, respirando como lo era para los otros natural, se concienció de su condición de fantasma. Tal y como ellos insisten en volver a los lugares en los cuales fueron mortales, así volvía Clara una y otra vez sobre las situaciones que la mortificaban. Todo era cuestión de condición propia.

Nadie podía quedarse a su lado decidiendo romper el maleficio.

Lo segundo o tercero peor de todo, era que siempre le cupo la duda de si los fantasmas nacen siéndolo sin conversión anterior. En su afán por ser una niña buena nunca hubo doble intención, solo la cuestión de su naturaleza, que tuvo su precio al cabo de un tiempo. Desde que tuvo uso de razón, todos sus esfuerzos consistían en obedecer las expectativas de los demás, todos sus esfuerzos diarios, en atender los deseos ajenos, entregarse a las obligaciones que le imponían y ella se imponía. Acarreando con todo como buena "buenista". Sintió que el mismísimo diablo le tomaba el pelo y jugaba a futbol con su corazón.

Cuando algo se buscaba, en alguna parte, en el oscuro laberinto del amor, siempre quedaba alguien llorando con el llanto del poeta muerto.

El mundo,- así lo intuía-, estaba ya tan solo a pocos pasos de una eternidad de silencio.

Entre unos labios insurrectos, las ideas morían sin ver la luz del alba, sin poder deambular por el ocaso; sucumbían palabras jamás recalcadas: boca que había sido cerrada por el mundo, hasta dejar una hilera de dientes apretados unos contra otros, en un rasgo desconfiado, en una sonrisa irónica, que reemplazaba para siempre una carcajada abierta en la emoción de lo verdadero y puro.

Alma díscola, que se sentía como ayer, con la añadidura del desengaño.

Mente, otra vez, estigma de Caín.

Onezca inquietud que la oprimía, pero que dejaba sobrevivir los microbios de su sensibilidad, que infestaban su animo y contaminan el último resquicio de la impuesta impasibilidad, y que como gotas se destilaban hasta las manos, para escribir y no dejar de hacerlo, hasta evaporarse hasta otras mentes, como gotas perladas, como gotas de ácido,-qué sabía ya ella-.
Es la ansía de la comunicación, escribía disparatadamente, porque no había modo mas epítrope, de decir con las manos, todo eso de lo que su boca, sus pechos, sus ojos, ni su corazón se veían capaces.

Por fin la madrugada de un iniciado día escandía un rojo llameante sobre el paisaje. Los pensamientos en Clara fermentaban silenciosos como fiemo que humea fétido, se diluían con la visión de cosas bellas en su impenetrable imaginación, tan cercana a todos, tan palpitante y tan inaccesible.

Había recibido el deseo de un hombre al que amaba, le había producido un cosquilleo de alas de mariposa; temblores de placer, habían hecho tambalear las columnas de sus muslos, hasta ese momento, guardianes de su templo de amor, alejado de esos misteriosos y obscenos callejones sin salida de los lobos.

Ahora, llorando, buscaba sus besos en la nada. Se detuvo a mirar la rana, luego vio como la paloma blanca se había colada por la ventana. Tumbada sobre uno de los bancos de madera que limitan el lar, la rana monstruo la miraba con ojos fríos de reptil: tan gélidos, como la superficie de su corazón que ocultaba las llamas del interior.

Tuvo ansias de besarla.

De las pupilas de Clara saltaban ahora relámpagos, que se cobijaban en el sagrado territorio de sus sentimientos más íntimos.
El viento sopló desde los bosques donde se posaban las brujas, no conseguía interrumpir el negro ritual de su alma.
La paloma blanca se había dormido, cobijando su cabecita entre sus grandes alas.
La rana monstruo brincaba desencantada hacía el desencanto de Clara. Ella y la rana se besaron, mostrando ambos su naturaleza dual, cual anfibios. Y ambos, bien acompañados por la soledad más amarga, principiaron un hechizo.

Sub umbra floreo:
C.Bürk

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