viernes, 31 de diciembre de 2010

Mi publicación en la revista "Extrañología" (Acerca del destino)

De la página 51 a la 55 podéis leer mi aportación a la revista.
¡Gracias a María José Perez Jover y Carlos Soriano fue posible!
¡Gracias a los dos!

jueves, 30 de diciembre de 2010

¿Ángeles o extraterrestres?


¿Ángeles o extraterrestres?
Si nos detenemos a analizar las antíguas escrituras (apócrifas y canónicas etc), todo parece apuntar a que la antígua humanidad fue esclavizada por algún tipo de manipulación extraterrestre. Al menos, investigando con seriedad, lo podemos deducir con lógica. Gran parte de la Biblia es parte de la historia ancestral sumeria. La palabra “Nefilim” significa literalmente “Aquellos que bajaron”. ¿Es posible que los extraterrestres hayan venido a nuestro planeta desde tiempos inmemoriales y mientras algunos ayudaron a determinados pueblos de la tierra a evolucionar, otros se aprovecharon de ellos y los usaron como cobayas para experimentar?
De acuerdo con las teorías de algunos investigadores, son la base de las historias de la Creación encontradas en los registros Sumerios antiguos y los posteriores escritos Hebreos. Entre éstos investigadores se halla Zecharia Sitchin. Este hombre pensó en un “Doceavo Planeta”, denominado Nibiru o Marduk, (un cuerpo celeste que forma parte de nuestro sistema solar). Al parecer, éste planeta gigantesco se acercaría a la Tierra cada 3.600 años. Sus habitantes, los Anunaki nos visitarían cuando están más próximos en su órbita a la Tierra para saquear nuestros minerales, metales y el oro. Sitchin expone que la raza humana nace como consecuencia de la manipulación genética de los monos por parte de los Anunaki. Los homo sapiens fueron creados como una raza esclava para servir a los Anunakis. El hombre es producto de la intervención en la Tierra de una raza extraterrestre. Según Sitchin, el planeta Marduk colisionó y destruyó el planeta Tiamat que antes orbitaba nuestro sistema solar entre Marte y Júpiter. Los fragmentos de este planeta son los que ahora formarían la banda de asteroides.
La Biblia consiste en muchos libros que acompasan sucesos durante milenios. La comparación perfecta sería entre el Génesis en sus primeros capítulos y los textos Mesopotámicos, que mencionan cómo el cielo y la tierra llegaron a crearse, como se desarrolló la vida, como fue creado Adán y los sucesos desde el Edén a Noé, el héroe del diluvio. De hecho, el relato del diluvio aparece en una tabla mesopotámica miles de años antes que en el viejo testamento en su versión hebrea y eso ya es muy curioso.
 ¿Es la creación de Adán y Eva, no más que un mito bíblico, y lo mismo  sucede con la existencia del "Paraíso", y en cuanto al famoso "Diluvio universal", nunca existió ni tampoco el Arca de Noé, que ciertos investigadores insisten en encontrar en el Monte Ararat?
Me vengo interesando por éstas conexiones, las similitudes y que se puedan determinar las fechas del principio de las conexiones. Todo, podéis creerme, tiene una estrecha relación con lo que luego se mitificó y mistificó como los “ángeles” o lo que se demonizó como “Ángeles caídos”.
Os dejo aquí una entrevista que encontré, realizada a Zecharia Sitchin, por si es de vuestro interés:
http://www.tempsgranollers.com/bloc/alotroladodelespejo/2009/04/18/entrevista-a-zecharia-sitchin/

miércoles, 29 de diciembre de 2010

"Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot" Novela de Claudia Bürk, próximamente.

“Quién sabe del dolor, todo lo sabe.”
(Dante Alighieri, Divina Comedia)
"Claudia Bürk ha escrito una novela repleta de sentimientos que hará gozar a todo tipo de lectores que busquen sensaciones entre la realidad cotidiana y el misticismo absoluto. En su contenido, la protagonista nos conduce por un mundo en que nada es lo que parece, y en el que el lector queda atrapado entre sus páginas, hasta llegar a un sorprendente desenlace repleto de enigmas y respuestas asombrosas."

Xavier Borrell (Escritor y crítico literario)

"Una historia sorprendente y mágica.Un delicado elogio a lo extraordianrio y a la fe que todos debemos preservar. Una extensión de la imaginación de su autora. De lectura trepidante, orginal, bella y desgarradora. Una novela del todo inolvidable."

Carlos Soriano (Grupo de investigación CLAVE7)

"Una novela que nos precipita a acontecimientos y conclusiones sorprendentes hasta un final inesperado y enigmático. Claudia apunta su sensibilidad hacía una manifestación del mundo que interesa conocer."

Daniel Rodellas (Director del programa de radio "El cercle enigmàtic"

"La novela de Claudia es su corazón que habla, llora y encauza respuestas. Bella y colmada de quimeras conmovedoras."

Luis Santamaría del Rio (Sacerdote católico. Colaborador de programas de radio, TV y prensa)


"Jeanne Bardeot no ha tenido una vida fácil. Su pasado está cargado de abusos, malos tratos y desengaños. Una carga que condiciona sin remedio su presente. Su única vía de escape es su desbordante imaginación, donde se refugia mientras en la vida real trabaja como vigilante de seguridad. Sólo cuando observa a través de las cámaras de seguridad se asoma al mundo real. Nueve ventanas para un alma atormentada, y que sin embargo se aferra a una ilusión tan ténue como el humo. Entretanto, vive sus días convertida en los muchos personajes que su cabeza plasma. Hasta que, un día, recibe una visita muy especial: el arcángel Miguel, que trae consigo un mensaje maravilloso para Jeanne.
¿Otra jugada de su imaginación? ¿O esta vez es real? Su vida pasa entonces de la soledad a la esperanza, y dará comienzo una búsqueda personal para descubrir su verdadera identidad. “Las nueve ventanas de Jeanne Bardeot” es una historia dramática, dura y que refleja los grandes pecados del alma humana, pero vestida de seda y con tendencia a la ilusión de ese lado bondadoso que todos tenemos. Desde una perspectiva muy personal, la autora profundiza en los sufrimientos humanos y en las maneras de evadirse de ellos con sutileza y sin temor a acercarse a su parte más mística. El estilo sincero y emocional de Claudia Bürk permite que el lector se deje llevar calmadamente, y que rápidamente establezca conexión con el personaje. Su prosa es
exquisita y su léxico agradable para cualquier lector. Una novela profundamente emocional, donde la autora desnuda su alma sin concesiones."

Reseña de Javier Pellicer
(Escritor y colaborador literario)



PRÓLOGO
Por JL Giménez

En Las nueve ventanas de Jeanne Bardeot ––opera prima de Claudia Bürk––, el lector descubrirá un relato profundo, crudo, personal e intimista, donde Jeanne Bardeot, una mujer introvertida y condicionada por su pasado, repasa su vida y los hechos convertidos en imborrables sucesos que la marcarían ya para siempre.

Este retroceso en el tiempo, le va a facilitar el poder conocer y comprender la razón de las diferentes situaciones que hasta entonces la hubieron marcado, con traumas y miedos causados por los maltratos físicos y psíquicos, así como por las actuaciones aberrantes de las que fue objeto y que, poco a poco, sería capaz de superar, gracias sobre todo a la complicidad y protección de un enigmático personaje llamado Miguel quien, a modo de ángel guardián, la protegería y ayudaría a reforzar su autoestima.

Las diferentes vicisitudes por las que Jeanne tendrá que pasar hasta encontrar las respuestas que está buscando, la llevarán a sopesar su verdadero estado mental, afrontado situaciones que parecerían oníricas, si no fuese por las evidencias físicas que éstas irán dejando en la protagonista de la historia.

Con magistral destreza, Claudia Bürk, consigue introducir al lector en la piel de la protagonista; exponiendo los hechos acontecidos desde la visión que ofrece la mentalidad de una niña inocente, próxima a la adolescencia; maltratada física y psicológicamente por quienes supuestamente deberían ser sus protectores.

La intriga tampoco está exenta en el presente relato. Donde la autora conduce al lector por angostos pasajes que le llevarán a descubrir paulatinamente las respuestas. Lo que consigue de manera continuada en cada capitulo de la obra, enganchando al lector desde el principio hasta el final de la misma.

En su búsqueda personal, Jeanne Bardeot, intentará descubrir cual es su verdadera identidad ––mitad humana, mitad angelical––, a través de los diferentes mensajes que irá recibiendo ocasionalmente por medio del que para ella representa al Arcángel Miguel, quien a su vez, hará las veces de mensajero entre Jeanne y su padre supuestamente fallecido.

La gran maestría con que Claudia Bürk desarrolla esta apasionante historia, utilizando un exquisito lenguaje que define su impecable estilo literario, hará que la presente novela sea disfrutada en toda su plenitud por el lector; donde la gran calidad de la narrativa y la prosa expresada, aportará un mayor conocimiento del léxico intelectual utilizado en la presente obra. 

