Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Nada que pedir (como lo diría el ateo)

Nada que pedir.


Cuando volví a mi yo infinito
A ese rostro titubeante de vida eterna
A esa aula vacía sin profesor
Había una persona que no estaba
Que me dijo la sentencia:
-“ ¡no puedes pedir nada
A aquel que siempre te vigila!
Y dijo aún más fuerte:
-“¡no puedes pedir nada
Al dios convertido en mar y horizonte!”
Y retorciéndose en su agónica presencia
Llegó a decir, mientras los pupitres
Y las ventanas se movían:
-“¡no puedes pedir nada,
Ni inventarte ninguna sombra muerta
En la que descansar!”
Cuando volví a ser yo misma
Tras haberme ausentado demasiado
En esa aula vacía sin maestro
Vi en la pizarra ejercicios
Para toda la eternidad
Mientras sacaba los libros
De mi repleta mochila
Cargada de demasiados recuerdos
Para resolver los ejercicios
Volví a escuchar a esa
Presencia ausente a quien conocía demasiado bien:
-“no puedes pedir nada,
A quien te dejará morir de hambre para siempre!
Y añadió mientras me quitaba
Las legañas de los ojos para siempre
Porque sabía que no dormiría nunca más
-“no puedes pedir nada
Sabes que detrás de la puerta
No hay nadie”
Callejones sin salida
Santuarios que empobrecen al espíritu
Miradas tiernas que nunca me han dicho nada
¡seréis siempre pobres en el paraíso!
Cuando volví a mi yo infinito
A esa escuela de la que nada se puede aprender
A esa confrontación silenciosa y callada
Con ese dios que es tan poderoso
Que quiere sobrevivir a mi muerte y vergüenza
Escuche a aquel que solo gusta hablar
Por los hechos pero no por las palabras
-“no puedes pedir a tu música vital,
Que se convierta en símbolo
¡no puedes pedir nada
Al señor del espíritu con tus súplicas!
Y alguien tiró una piedra a la ventana
Corrí por los pasillos y escaleras
Hasta llegar al patio de mi escuela solipsista;
Un hombre que jugaba al solitario
Con cartas marcadas
Para hacerse trampas a sí mismo
Sentado en las portería de fútbol
Me dijo sin necesidad de coger aliento:
-“no puedes pedir nada
Al fin de tus días”
Cuando volví al santuario de mi yo
A esa escuela solipsista
Aparcada en las estrellas para siempre
Había una persona que me dijo
Mientras jugaba al solitario:
-“no puedes pedir nada
A tu yo rebelde”
Y crucé el patio, y llegué a la puerta
Detrás había niebla espesa
En la que desaparecería para siempre
Nunca supe quien era el jugador del solitario
Porque era mucho más viejo que yo
Pero me dijo susurrando,
Mientras me desvanecía detrás de las rejas:
-“¡no puedes pedir nada
Al señor de todas las cosas...

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