miércoles, 24 de diciembre de 2014

La conversión (Cuento de Navidad muy singular de 2014 por c.bürk)




La Conversión (Cuento de Navidad)
(Escrito y concedido para http://vocesdelotrolado.com/ )
 

La madrugada de Nochebuena me desperté con sobresaltos. Algo que yo tenía ya por costumbre. Por las rendijas de la persiana entraban luces intermitentes que me permitieron descubrir los contornos de los muebles. El camión de la recogida de la basura, mundo afuera, me había arrancado una vez más de mis sueños con sus acústicas molestias.  No hizo falta afinar el oído para percibir que además de la calle ascendían los graznidos de un búho, el cual tenía por costumbre situarse cada noche cerca de la ventana de mi dormitorio.                                                  
Saqué los brazos debajo del nórdico, estirándome varias veces. El frío mordía. Dolía. Pellizcaba. La punta de mi nariz también estaba fría. El frío era un manto que se extendía desde fuera hacía muy adentro de mi corazón. El frío era sinónimo de mi soledad. Y ésta, sustitutivo de toda humanidad en mi vida.   
Mi vida, sí. Si es que lo era, porque de serlo, ésta  se sucedía con una frialdad glacial, en ausencia de abrazos, caricias y toda clase de manifestaciones afectivas de las que todo ser viviente, en realidad, debería poder gozar. En parte eso se debía a mis maneras de ser fea, esquinada y sin gracia. Yo era baja y cargada de espaldas. Pero puedo asegurar que no era mi chepa que particularmente embrutecía mi aspecto físico, sino un algo más. Yo era físicamente repelente, corta, culibaja y ancha como una mula. Mi traza física de ese modo, acentuada por aquella manera que yo tenía para vestirme, hacía arrastrarme hacía los otros antojándoles ser yo fea de cojones y amén.                                       
Por si lo referido fuera poca cosa,  se me inflaba, al hablar, una gruesa vena en la frente. Con mi repulsivo porte y aquella cara de mujer elefante, se me comentaba y apostillaba por todas partes. Daba asco mirarme, lo que, teniendo en cuenta en la clase de mundo en que todos vivíamos, dónde las apariencias son la ley primera, naturalmente yo disponía de una mínima capacidad para despertar afectos.