José Luis Giménez Rodríguez
(Escritor e investigador)

Sinopsis de “Las nueve ventanas de Jeanne Bardeot” de Claudia Bürk

Jeanne Bardot es una joven introvertida que ha sobrevivido a un dramático pasado repleto de hostilidad, abusos y malos tratos. Encerrada en sí misma y recluyéndose en un angosto y hostil entorno laboral, pretende huir de su afligido pasado, sirviéndose de su irreprochable imaginación. Sus únicas ventanas al mundo, unas cámaras de seguridad mediante las que observa atenta - y porque así lo exige el protocolo establecido de su trabajo - al exterior que tanto daño le ha causado. 



Confinada de esa manera, Jeanne establece contacto (la autora no pretende dejar claro si real o no) con el arcángel Miguel, quien prueba a mostrarle su innegable y asombrosa naturaleza. Jeanne quiere confiar en el mensaje de Miguel, quién además la preparará a través de sus enunciados para una dádiva realmente extraordinaria. 




El mundo de la joven protagonista, una mezcla de desconcierto, soledad y una inmensa capacidad de aguante, da un repentino vuelco al encontrar las respuestas a su sufrimiento a través de lo insólito. 



La novela de Claudia Bürk pretende dar una respuesta muy personal a los sufrimientos y albures humanos. Lo que para algunos lectores puede ser interpretado como los claros indicios de un desorden mental, para otros puede ser la premisa hacía el lado místico de la existencia. 




En ambos casos, y con intensa y honda sutileza humanística, Claudia Bürk plasma la hazaña de una mujer herida, que encuentra el bálsamo de la esperanza en su propia imaginación.
José Miguel Romaña (Agente literario)

"¿Qué harías tú si te hubieran elegido para proteger al mundo con tu dolor?
El destino siempre juega a favor de los que conservan la fe. Y a veces, la fe es el juego que voltea al destino a golpe de dado."
Claudia Bürk (Autora de "Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot)


El purgatorio del olvido

El purgatorio del olvido

Cuando la espera es dilación espantosa en el tiempo, cuando cualquier rumbo es ficción en el aire que se convierte en un purgatorio lleno de dudas, más imperiosa se vuelve la necesidad de ensordecer la memoria.

Más despótica aún la trama oscura, su perturbada evocación disfrazada de albur mezclando fechas y escarmientos, reteniéndolas en el aire con la insistencia del infierno, que ni el perfil de un paraíso lejano, ni la de un Dios amparador logran atenuar.

Miro el calendario, y tan sólo han transcurrido cinco semanas desde la misma operación.
Contemplo la esfera de mi reloj que va oxidándose sobre mi muñeca sin vida, al son de mi espíritu. Una doceava parte de sus minutos se convierten en horas, perduran de pronto como si fueran años, resbalan sobre mí como si sofrenaran el tiempo, sofocando campanadas, repitiendo con cada tic tai tus infinitas y antiguas formas con la lentitud de imágenes que contienen siglos, que resbalan por mi melancolía como gotas de éter, con la impresión de haber sido tan sólo soñado.

Y veo, irremediablemente, la vileza de una renuncia, la inerte expresión de una sombra,
y presencio sin lucha la batalla final de un simple sentimiento sin más: la esperanza.

El destino filtrado por la conveniencia, se transforma en mi nueva realidad. Pataleo el vacío gritando tu nombre, te busco en la nada que se llena de humo y de renuncia, intransferible, simultánea a lo que me brindó tu existencia, que medió como la bruma en un crepúsculo o la percepción de invierno en un paisaje veraniego.

Es ardua tarea inútil, huir de mi misma: asesino mis propias formas, embrutecida por tu cercanía que ahora me falta como el aire, el viento y el día.
Envistes mis recuerdos de omnipotencia. De memorias llenas de intentos fracasados.
Intenciones de hallarte, como cuando me mirabas con la condición y la soledad de un extranjero, acusándome de no compartir tu lengua, reducida no obstante a un diálogo de espejos, imposibilitado de comunicarte más allá de la apariencia que habías decidido mantener como un templo sagrado.
Nos separaba una ficción de entereza, un hueco tan insoportable, que no supimos ser los de siempre para así habernos reconocido sin más.

Hoy te hablo desde ese hueco, porque no logro ni taponarlo ni ignorarlo. Hoy te escribo a través de el, para legitimar nuestra locura.
Porque aún sigo anhelando esa coherencia, que antaño preferí obviar, porque aún voy vagando en pos de una identidad que pudiera dar nombre a lo que fuimos, porque todavía soy esclava de la terquedad que no nace de mi voluntad sino de mi alma, de una cadencia que dilata mi pena, de un ritmo que escupe mi fatiga; el límite de mi resistencia, ignorado por los relojes y por los calendarios.

Evidencio así la inutilidad de mi universo con la ofuscación de un amor que no cesa, mientras un purgatorio lleno de dudas, se convierte en un infierno de certezas. Pues la verdad me sobreviene de golpe: cegándome no alumbrándome, descomponiendo mi realidad con una multiplicidad de planos y mapas, alojándome en el azar en uno de ellos, el que me enfrenta a tu rostro vacío, a un abismo donde no existe ni la luz ni la forma, solo la necesidad de inventarla.
La verdad impuesta de súbito: sin mediación de búsqueda, sin reflexión, de un mundo que ya no me alcanza. Descubro que a tu lado no he sido mas que un ejército de soledad bajo tu nombre mil veces pronunciado. Mi voz en el concurso de las voces que te llamaron, mientras fraccionada de la realidad te desdije, confesando la palabra “impotencia”, incapaz de remediar la barbarie de tu lejanía.

Nota: escrito bajo el pseudónimo de "Ilia Winter" (uno entre tantos que adopté), en una época que debí esconderme de alguien que todavía me busca ( utilizé este pseudónimo masculino mucho tiempo...demasiado)
C.Bürk

lunes, 27 de diciembre de 2010

Puedo escribir los textos más amargos esta noche...



1er escrito de la noche:

Oh, Dante, ¡Díctame las páginas hacía tu infierno! ¡Perturba mi sueño amargo! ¡Muéstrame el reflejo de todos tus rostros; el inútil batir de mis alas! ¡Lléname con el humo de tus alabanzas!
Porque es mi camino un círculo: ni curvo ni recto, y conmigo acarreo la velocidad del infortunio. Y como tren hacía el abismo, voy hacía la nada, el nunca.
¡Ah, infierno! ¡Me haces esclava de tu mal! A la vuelta de la esquina, me esperan tus brasas: un pasado de dolores, un futuro sin certeza: huellas sin zarpadas.
Señales por engendrar signos mudos, vocablos sordos,verbos sin destinatario.
No es un problema de mi boca,ni de las articulaciones, ni tampoco de las falanges,ni ocurre que tenga un laberinto sin salida en alguna zona de mi alma comprometida con tu carne.Mis signos se extenúan,extravían y se debilitan,porque mí pasado construyó un muro,un escudo impenetrable, de tú destino al mío, de tibias tristezas.

¿Qué más que evocar al frío como a un arma?, ¡Para doblegar mi voluntad a la tuya!
Para aguardar las entrañas publicadas de un cielo; el juicio que retumba entre trompetas, oprimiendo algún laberinto.
Por el cristal de un sueño he vislumbrado las altas pirámides del tiempo, definido entre tinieblas. Oh, Infierno, que al fondo de los años guardas un remoto jardín, que ni Dios ofrece para alegrar los méritos del justo.
Orbes de luz, concéntricas teorías de sagrarios, privilegios, querubines,
y caídos; espejos ilusorios de las almas; profundidades de la rosa sangrienta; esplendor aciago , natal sabor de la sangre.
En mi misericordia no hay jardines ni luz de una esperanza o de un recuerdo, tan sólo brasas y cenizas.
2o escrito de la noche:
Los corazones que albergan la tristeza y la miseria que deja, como resíduo, la desconfianza extrema, son el hogar predilecto de los sádicos que habitan el mundo.
Corazones, que en el interior guardan cientos de amarguras, aflicciones que nadie puede dar por ciertas, porque ignora de qué manera fueron vividas: las crónicas de un pasado inmerecido.

Se diría que, iluminados y sombreados al mismo tiempo por una extraña sabiduría, esos corazones comprenden que su verdadera historia fue y estará siempre escrita en las páginas invisibles para el mundo circundante del laberinto de su propia maldición. Tal vez comprendan, desde la profunda soledad que genera esa condena que encierran, que todo cuanto emprendan, les llevará a recorrer una y otra vez las heridas de su pasado, destruyendo así el valor de todos sus valores y de los que quedaban por salvar.
Es difícil comprender, que bastando una pequeña parte de un recuerdo oscuro, se vengan abajo reviviéndolo todo. Es la maldición. Malditos desde entonces, no logran olvidar lo que han presenciado.
Tampoco negarán, que sellados, no lograrán abrirse, habiéndose condenado. En cuanto a lo que el destino les reservaba a cada uno de ellos, el tiempo ha borrado las huellas de toda esperanza. Ningún sueño de amor sigue vivo. Y esos soplos de sentimiento, herméticos en sus interiores, mueren de asfixia.
Ésta madrugada, mientras escribo al amanecer estas líneas, los primeros rayos de luz del crepúsculo, me tienden sus brazos. “Agárrate” me gritan, pero ni siquiera deseo alcanzarlos.
Miro a mi reloj de muñeca, a punto de completar su círculo en completa soledad…

3er escrito de la noche:Escucho un cuento en mi alma; dormida sueño las más extraordinarias historias y serena, las fantasiosas imaginaciones son las que forman el perenne telón de mis cavilaciones. A galope entre las historias y mi vida, las palabras se enfilan en mi mente como un ejército de soldados dispuestos a defender una causa: mi dignidad. La historia se halla desde siempre compuesta en mi cabeza y se está organizando en frases. Secuenciadas oraciones hierven en mi mente, saltan de impaciencia por salir de mi boca y bañarse en mi tintero, como si llevaran siglos planeando este instante. Repito mi secreto en soledad con la lengua repleta de sílabas, el alma llena de sensaciones: las de saber cosas que no debe saber nadie, hechos que sucedieron y que no debieron suceder.

