Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

En el centro de ti: ¡DIOS! (Relato que me escribí a mi misma)


La conocí una helada noche de Enero. No pregunté nada al verla. Nadie quiso hablar. Sus ojos cubiertos por el sombrío ocaso buscaron en la oscuridad un lugar dónde descansar, hasta detenerse en medio de los míos, y allí se quedaron.
Ella mantuvo un silencio abismal, mientras me escrutaba y examinaba detenidamente. Supuse que tras ese tanteo pasé con un raspado suficiente ese examen insondable de su voluntad y entonces obtuve respuesta, mientras nos mirábamos, bañándonos con curiosidad, deteniendo nuestros alientos como si fuéramos a estallar:
–¿Qué haces en un cementerio a estas horas de la noche? –Me preguntó a modo de recriminación, como si fuera lo más normal del mundo que una niña –de aproximadamente once años de edad– estuviera por allí en iguales condiciones, como la consecuencia más natural de sus actos.

Me ahorré preguntarle: “¿y tú?” Como intuyendo algo más.
–Vine a visitar la tumba de mi padre –le expliqué.

Con una sonrisita me tomó entonces de la mano y se adelantó a mis pasos, hasta detenerse ante el nicho marmolado que atesoraba la urna de mi progenitor.
–¿Cómo...? –No conseguí formular la pregunta al completo, al estar llena de evidencias que la contestaron al momento. El intercambio de sincronicidad fue absoluto y completo. El halo de la noche se estaba recortando de magia, y esa niña sostenía las tijeras; no necesitaba preguntar. Ella estudió mi rostro nuevamente, mientras el silencio se sostuvo durante unos largos minutos. Parecía barajar mentalmente sus preguntas, mientras la escuché murmurar algo como “cuánto has cambiado...”.
–¿Crees en Dios? –Preguntó entonces.
–A veces –contesté yo tras una breve pausa.
–¡Si, es verdad! –Espetó ella nuevamente mientras extendía hacia mí sus delicadas manitas infantiles y me cerraba suavemente los ojos con un gesto. Luego me tomó ambas manos y entonces sentí no sólo detenerse el tiempo, sino aflorar en mi interior el aspecto más íntimo de mi alma.
–He venido a ti esta noche para indicarte dónde encontrar a tu padre, que tanto añoras, y en qué lugar buscar a Dios. Para ello debes, a partir de ahora mismo, prestar atención a tus sentidos; no distraerte más. Llenar tu imaginación, destapar tus talentos, tu fantasía, la estimación y la memoria. ¡Aprende de tu corazón, Claudia, o serás sólo a medias humana! –Me reveló como si nada.
–¿Cómo...? –Nuevamente mi pregunta se tambaleó en el aire, estalló antes de ser formulada, apenas latente, sin nacer.

Esa niña no sólo conocía mi nombre, sino mis carencias más íntimas y escondidas.
El rostro de la chiquilla miró a lo alto y entonces advertí como algo de ella parecía unirse, danzando entre el firmamento, a esferas mucho más elevadas, mientras su cuerpecito seguía a mi vera, arrodillado ante el lecho perenne de mi padre.
–Algún día, querida Claudia, tu cerebro podría fallarte. ¡Recuérdalo bien! Pero tu corazón jamás lo hará – entonces la niña regresó a mis ojos como un cometa, dejando en mi percepción una estela de paz y otra de amor rebosantes.

Tras ello se incorporó y me sonrió, poniendo su mano sobre mi corazón:
–Te conozco, Claudia, te conozco bien –un halo de lejana luz formaba ahora círculos sobre su cabeza, como una aureola, mientras me hablaba de nuevo–. En medio de ti…, allí están Dios y tu padre –mi respuesta se perdió entonces en la suya. Estuve a punto de gritar, pero me contuve.

Ella prosiguió:
–¡Debes aprender a ver cómo ver! Mira en esas ondas de tu intuición; todo está en ti. –La muchacha sonreía sin parar mientras parecía terminar de dar forma a su idea para que ésta fuera perceptible para mí, tomada de las evidencias celestes.