Secretos que encierro y no puedo liberar. Una historia, tan preciada, tan terrible, tan bella, tan trágica que tendría que frivolizar al escribirla con tal de disimular su trascendencia, por si no estuvierais dispuestos a leerla. Pues yo, sin embargo, me he acostumbrado tanto a mis propios horrores que puedo olvidar rápidamente el efecto que pueden tener en otras personas. Así que cuando escribo otras historias no las creo con otro fin más que el de encubrir la mía propia, con todo, para evitar que el hermético envase que cubre mi corazón – llamémosle sueño -, se abra y deje filtrar las tristezas de una realidad que no debió parir el tiempo. Si entonces pudierais ver mi cara allí mientras escribo, veríais que adopto una expresión completamente neutra, señal de que me convierto en una médium: yo misma desaparezco para dar paso a la historia que comienza a poseerme.

Entre recuerdo e imaginaciones, fantasía y ensueño se teje el día a día de mi vida. Porque la verdad golpea y las realidades duelen. Por mi sangre circula un código secreto que ninguna narración logrará rescribir: soy terriblemente solitaria hasta lo más profundo de mi ser y me rompe el corazón ver en lo que me he convertido debido a mi propia maldición. A veces, y a causa de los hechos, siento que las demás personas y yo somos dos continentes distanciados por un inexorable océano. Entonces desearía construir un puente para conectar con quien deseo, pero mis gélidas heridas congelan todo sueño desde la desconfianza, viéndome aplastada por la pesada estructura de mi propia cobardía. Así que vivo un tanto retirada de mí misma, replegada en mi corazón mientras sobrevivo en la honda cueva de mi silencio. Y es que nada consigue mitigar el dolor que escondo detrás de mis ojos.
Sub umbra floreo: C.Bürk

Invito a la muerte con palabras (poema)



Invito a la muerte con palabras;
¡Que caigan mascaras y farsas!
¡Recibid faustos mi funeral,
dejad de oírme, dejad de verme!
La máscara de vicio en vicio
pienso acerca de mi
siento algo, siento el caos.

Vagas carcajadas en una obscuridad desesperada
frente al banquete de mi cadáver podrido
bailo en la tumba del eterno descanso.
Como boca de lobo, ahora río,
el tiempo comparte mi felicidad.

No debes ver horrorizado la forma que he tomado.
La profeta del renacimiento
rompe el hechizo,
ahora retorno al cielo sin fobias.
La única vía de alejarse de la soledad es amarla.
Recuerdo con sintinía amada
la fase inconclusa que todavía está brillando.

Laméntese en vendaval desolado
el dolor le procrea lamento profundo
y grito de verdad en cuerpo y alma
despierte el comienzo de la existencia de sombras.

Encuentra vía al fin del deseo
de mi sangre azul y la carne descompuesta desde que nací
que tal vez te volveré a encontar,
distinta.

Emperador de la obscuridad
responde mis plegarias
en el incógnito templo de sombras
el sueño tenebroso de la verdad y falsamente
la  mentira parece y muere
la causa de mal en mí.

Noche solitaria,
tengo en ti una ceremonia mortal
la mente cambiante es un presagio de tragedia
Señora muerte,
¡señora usted es toda mía!
corte las cosas eternas
hágame pagar la razón en libertad.

Entrevista a Claudia Bürk y Ricardo Muñoz en el programa radiofónico El Cercle Enigmatic.

Programa 15 - El Bien y el Mal, dos Elementos Confrontados


Daniel Rodellas y Marimar Cuadras, son los presentadores del programa radiofónico El Cercle Enigmatic, que se emite a través de Radio Vendrel, todos los sábados a las 22:00 horas, con ya 5 años ininterrumpidos en las ondas. Ambos entrevistaron a Claudia Bürk y a Ricardo Muñoz sobre cada una de las materias que la pareja investiga. Esta es la sinopsis del programa.


"La maldad, al lado de su opuesto, la bondad, se caracterizan por formar una dualidad presente en todas las culturas conocidas y dentro del mismo ser de las personas. La religión nos habla de ángeles y demonios o de entidades buenas y malas, la sociedad y la investigación científica confirma últimamente que cuanto más inteligente es una persona, más mala puede llegar a ser y la investigación paranormal también nos habla de entidades buenas y malas. En el programa de hoy Ricardo Muñoz -investigador en Transcomunicación- y Claudia Bürk, experta en temas bíblicos nos ayudan a esclarecer conceptos desde sus propios conocimientos."


Para escucharlo tenéis que acceder a través de la web de El Cercle Enigmatic, en la sección dedicada a las temporadas 2005 - 2010.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Nada que pedir (como lo diría el ateo)

 

 

Nada que pedir.


Cuando volví a mi yo infinito
A ese rostro titubeante de vida eterna
A esa aula vacía sin profesor
Había una persona que no estaba
Que me dijo la sentencia:
-“ ¡no puedes pedir nada
A aquel que siempre te vigila!
Y dijo aún más fuerte:
-“¡no puedes pedir nada
Al dios convertido en mar y horizonte!”
Y retorciéndose en su agónica presencia
Llegó a decir, mientras los pupitres
Y las ventanas se movían:
-“¡no puedes pedir nada,
Ni inventarte ninguna sombra muerta
En la que descansar!”
Cuando volví a ser yo misma
Tras haberme ausentado demasiado
En esa aula vacía sin maestro
Vi en la pizarra ejercicios
Para toda la eternidad
Mientras sacaba los libros
De mi repleta mochila
Cargada de demasiados recuerdos
Para resolver los ejercicios
Volví a escuchar a esa
Presencia ausente a quien conocía demasiado bien:
-“no puedes pedir nada,
A quien te dejará morir de hambre para siempre!
Y añadió mientras me quitaba
Las legañas de los ojos para siempre
Porque sabía que no dormiría nunca más
-“no puedes pedir nada
Sabes que detrás de la puerta
No hay nadie”
Callejones sin salida
Santuarios que empobrecen al espíritu
Miradas tiernas que nunca me han dicho nada
¡seréis siempre pobres en el paraíso!
Cuando volví a mi yo infinito
A esa escuela de la que nada se puede aprender
A esa confrontación silenciosa y callada
Con ese dios que es tan poderoso
Que quiere sobrevivir a mi muerte y vergüenza
Escuche a aquel que solo gusta hablar
Por los hechos pero no por las palabras
-“no puedes pedir a tu música vital,
Que se convierta en símbolo
¡no puedes pedir nada
Al señor del espíritu con tus súplicas!
Y alguien tiró una piedra a la ventana
Corrí por los pasillos y escaleras
Hasta llegar al patio de mi escuela solipsista;
Un hombre que jugaba al solitario
Con cartas marcadas
Para hacerse trampas a sí mismo
Sentado en las portería de fútbol
Me dijo sin necesidad de coger aliento:
-“no puedes pedir nada
Al fin de tus días”
Cuando volví al santuario de mi yo
A esa escuela solipsista
Aparcada en las estrellas para siempre
Había una persona que me dijo
Mientras jugaba al solitario:
-“no puedes pedir nada
A tu yo rebelde”
Y crucé el patio, y llegué a la puerta
Detrás había niebla espesa
En la que desaparecería para siempre
Nunca supe quien era el jugador del solitario
Porque era mucho más viejo que yo
Pero me dijo susurrando,
Mientras me desvanecía detrás de las rejas:
-“¡no puedes pedir nada
Al señor de todas las cosas...

sábado, 18 de diciembre de 2010

Mi cuento de Navidad: la visita del ángel.

La visita del ángel.

Javier no estaba muy convencido de la existencia de un Dios. La vida era cuanto sus sentidos abarcaban. Con lo dado, un juego de máscaras. Su existir era la realidad de sus actos. No se cuestionaba las cosas más allá de lo invisible. No le suponía ninguna catástrofe no hallar el sentido de la vida o de algo que la justificara. Sencillamente no era el tipo de hombre que perdía el tiempo filosofando. Siempre tenía demasiadas cosas que hacer; su trabajo le ocupaba mucho tiempo. Para Javier, una existencia intensa suponía el placer que se proporcionaba a sí mismo al realizar sus proyectos con eficacia y dedicación. La culminación de su porvenir pareció llegarle una mañana cuando sus jefes le ascendieron de forma inesperada y súbita, un par de días antes de Nochebuena.

Esa misma noche le costó mucho dormir. Inquieto, dio vueltas en la cama intentando encontrar una postura cómoda que le permitiera conciliar el sueño. Reflejos refulgentes agitaron sus sentidos. De pronto, algo pareció iluminarse en la habitación, pero Javier no logró identificar de dónde provenía ese halo luminoso y blanquecino. Al mismo tiempo le dio la impresión de estar percibiendo una voz que, entre susurros, se tornaba más y más inteligible. Oyó como ésta pronunciaba claramente su nombre.

─Javier ─Escuchó aquella voz suave y melosa, como los ronroneos de un gato─. Javier, estoy aquí contigo.
Sobresaltado, se incorporó y miró por encima del hombro, pero no había nadie en la habitación y supuso que hubo delirando, sumergido en la semi-inconsciencia que lleva sin demora al sueño profundo. Entonces volvió a escuchar su nombre y el corazón se le aceleró, mientras su pulso cabalgaba en sus venas como un caballo asustado.
─Javier, amigo mío, soy un ángel del Señor y aquí estoy para decirte que Dios desea verte, vis a vis. Ya es hora de que le conozcas y Él te propone que os encontréis en Nochebuena, allí donde tú le propongas. Deseará abrazarte, Javier, estrecharte las manos de hombre a hombre.
─¿Esto es real? ─logró balbucear Javier, con un hilo de voz, temiendo estar perturbado.
─Tan real como la vida misma ─susurró la voz del ángel, igualándose ésta al sonido de dos copas de cristal colisionando.
─Estaré entonces mañana al iniciarse el crepúsculo en la colina frente al bosque. ─Javier sintió no estar en sus cabales. Habló por hablar sin la certeza de nada.
─Muy bien amigo mío. Te exijo como único requisito que le lleves algo a Dios. Un regalo, digamos. Algo valioso para ti. Aquello de lo que más te cueste desprenderte.
─Pero... ─Javier quiso hablar pero se dio cuenta de que acababa de abrir los ojos. Por mucho que tratara de convencerse a sí mismo de que esa conversación la había estado soñando, no lograba identificar el suceso con algo que hubiera estado fuera de la realidad. No obstante, ya no estaba seguro de nada.
Al día siguiente ─para su propio asombro─ Javier despertó extrañamente cambiado y no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido durante la noche anterior. Convencido de acudir a su cita con el Altísimo, le impacientó la idea acerca de qué presente podría ofrecerle a Dios, qué sería aquello de lo que le costaba más desprenderse para llevarlo ante Él.
─¡Ya lo sé! ─caviló─. En una gran mochila le llevaré mis monedas de plata antiguas, mis ahorros bancarios y mi reloj (un rólex de oro).
Llegando la hora del esperado instante ─todavía pensaba que era de locos fiarse de una alucinación auditiva─ escaló decidido el cercano cerro, cargando la pesada talega a cuestas, para ofrecerle así todos sus bienes a ese Dios en el que nunca había creído.

Finalmente llegó jadeante y trémulo de ilusión por lo insólito a la cumbre, pero ¿dónde estaba Dios?, ¿qué aspecto tendría? No lograba verlo por ninguna parte. Javier rompió a llorar, consternado y desilusionado. ¿Cómo podría haber sido tan necio; haber llegado hasta allí confiando ver al mismísimo Dios?
Girando sobre sus talones y a punto de dar media vuelta, escuchó de pronto la misma voz que había percibido la noche anterior. Ésta descendía de las nubes como una lluvia de cristal líquido:
─¿Quién anda sollozando por ahí abajo? ¿Eres tú Javier?, pues no te veo.─indagó dulcemente el ángel del Señor.
¿Qué clase de obstáculo has puesto entre nosotros? ─ésa vez hubo otra voz indagando, cuya resonancia resultaba notablemente más grave. Javier supuso que tan sólo podía tratarse de la mismísima voz del Señor.
─Sí, sí, soy yo, tu hombre elegido. Te he traído este bolso repleto de todo aquello de lo que ─si no hubiese sido por este asunto─ nunca me habría desprendido.
─¿Pero por qué te escondes tras esa enorme talega? No logro verte de ese modo. Deseo abrazarte: por tanto, arrójala lejos, bien lejos. Vuélca ese saco, Javier. De nada me servirían a mí esas riquezas que tan afanosamente has ido acumulando. ─se pronunció Dios.
Javier no daba crédito, ni a los hechos ni a lo que le estaba pidiendo…¡Dios!
─¿Volcar todas mis pertenencias, arrojarlas? No, Dios mío, estas cosas te las traje para ti, tal y como me pediste. Lo he llenado de mis... ─La voz del cielo le interrumpió.
─¡Tíralo, tira todo lo que llevas encima! Dáselo a otro si quieres, pero libérate de ello. Sólo algo tan simple como tu espíritu liberado de las cargas materiales podrá acceder a los terrenos estériles y no conquistados de este universo. Yo he venido a abrazarte y lo único que deseo de ti, Javier, son tus─ Dios hizo una solemne pausa─. ¡Errores! ─completó, suspirando desde las alturas.
¡Extiende tus manos, abre las palmas, que yo tomaré tus faltas y no dejaré ni una sola en ti. ─El Altísimo habló con voz consternada─.Al igual que te pasa a ti, le sucede a toda la humanidad entera: os cuesta despojaros de vuestras culpas y ésa es la peor condena que pesa sobre vosotros. Ése es vuestro verdadero infierno.
Desde la lejanía comenzó a modularse un villancico. Javier sonreía, a pesar de tener los ojos llenos de agua. Eran los cánticos de los niños del pueblo que cada año se reunían al comienzo de la Nochebuena en torno a la plaza central. El hombre cerró los ojos y Dios continuó hablándole desde lo alto.
─¿No sientes como poco a poco eres más ligero, al disiparse frente a mí aquello que nunca desearías haber acumulado? Permítete saborear la bondad que no pretendes mostrar por temor a ser pisoteado y ultrajado: ante mí puedes actuar tal y como eres, pues bien sé de la pasta de la que estás hecho. ¡Cobija en mí tus pensamientos, confía en la Bienvenida que te ofrezco y recuerda estos instantes cuando regreses a tu vida mundana! Sólo así sabrás discernir la importancia de llegar a tu destino por el mejor y más sabio camino, y no por estrechos pasadizos que prometen una riqueza superflua a cambio de un sacrificio que realmente no merece la pena, pues ésta se agota y de nuevo te reencuentras contigo mismo, desnudo, desvalido y pobre en espíritu. Aprovecha la segunda oportunidad que te brindo para despertar en una supletoria vida que te sirva para llegar a una esfera superior, a la que tú mismo te encargarás de acceder guiado por el sendero de tu verdadera conciencia.

Javier entonces, sin dilación, lanzó la pesada talega monte abajo, y ésta se abrió esparciendo su contenido por los barrancos. Una hurraca descendió desde el horizonte, llevándose en el pico una moneda de plata.
─¡Una estrella! ─pensó el pajarraco─. ¡Una estrella ha caído del cielo para mí! Hoy es Nochebuena y mañana Navidad ─y marchó volando, tan contenta.

Javier en ese instante abrió los ojos como platos para vislumbrar la faz de Dios ─ahora al fin lograba verlo en todo su esplendor─ y lloró de pura alegría al sentir como contemplando aquella faz logró emanciparse de todas las leyes terrestres, de todos los complejos, males, resignaciones y disimulos y de todo lo que parecía eficaz y logrado. De pronto asimiló lo incomprensible, ya nada era postizo, ni falso, ni aparente mientras Dios y él se fundirían a partir de ese instante, en un abrazo. Un silencio exquisito envolvió a la extraña pareja como a un regalo.

Solamente el ángel del señor, que todavía se hallaba ahí presente y sonrió para sí complacido, comprendió que un abrazo concedido por Dios siempre resultaba ser eterno.

Sub umbra floreo: C. Bürk

miércoles, 15 de diciembre de 2010

De nuevo, a ti mi Dios.

 

De nuevo, a ti, Dios mío.

Venerado y eternamente adorado Dios.:

A propósito y desde ti, la palabra amor se desliza
desde mi pluma hacía todos los párrafos de esta carta.

Y desde éstos párrafos, quiero dedicarte todos los “porqués”..
Muchas cartas he callado durante algunos días, y es que cuando siento, no escribio, y la vida me ha escozido como una herida, mientras no te escribía.

Guardo en mi corazón escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que has dejado en mí desde tus semejantes, los hombres; tus huellas guaradadas en sus actos y en el tiempo; ligeras y ardientes hijas de las emociones, duermen agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo,sereno y revestido, -por decirlo así-, de un poder sobrenatural, mi sensibilidad las evoca, y tienden sus alas transparentes, que bullen con un zumbido cristalino de vida, y cruzan otra vez por mis ojos como en una visión luminosa y magnánima.

Sin saber cómo, me he distraído del asunto de trazarte mis sentimientos.