El aire a nuestro alrededor tocaba la melodía más dulce que jamás percibí: el silencio absoluto.

Ella se inclinó para tocar con sus dedos las escasas flores que aún crecían en una maceta sobre la lápida de papá. Parecía no sólo estarme hablando a mí, sino a la humanidad entera; murmuraba palabras a aquellas flores, a la tierra y a la noche, pidiendo perdón al mundo.
–¡Libérate del hondo dolor de tu alma, Claudia! No sigas angustiada –me ordenó entonces–. Ignora lo insignificante, apártalo a un lado y llega al corazón de las cosas como una vez, hace mucho tiempo, estuviste a punto de alcanzar: ¡encuentra la verdadera magia! –Parecía hablarme desde el centro más rebosante de su ser–. Te quiero Claudia, verdaderamente –su afirmación me alcanzó y atravesó como una flecha, con toda su fuerza – ¡menuda arquera!–, como una lanza de valor, desde su "yo" más claro y definido, sin ninguna parte oculta.
–¡Dios! –Pensé entonces–. Ocultas tu verdad a los sabios y filósofos y se la revelas a los niños.

Ella quiso seguirme hablando y mientras lo hacía advertí que de su cuello pendía el mismo colgante que yo había llevado a su edad: una cabeza de unicornio –qué extraña casualidad– subrayé en silencio sin decir nada.
–Claudia, Dios es un ser de amor como tú siempre habías supuesto: el as de corazones, el centro del tablero, el rey del ajedrez, el corazón mismo de las cosas. Él es nuestro centro, allí estamos nosotros y Él, si es que le dejamos entrar. Nos mira, nos reconoce y nos ama, mientras nos veneramos a nosotros mismos y nos encontramos en nuestro corazón. Dios golpea y espera a que le abramos, le invitemos a entrar; espera a que le ofrezcamos nuestro centro diamantino, nos reencontremos, y con nosotros, inevitablemente a él –sentí una repentina oleada de calor, a pesar de que la noche helaba; un súbito destello de una revelación. Me sentí una niña también que aprende de nuevo el mundo–. ¡Repite conmigo, Claudia!: “Quiero ser YO misma, VOY a ser yo misma” –y así lo hice, lo hicimos al unísono.
Aquella niña enigmática y yo gritábamos, reíamos y escupíamos aquella afirmación, llenas de convencimiento, sin importarnos el entorno funesto sobre el que ensayábamos ser libres.
Luego, levanté la vista para mirarle a la cara y preguntarle por su nombre, pero la chiquilla de ojos pardos en la noche, había desaparecido. Ni siquiera pude despedirme de ella y durante un largo rato seguí allí, completamente inmóvil, cuando escuché una oleada de voz, como traída de vuelta por un eco: “Claudia, me llamo Claudia, como tú.”
De pronto comprendí: esas cosas pasaban de verdad y las asimilé complacida. Y entonces me pregunté a mí misma que si realmente un día me fuera para siempre, si dejaría tanto tras de mí, como la pequeña niña Claudia.
No me formulé ni una sola pregunta más, porque no las había.
La respuesta a todas ellas era sencillamente: “en medio de mi”; ¡En medio de ti...! ¡En medio de vosotros...!
Caminé absorta entre mis pensamientos para salir del camposanto –con el que tanto me había familiarizado en los últimos tiempos– y me detuve, por inercia, ante un majestuoso ángel, que extendía sus enormes alas petrificadas esculpidas en un mármol blanco y frío –como el hielo de la capa superficial formada en los charcos esa honda noche–.  El pobre, a saber después de cuánto tiempo, seguía esforzándose en sonreír, tal y como le habían impuesto de misión tras ser esculpido.

“Adiós”, me despedí de él con otra media sonrisa. "Por más que lo sigas intentando, no lograrás ser el ángel que pretendes ser. ¡Pregúntaselo a Claudia!


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