Como quiera que lo haya hecho para no darte más que mi silencio, espero que tu corazón sepa disculparme. ¿Qué mejor intermedio de un mundo a este que el corazón centelleando aún con más viveza, mayor convicción de hallarte ?
Siento los nervios que en mí se agitan, el pecho que se oprime, mi parte orgánica que se conmueve al rudo choque de las emociones desde ti producidas, por la devoción y los afectos; siento, sí, de una manera que puede llamarse verdadera; sin embargo te escribo como la que copia de una página ya escrita; ( ¡¡¡ninguna palabra es suficiente!!!). Te dibujo mí amor como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes y las imposibilidades de sus manos.

En efecto, es más grande, es más hermoso, ese amor que siento, que lo son mis limítrofes expresiones, ebrias sensaciones, trazadas a grandes rasgos, temblorosa mi mano al hallar tu faz, llenos aún los ojos; ¡de mis lágrimas!

Sé, porque lo sé, aun cuando tú no me lo has dicho, que extrañabas mis exclamaciones, porque al sentirte en mis sueños, detuve mi pluma y terminé mi última carta como enojada de la tarea: las palabras no eran suficientes, ni jamás lo serán.
Sin duda, pensaste que esta fecunda idea se esterilizaría en mi mente por falta de sentimiento…Yo te demostraré tu error: ¡Escribir! ¡Oh! Si yo pudiera haberte escrito lo que me haces sentir, no me cambiaría por todos los poetas del mundo.

Si tú supieras cómo las palabras más dulces se amargan al encerrarse en el círculo de hierro la palabra; si tú supieras cómo los susurros más diáfanos, más ligeros, se ensordecen, al son de las notas que mi corazón toca por ti..¡qué impalpables son las fibras de oro que trotan en la imaginación al envolver esas misteriosas figuras que crea y de las que sólo acierto a reproducir el descarnado esqueleto; si tú
supieras cuán imperceptible es el hilo de luz que ata entre sí los pensamientos más
absurdos con el mecanismo de mí corazón, si tú supieras...

Pero, ¿qué digo? ¡Tú lo sabes, tú debes saberlo!
Pero.. ¿Cómo la palabra, insuficiente la mayoría de las veces, puede expresar las necesidades del espíritu, podrá servir de digno intérprete entre tu faz y mi alma?
No reconozco los idiomas. Sin embargo, recurriré a los fenómenos del mío para disculparme de no hablarte de amor en todo este tiempo. Te lo confesaré ingenuamente: tuve miedo a que las palabras se me agotaran… Y por ésta razón algunos días, sólo algunos, y te lo juro,
te hablaré del amor, como hasta ahora lo hice a riesgo de escribir un millón de disparates. ¡Te hablaré de ese amor que por ti siento, -el único infinito que conozco-, de ese principio eterno que todo lo disculpa y que todo lo acoge!


¡El amor! ¡AMOR! Por ti…¡Por ti!
Ya lo ves: el espacio me falta, el asunto es grande,.. ¡Ay! Acaso porque ignoro en lo que se convertirá, me atrevo a definirlo.

Te espera sin espera,
C.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Los talentos únicos. El "modus vivendi" que yo elegí...

Los talentos únicos. Mi "modus vivendi".

Todo el mundo tiene un propósito en la vida. Desde niña quise descubrir el mío. Y quisieron las cosas que pudiera reconocerlo muy pronto.

En cada uno de nosotros, habita un don único o talento especial para ofrecer a los demás. Cuando combinamos ese talento único que nos define con el servicio a los demás, experimentamos el éxtasis y el júbilo que nos otrorga nuestro propio espíritu, la felicidad verdadera, que es la meta última de todas nuestras metas. Cuando trabajas en pos del amor y haces de él tu única meta, te conviertes en una flauta a través de cuyo corazón el susurro de las horas se convierte en música, a través de cuya alma cualquier obstáculo, traba, sufrimiento o dolor serán el conducto hacía el auto- descubrimiento. ¿Y qué es trabajar con amor? Yo lo veo así: es tejer una tela con hilos sacados de tu corazón, como si te propusieras vestir a todos los que te rodean con esas telas sedosas...

En ésta existencia nos hemos manifestado en forma física para cumplir un propósito. El campo de la potencialidad pura es la divinidad en su esencia, y la divinidad adopta la forma humana para cumplir un propósito. Cada uno de nosotros tiene un talento único y una manera única de expresarlo. Hay una cosa que cada individuo puede hacer mejor que cualquier otro en todo el mundo - y por cada talento idividual y por cada expresión única de dicho talento, también existen unas necesidades únicas. Cuando estas necesidades se unen con la expresión creativa de nuestro talento, se produce la chispa que crea la “abundancia”. El expresar nuestros talentos para satisfacer necesidades ajenas, crea “riqueza” y abundancia verdadera, sin límites.
Si pudiéramos enseñarles a los niños desde el principio esta manera de pensar, veríamos el efecto que esto tendría en su vida y en toda la sociedad.
No tengo hijos. Pero si los tuviera, les diría que no quiero que se preocupen en ser los mejores en la escuela, en obtener las mejores notas o en ir a la mejor universidad. Lo que les diría es que concentren en preguntarse a sí mismos cómo pueden servir a la humanidad y cuáles son sus talentos únicos. Porque cada uno de nosotros tiene una virtud única que nadie más tiene, y una manera especial de expresarlo, que tampoco tiene nadie más.

Mi propósito vital tiene tres componentes y así pienso:
1er:
Cada uno de nosotros está aquí para descubrir su verdadero yo, para descubrir por su cuenta que el verdadero yo es espiritual y que somos en esencia seres espirituales que han adoptado una forma física para manifestarse. No somos seres humanos que tienen experiencias espirituales ocasionales, sino todo lo contrario: somos seres espirituales que tienen experiencias humanas ocasionales.
Cada uno de nosotros está aquí para descubrir su yo superior. Esa es la primera forma de cumplir mi vida. Debemos descubrir por nuestra cuenta que dentro de nosotros hay un Dios en embrión que desea nacer para que podamos expresar nuestra divinidad.

2º:
Este componente es la plena expresión de nuestra virtud única. Todo ser humano tiene un talento único. Cada uno de nosotros tiene un talento tan único en su expresión que no existe otro ser sobre el planeta que tenga ese talento o que lo exprese de esa manera. Eso quiere decir que hay una cosa que podemos hacer, y una manera de hacerlo, que es mejor que la de cualquier otra persona, en este planeta. Cuando estamos desarrollando esa actividad, perdemos la noción del tiempo. La expresión de ese talento único - o más de uno, en muchos casos - nos introduce en un estado de conciencia atemporal.

3er:
Este componente, el más importante, es el servicio a la humanidad - servir a los demás seres humanos, al mundo y a sus criaturas y preguntarse: "¿Cómo puedo ayudar? ¿Cómo puedo ayudar a todas con quienes tengo contacto?" Cuando combinamos la capacidad de expresar nuestro talento propio con el servicio a la humanidad, usamos plenamente nuestra verdadera virtud y esencia. Y cuando unimos esto al conocimiento de nuestra propia espiritualidad, el campo de la potencialidad pura, es imposible que no tengamos acceso a la abundancia ilimitada, porque ésa es la verdadera manera de lograr la abundancia. Una abundancia que no es transitoria; ésta es permanente en virtud de nuestro cometido, de nuestra manera de expresarnos y de nuestro servicio y dedicación a los demás seres humanos, que descubrimos preguntando: "¿Cómo puedo ayudar?", en lugar de: "¿Qué gano yo con eso?"
La pregunta "¿Qué gano yo con eso?" es el diálogo interno del ego. La pregunta "¿Cómo puedo ayudar?" es el diálogo interno de nuestra verdadera esencia. Nuestra verdadera esencia es ese campo de la conciencia en donde experimentamos nuestra universalidad. Con sólo cambiar el diálogo interno y no preguntar "¿Qué gano yo con eso?"si no"¿Cómo puedo ayudar?", automáticamente vamos más allá del ego para entrar en el campo del espíritu.

Si deseamos utilizar al máximo nuestra real consciencia hacía el mundo y las cosas es necesario que nos comprometamos a hacer varias cosas. El compromiso con los demás es esencial, al igual que la verdadera entrega:

Primer compromiso: Por medio de la práctica ilimitada de amor al prójimo, buscaremos nuestro yo superior, el cual está más allá de nuestro ego.

Segundo compromiso: Descubriremos nuestros talentos individuales, y después de descubrirlos disfrutaremos de la vida, porque el proceso del gozo tiene lugar cuando entramos en la conciencia atemporal. En ese momento, estaremos en un estado de dicha absoluta. Ya no aspiramos entonces a “obtener”, sino a “disfrutar” con lo que ya tenemos.

Tercer compromiso: Nos preguntaremos cuál es la mejor manera en que podemos servir a la humanidad. Responderemos esa pregunta, y luego pondremos la respuesta en práctica. Utilizaremos nuestros talentos únicos para atender a las necesidades de nuestros congéneres, los seres humanos; combinaremos esas necesidades con nuestro deseo de ayudar y servir a los demás.

Yo comencé a hacer una lista de respuestas a estas preguntas: ¿Qué haría yo si no tuviera que preocuparme por el dinero y si a la vez dispusiera de todo el tiempo y el dinero del mundo?
Si de todas maneras quisieráis seguir haciendo lo que hacéis ahora, es porque estáis en sintonía con vuestro real propósito de vida, porque sentiréis pasión por lo que hacéis. La segunda pregunta es: "¿Cuál es la mejor manera en que puedo servir a la humanidad?" ¡Responderos esa pregunta y poned la respuesta en práctica!

Descubramos nuestra divinidad, encontremos nuestro talento único y sirvamos a la humanidad con él; de esa manera podremos generar toda la riqueza real que deseamos. Cuando nuestras expresiones creativas concuerden con las necesidades del prójimo, la riqueza pasará espontáneamente de lo inmanifiesto a lo manifiesto, del reino del espíritu al mundo de la forma. Comenzaremos a experimentar la vida como una expresión milagrosa de la divinidad - no ocasionalmente, sino a todas horas. Y conoceremos la alegría verdadera y el significado real del éxito - el éxtasis y el júbilo de nuestro propio espíritu.

Comprometeros a hacer lo siguiente:

1) Hoy cultivaré con amor al Dios en embrión que reside en el fondo de mi alma. Prestaré atención a mi yo interior que anima tanto a mi cuerpo como a mi mente. Despertaré a esa quietud profunda del interior de mi corazón. Mantendré la conciencia del ser atemporal y eterno, en medio de la experiencia limitada por el tiempo.

2) Haré una lista de mis talentos únicos. Después haré una lista de las cosas que me encanta hacer cuando estoy expresando mis talentos personales. Cuando expreso mis virtudes y las utilizo en servicio de la humanidad, pierdo la noción del tiempo y produzco abundancia tanto en mi vida como en la vida de los demás.

3) Todos los días me preguntaré: "¿Cómo puedo servir?" y "¿Cómo puedo ayudar?" Las respuestas a estas preguntas me permitirán ayudar y servir con amor a los demás seres humanos, así como al mundo y sus criaturas.


Sub umbra floreo: C.Bürk

domingo, 12 de diciembre de 2010

A Dios (Año 2005)

1.Cometí el error de la liebre..
¡Muerte lerda que te duermes! Dormitas en mi boca, esperando a que pase la vida, señora de mi hora; ¡cual universal tu señoría!

2.¡Que siga la farra en el mundo, mientras doliente escucho los gemidos de las guitarras: una música sin notas que llena mis huecos; mientras miles de ángeles caen muertos.


3.Furioso el fuego de las estrellas, que ya has apagado; mientras la mirada de un ángel escapa centellante a los cúmulos infelices de la vida,
dando patadas a los planetas sin vida que de vida fueron matrices.

4.Crucé tu alambrado cielo, mientras me amputaste las alas para hacerme libre, mientras mi propio aliento me mata de frío y arderé por siempre encerrada en un trozo de hielo.

5.Gimo por tu luz que apenas alumbra; reclamo la oscuridad mortuoria, mientras mi llanto se descolora gota a gota,
sedimentándose en interminable agonía;
lágrimas que caen en cascadas que eternamente azotan,
que resbalan sin vida.

6.Tus gárgolas me golpean; rozo inerte tu fría roca que llamas corazón; ¡explotó mi herido cielo!, mi vida de infección se llena, enferma de existencia; la fe en mi conciencia se ha fosilizado; de mi tempestad un juez merodea un horrendo destino, y una capilla que se cierra.
 
 Sub umbra floreo: C.Bürk

viernes, 10 de diciembre de 2010

Reseña para la novela"Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot" por el escritor Javier Pellicer


Las nueve ventanas de Jeanne Bardeot
Claudia Bürk
Grup Lobher

Jeanne Bardeot no ha tenido una vida fácil. Su
pasado está cargado de abusos, malos tratos
y desengaños. Una carga que condiciona sin
remedio su presente. Su única vía de escape
es su desbordante imaginación, donde se
refugia mientras en la vida real trabaja como
vigilante de seguridad. Sólo cuando observa
a través de las cámaras de seguridad se
asoma al mundo real. Nueve ventanas para
un alma atormentada, y que sin embargo
se aferra a una ilusión tan ténue como el
humo. Entretanto, vive sus días convertida
en los muchos personajes que su cabeza
plasma. Hasta que, un día, recibe una visita
muy especial: el arcángel Miguel, que trae
consigo un mensaje maravilloso para Jeanne.
¿Otra jugada de su imaginación? ¿O esta
vez es real? Su vida pasa entonces de la
soledad a la esperanza, y dará comienzo
una búsqueda personal para descubrir su
verdadera identidad. “Las nueve ventanas de
Jeanne Bardeot” es una historia dramática,
dura y que refleja los grandes pecados del
alma humana, pero vestida de seda y con
tendencia a la ilusión de ese lado bondadoso
que todos tenemos. Desde una perspectiva
muy personal, la autora profundiza en los
sufrimientos humanos y en las maneras de
evadirse de ellos con sutileza y sin temor a
acercarse a su parte más mística.
El estilo sincero y emocional de Claudia
Bürk permite que el lector se deje llevar
calmadamente, y que rápidamente establezca
conexión con el personaje. Su prosa es
exquisita y su léxico agradable para cualquier
lector. Una novela profundamente emocional,
donde la autora desnuda su alma sin
concesiones.

Reseña de Javier Pellicer, escritor. Colaborador literario de la revista Ilike magazine y las páginas H-Horror y OcioZero

Su página:
http://tierradebardos.blogspot.com/

Reseña en la página 20 de su revista Ilikemagazine:
http://www.ilikemagazine.com/descargas/revista/ilikemagazine_numero12.zip

viernes, 3 de diciembre de 2010

– A la faz de la muerte – (Relato basado en un hecho real, ocurrido una noche de 2006 mientras trabajaba)

– A la faz de la muerte –


La noche que iba a tener por delante prometía, una vez más, ser tan rutinaria como las otras – que de tanto en tanto había ido soportando en el interior de aquel edificio –.
Lánguida, contemplé la blancura del techo, mientras la falta de lucidez iba tiñendo poco a poco los cristales que constituían la Entrada Principal, dando finalmente paso al crepúsculo que se colaba, decidido, por las rendijas de aquella puerta, obligándome a encender las luces.

Durante muchas de esas noches aprovechaba la soledad que me brindaba la Vigilancia para liberar mi melancolía, amarrada en mi interior, ocultada diestramente ante las presencias ajenas. Solía entonces dejarme caer en torno a un pozo profundo, cuidándome, eso sí, de no acabar sumergida en su fondo. Reventada de tristeza, solía recordar el asesinato de mi padre acontecido pocos meses atrás.

También lo hice esa noche.

Miré fijamente los Monitores de Seguridad, completamente absorta en mí. Sentí como una lágrima me abandonaba; tan sólo una, y se resbalaba suavemente por el rabillo de mi ojo.
Cuando optaba por revivir dicho suceso de aquel modo, mi rostro y mi cuerpo enteros quedaban inermes y petrificados. Toda mi presencia se transformaba en insípida, insustancial y sobrada.
Aquella lágrima en mi rostro era lo único que poseía movilidad en mi corpórea presencia.

Grité para mis adentros.

Seguí con la punta de mi dedo el camino de aquella lágrima. Lentamente. Era el amago de una auto-caricia, de las que seguramente tanto necesitaba desde hacía tiempo, pero que, ajenas, me eran denegadas día tras día.
Reprimí ese gesto a medio camino.
De pronto, me incorporé con brusquedad. Percibí como un violento carmín encendía mi rostro, despintándose casi al instante del tizne adquirido, devolviéndole a mi cara un color lechoso como solamente adquiría cuando yo percibía un hecho horroroso; la tensión embrutecida en atonía desconcertante.

Los vi claramente.
Se hallaban a pocos metros de mí y caminaban con pasos decididos hacia mi votiva ubicación: dos hombres que se me presentaban corpulentos, si el matiz devuelto por aquel monitor no me engañaba. Parecían acarrear en sus costados un arma de notables dimensiones. En mi mente comenzaron a aparecer las brumas, y algunas zonas de mi razonamiento quedaron devoradas por la niebla de la nada y del desconcierto.
La desesperación dio paso a la adrenalina, y danzaban juntas en mi cuerpo, formando una ceremonia aciaga y litúrgica.
Flotaba en el aire una amenaza distinta de cuantas había percibido hasta aquel entonces; una sensación fatal de mal agüero.
En mis ojos comenzó a arder el miedo a la muerte verdadera, a la que posiblemente ya estaba condenada.
Estaba asustada y angustiada.
Escuché como los dos individuos se detenían a un metro de mí: una puerta de cristal opaca nos separaba desafiante e imprecisa.

Mi propia adrenalina ya me había emborrachado por completo y, sin vacilar, desenfundé mi arma, amartillándola con un gesto de vitalidad casi salvaje.
De pronto me sentí fuerte y decidida.
En mi fondo se había anidado una oscura y diabólica ansiedad de acción y, quizás, el deseo de darle algún sentido a mi quebrada existencia a través de un posible y oportuno acto heroico.

Entre aquella bruma del Todo y de la Nada, mi propio destino me estaba curtiendo con el sol y el hielo de su transcurso.
Mantuve por fin el completo dominio de mí misma, mientras les escuchaba decir “Sejtschavic drasmetj strovsek”, lo que traduje gracias a mis escasas nociones de ruso como: “vayamos a por ella”.

La puerta se abrió de golpe. Seguidamente me apuntaron con sus armas, que ahora reconocí claramente como ametralladoras tipo Browning, ésas de 7,92 mm montadas coaxialmente con el cañón principal. Me detuve en la mirada vidriosa de aquellos hombres.
Los destellos rotos que devolvían maliciosos sus ojos, alcanzaron los míos: los suyos no pestañearon ni una sola vez, encerrados en el arisco pudor de aquellos que se saben malvados. El rostro de uno de ellos se había crispado en un aparatoso tic nervioso, al comenzar a presionar el gatillo de su ametralladora y alcanzarme una ráfaga de disparos en milésimos instantes de congelada eternidad.
Un agudo e indescriptible dolor escocía en mis entrañas y se mezclaba con mis pensamientos; cerraría los ojos definitivamente y desaparecería en aquel pozo cuyo fondo no habría querido descubrir nunca: el pozo sin fondo de la muerte.
Gemí y me retorcí por última vez, mientras pensaba en lo sola que se quedaría mi madre y que eso no iba a ser justo para ella.

Imaginé los proyectiles de esas potentes armas cruelmente enterrados en mi carne. De pronto mi cuerpo ya no obedecía a mis impulsos ordenados. Y flotando entre el conflicto por la estancia y el abandono, comencé a elevarme sobre mí misma, percibiendo que el aire pesaba menos que nunca.
Pensé que estaba adquiriendo el don de la cenestesia sabedora de todo, mediante la que ahora me movía. Alcancé una dimensión indecible, sin más ayuda que la de mi propia voluntad.

Me vi a mí misma desde arriba, como si toda yo fuera una íntegra fuente visionaria y de infinita parsimonia. Desde la altura alcanzada de medio metro, logré tocar mi propio cuerpo inerte; sin tener ya manos, ni tacto, como si toda yo ahora fuera también un ente sensorial: pura y desnuda aura, separada de mi cuerpo. Observé mis exhaustos restos yacientes en el suelo.
Reconocí a un agente de la Guardia Civil, el cual me había parecido ver patrullar en reiteradas ocasiones, dando vueltas en torno al edificio que traté de proteger.
Se inclinó sobre mí y comenzó a extender una gran lona de plástico por encima de mi cadáver: una lona que parecía abrazarme como si de una manta encubridora e infecunda se tratase.
Eso lo vi hacer en las películas, pensé.
El suelo a mi alrededor estaba cubierto por lóbregas charcas de sangre, oscuras y líquidas como la tinta de un calamar.
Comenzaron a llegar más Policías. Pude observar también a dos médicos confusos, que permanecieron surtos al margen de todo, en un mutismo hosco y taciturno.
Desde luego que ya sobraban, cavilé: a esas alturas tan sólo era necesaria la llegada de los forenses.
No comprendía ni yo misma por qué diablos – si yo estaba muerta, ¡muerta, maldita sea! – me hallaba de tan buen humor. ¡Prácticamente estaba risueña e increíblemente bien!, tal y como nunca me había sentido en vida. No me lo creía ni yo, pero pude decir que, ciertamente, la muerte – para mi sorpresa – era divertida.
Vislumbré solazada como la luna creciente encendía destellos de cristal y de plata sobre aquel bulto plastificado, que supuestamente había sido… ¡Yo!

Me costaba creerlo.

“Aquello” ya no tenía nada que ver conmigo. Estaba aquí, pero no podían saberlo. Todos – así intuí –, se convencerían de mi inexistencia. Era innato en los vivos. Se dejarían llevar poco a poco por la bruma del olvido, de mi fin, de la nada. Me relegarían de sus vidas: había finalizado en sus mentes. Pobres diablos, no comprendían nada allí abajo.
Pronto, el perfil de mi rostro perdería en ellos su definición. La niebla del olvido me devoraría en ellos, pese a todo lo que habría significado. Un poderoso frente; una batalla donde la verdad sobre la existencia se liberaría al combate colosal de la venerada materia.

La vida nos había mentido a todos, también a mí. Existía realmente un orden infinitesimal y comprensible, pero había que morir para asimilarlo.

Todos mis sentidos habían desaparecido, sepultándose en mi cuerpo ametrallado. Sin embargo, de algún modo las percepciones seguían en mí. Pero ahora era distinto. Ahora eran magnánimas: toda yo conservaba mi antigua voluntad. De hecho mi YO entero, consistía en mi voluntad.
¡Así que todo eso significaba estar muerta, hacer lo que se quería!
Pues desde luego, era estupendo, me figuré.

Deseé permanecer cerca de los que no me olvidarían tan rápidamente. Y para mi sorpresa, mi propio deseo me llevó junto a mi madre. Era imposible explicar con qué clase de rapidez me vi ante ella, casi al propio achaque del instante en que mi deseo había nacido en mí.
Así que todo el misterio era ése: la percepción sujeta a la materia y a nuestro cuerpo, eran un engaño del infinito.
Respecto al espacio y al tiempo, también había estado en lo cierto: ¡no existían!
Me situé al costado de mi madre, y opté por sentarme en el borde de su cama: para mi asombro, era posible. La observé durante largo rato y la sentí respirar y dormir plácidamente. Menos mal, pensé, aún no sabía nada. Hacía bien en apagar el móvil por las noches. Regresé junto a mi cadáver en una milésima de instante. Ya no comprendía lo que había sido el tiempo. Se me había olvidado por completo.
La muerte; así podría describirla, era como haber visto una película, la que fue la vida, desde una cómoda butaca. Y en realidad era consciente de que siempre había estado allí, que mi vida entera era una película proyectada desde mí misma. Yo había sido su creadora. Sabía a tientas que así era.
Y si la vida era como haber estado en el cine, también imaginé que se estaba perdiendo el tiempo absurdamente si “aquello”, lo que se denominaba “vivir”, no se hacía por diversión. Yo siempre que había acudido al cine lo había hecho por este motivo, cualquier otro era absurdo. Comprendía ahora también este concepto.

En realidad no habían existido las penumbras interiores. Nada de lo que nos había preocupado era real. Solamente nosotros mismos lo éramos, y no necesariamente con un cuerpo de añadido. El sufrimiento tampoco era cierto, ni los errores, ni tan siquiera los logros. Únicamente eran ciertos el humor y el amor, la alegría y las grandezas del alma. Aquí continuaban y aquí siempre se habían escondido. Ya les tocaría a los demás saberlo, pensé sonriendo.
Y en apenas unos segundos terrestres de mi eternidad, había ya adquirido una profunda conciencia de mi condición de muerta. Miré el mundo, el transcurso de ese tiempo – que así se definía a sí mismo, tenso y decidido – en la modorra de la convalecencia.

Sabedora de la inexistencia espacial y temporal, como lo era tras mi muerte, ordené a mi voluntad emplazarme a algunas de las situaciones vividas tiempo atrás. Tan pronto lo deseé, me hallé en la situación recordada: aquello resultaba como estar rebobinando una cinta de vídeo, conservada en el cosmos.
Así que también estaba asimilando que cada parte infinitesimal, cada suspiro, cada movimiento realizado y cada palabra pronunciada en vida, habían quedado registrados por una grabadora que osaba utilizar el infinito, Dios.

Regresé, sencillamente deseándolo, a uno de mis mejores momentos: me vi rodeada de niñas, hallándome en el centro de un círculo que habían formado en torno a mí. Mientras yo reía a carcajadas dando vueltas sobre mí misma, ellas cantaban una canción, mencionando las estrellas y los planetas. Estábamos jugando a mi juego favorito, del cual me hice inventora: jugábamos a ser el sol, la luna y las estrellas.
Me sentía feliz. Nos hallábamos en el centro del patio del convento de las monjas Clarisas, donde había ingresado a muy temprana edad.
Reconocí a algunas de las monjas, que tanto amor y cariño me habían prodigado.

Osé atravesar algunas otras situaciones prodigiosas de mi vida pasada. ¡Era tan fácil llegar allí, completamente sumergida en el euforizante estupor de saberme eterna!
Comprendí que tan sólo aquellas cosas vividas con el amor y la alegría eran las que verdaderamente habían importado. Diversifiqué que las restantes situaciones donde había atravesado instantes angustiosos, sufridos y martirizados, no habían existido realmente. Todo aquello quedaba apocadamente impreso sobre la pantalla de una película en proyección: la vida terrestre.

Mi soledad posterior, atravesada al final de mi vida, transcurrida entre un millón de soledades, había servido para encontrarme conmigo misma. Había sido muy afortunada. Gracias a aquello lo comprendí también.

Todo eso había constituido un gran aprendizaje, que me hizo comprender el verdadero valor del amor y de la felicidad.

Me acordé de una frase que solía decir en vida para justificar mis heridas: no se era consciente de la luz sin haber conocido antes la oscuridad.
Todo el conocimiento, todos los secretos de Dios y del Universo, parecían llegar a mí en oleadas a través del éter.

Volví del mundo anterior, transportada por el propio infinito, ordenado y preciso en sí mismo y opté por permanecer en los confines de la Nada, donde tan sólo deseaba una única cosa: encontrarme con mi padre.

Él había muerto de un modo muy oscuro, seis meses antes de mi propio fallecimiento. Mi vida ya no me había parecido lo mismo sin él. Sentía que no era capaz de superar aquella pérdida.
Ahora – pensé, en el lado opuesto de la vida – tenía que disponer de algún método para estar nuevamente junto a mi padre y comencé a concentrarme obstinada en su presencia. De pronto, entre aquel pantano de brumas que totalizaba el paisaje de la Nada, apareció entre el magma de las sombras su entera presencia. La Nada comenzó a diluirse sin dejar rastro, llenándolo todo con su ser.

Su aura me envolvió aferrada y luminosa. Ahora le sentía. Le olía. ¡Le veía!
Era él: mi querido padre, Franz. Su presencia se me presentaba infinitamente dulce, amorosa y liviana. Me envolvía cual luz indefinible y sin nombre. Debíamos de estar juntos en el cielo, calculé.

– Claudia, noch musst Du nicht hier sein. Weisst Du das? (Claudia, no te toca estar aquí, ¿lo sabes?) – Me musitó en alemán y con su tono de voz habitual.
– Ich glaube ich habe keine andere Wahl (Creo que no tengo opción) – repuse, mientras nuestras palabras pensadas a voluntad palpitaban al son del infinito.
– Debes volver, hija. ¡Vuelve y escribe y no dejes de hacerlo! Testifica lo que has visto por aquí. Habla del amor y de la alegría, insiste en tus escritos sobre su importancia. ¡Estámpales a tus lectores la esperanza en el alma! ¡Vuelve y hazlo así como te pido! Estoy muy orgulloso de ti, hija. Te quiero. Infinitamente, te quiero…

Los reflejos del éter brincaban en torno nuestro y comencé a sentir el manso flujo de su amor, que ardía en mis adentros sin límite ni agoto, diluido en lágrimas de una inagotable alegría, carcajeadas por el universo.

– Pero antes de irte, hija, ven conmigo. Veremos juntos como habría transcurrido tu entierro de haber tenido lugar. ¡Y quiero que te fijes en los pensamientos de los presentes! No hará falta que te diga cómo hacerlo. Es innato aquí para todos.
Enredada y envuelta en la protectora presencia paterna, floté junto a él sobre una iglesia y observé mi funeral. Un ataúd blanco atesoraba mi cuerpo magullado. Mi madre habría tenido que escogerlo, musité; sabía lo que el blanco significaba para mí.
– Fíjate, Claudia, que muchos de los que han venido no hubieran querido hacerlo. Observa y presta atención, porque cuando vuelvas sabrás qué intenciones albergan sobre ti en sus corazones. Observa a tu jefe, por ejemplo: está como ausente, repasando los gastos y déficit del pasado mes.
– Bueno, no me esperaba otra cosa – añadí.
– ¿Quieres gastarle una buena broma y de paso poner en práctica tu poder cenestésico, aquí adquirido? Vas a hacer que desaparezca su agenda del bolsillo, reliquia indispensable para él.

Nos reímos mediante sonoras carcajadas que golpeaban los ecos del cosmos, los dos al mismo tiempo, ante semejante ocurrencia.
No podía dejar de señalar lo mucho que me divertía hallándome muerta.

– ¡Ahora hija, concéntrate y penetra desde aquí en el luminoso misterio del movimiento; para insuflar las inertes esferas de la materia en tu percepción! ¡Hazlo despacio!

Envarada y a la vez excitada, comencé a perder la conciencia en mí misma y arranqué un ligero temblor a la agenda en el interior de la chaqueta de mi jefe.

– ¡Que no se de cuenta, Claudia, es indispensable si no el milagro se interrumpirá!

Hinqué mi voluntad en el alma y en el hueso de aquel objeto moviendo su esfera, hasta desprenderla. Advertí su forma, su peso y sus dimensiones. Me adentré en sus mismos átomos y finalmente logré moverla por el aire, haciéndola levitar. Sentí la pura tensión atómica de aquella sustancia, centré en aquel gesto todo mi empeño.
Enardecida y furiosa por haber presenciado la magnitud de la indiferencia de mi jefe ante mi muerte, hice aparecer la agenda sobre el suelo polvoriento de una pequeña población africana, a unos veinte mil kilómetros de distancia. Detenida y abierta, despertó la curiosidad de unos niños retozones, que la hojearon con asombro y curiosidad. No podía parar de reír, un tanto pasmada por mi éxito.

– Ahora hija, vuelve a tu vida. Haré que no olvides nada. Te estaré esperando aquí hasta que llegue tu hora – manifestó solemne mi padre.

Su frase, pronunciada con la voz imperiosa de un Adiós, resonaba en un ápice de reciedumbre fingida, que aún retumbó en mis oídos cuando desperté de sopetón en mi cama.
Lánguida, me froté los ojos y encendí la luz de mi habitación. El reloj marcaba las cinco de la madrugada. Solamente había estado soñando, más todo lo que percibí en aquel sueño, había quedado inscrito en mi mente para siempre.

En realidad, una buena parte de lo soñado había ocurrido realmente la noche anterior. Con la diferencia de que no me habían llegado a disparar: había conseguido escabullirme por la puerta.

Abrí el último cajón de mi mesita de noche y saqué mi cuaderno de “apuntes nocturnos” – como lo suelo llamar – y comencé a anotar detalladamente aquel sueño, que concluí con una última frase, envuelta en una extraña e indecible añoranza:

-----------“Con la mirada nublada y el corazón liviano, puedo decir que siento en mí la infinita nostalgia por volver de nuevo a aquella hermosa estancia; aquel umbral de la misma Nada, confín flamante de amor. Lo más bello que jamás presencié: mi muerte.”----------

Sub umbra floreo: C.Bürk

jueves, 2 de diciembre de 2010

El arte de respirarte

 

El arte de respirarte


Me despierto a tu lado, y como si sintieses la presión de mi mirada, ¡abres tus ojos!, -ojos livianos, interrogantes- que me rodean siguiendo sendas invisibles que conducen al centro de mi ser, ojos centellantes – las reliquias del amor que me consume- que se entrelazan con mis ilusiones y hacen avanzar al reloj de mi esperanza con engranajes muy concisos.

Levanto mi mirada, (la tuya ha desaparecido en un nuevo sueño). Respiras forzado, duermes, sueñas a saber con qué. En lugar de tu mirada, tropiezo con tu aroma: el olor de tu piel entra como un tornado por mi nariz, destinada estoy a olfatearte como si me convirtiera en un perro sorprendido.
Tu aroma me abraza, convierte la brisa en olorosa; cadencia penetrante con la que invitas a mi piel a que se suma al concierto fragante que en ti reposa, a cuanto destilas y consumes. Porque sé leer con mi olfato, tus libros vírgenes todos; un poema embalsamado de aceite impreso en tu alma.

No solo te huelo, te aspiro con el corazón, con los cinco sentidos, te saboreo con la boca cerrada; me sorprendo-ah, más y más- hay belleza en cuanto aspiro, mucha belleza: tu aroma es un cuadro de Renoir, -evocado para mí espíritu- impresionista impresionando mis sentidos que se tornan delirantes, suplicantes-, descubriéndome un alborotado paisaje marítimo. El olor a brea descendiendo sobre pequeñas embarcaciones. Me topo con un halo de sal soplado desde tu aliento, ¡el mar adormilado entre tus poros! Sobre tu boca, reposa ahora el frescor de una rama de olivo recién cortada que mantiene aún la humedad del rocío de la mañana. Tu piel es toda exclamación, que me llama a gritos humeando brisas frescas y nieblas de canela. Una algarabía de aromas choca y no sé si son los pliegues de tu carne, si tus labios, los sudores que perlan tu dormida frente, los que me arrojan la esperanza de un paraíso eterno a los brazos.

No sé si volverme o no, loca entre los aromas de una ostra perlando tu respiración, de oleajes alborotados, de mares salobres, entre los que flotan hojas de laurel y sándalo. Pero ¿cómo me haces esto? Sé que dormido, careces de la voluntad de embriagarme y sin embargo me achispas como un brujo obstinado, hasta que logras que todos mis sentidos se enmascaren de espectros expectantes, ansiosos por hundirse en tu ser sin satisfacerme con las brevedades que me brindan tus instantes.
¿Otra carga de fragancias?..Es ahora la humedad de tu aliento que se poetiza: me embriaga y embriagaría a cualquiera, pues festín de mis emociones, danza loca de aires expirados, borrachera de elementos que sueño aspirar, se instala retenido en mis pulmones, cebando cada rincón de mi percepción, ¡dulce locura! ¡No me saturo de tus velámenes, de tus flores escondidas, de embriagarme de tu cosmos!
De pronto pestañeas; y como si del aleteo de una mariposa se tratase, tus párpados me traen el perfume del sosiego, con la danza púrpura de lo etéreo, para distinguirte sin presagios, mientras que tú entre las sombras vas dando forma a un sentimiento, y al final lo descubres: despiertas, me sonríes, y no sabes- no lo sabes (todo depende de tu respuesta)- cómo he estado capturándote, con el espíritu y con los sentidos, que convergen donde terminan las fragancias con el hálito que respira mi nariz enamorada.

Sub umbra floreo: C.Bürk