martes, 30 de septiembre de 2014

La mujer caída © .Novela de Claudia Bürk.( Capítulos I, II, III y VI , V ,IV y IIV )








La mujer caída
Escribí ésta historia en el año 2005, tras morirse mi padre. Consta de XXV capítulos y en aquel entonces confié en un -actualmente- célebre escritor para que me diera su honesta opinión acerca de la historia. Aquel escritor y yo nos convertimos en buenos amigos. Mi amor platónico por él se tornó casi sobrenatural. Años más tarde, apareció de sus manos una novela, que fue un absoluto bestseller en la cual, para mi sorpresa, encontré muchos matices en común con ésta historia. El tiempo quiso que me olvidara de todo sentimiento procesado. De toda confianza entregada. De todo secreto revelado. Pero la historia seguía ahí, publicada en parte, (ya que retiré todos los siguientes capítulos) en un rincón de internet que se llama www.tusrelatos.com. Hoy he querido "rescatarla" del olvido; de los instantes dolorosos que proporcionan los rechazos y las traiciones. Nunca hubo rencor. Sólo admiración y afecto. Hoy la traigo de vuelta. Auqí podéis leer de forma gratuíta la historia hasta el capítulo V. 

Ésta Navidad hacte con el libro completo y en papel de "La mujer caída". ¡No te lo pierdas!                                                                                                                     Sub umbra floreo: c.bürk






Ventanas afuera





Ventanas afuera amanece,
una madrugada más.
¿Tal cómo ayer?
No, ¡como jamás!

La obscuridad, lenta, se desvanece.
Un poco se resiste,
al poco, con más fuerza
casi luchando a muerte.
Solloza, herida de luz padece
en boca de un ave gimotea desconsolada.
Maldiciendo su negra suerte,
De poco le sirve ser alada,
¡el Alba la vence!

El Alma
A la soledad abrazada
El cielo contempla.
Suplica al Alba respuesta,
¡una simple palabra!
Suspira, una, ¡mil veces!
Henchida de clara esperanza;
Se pregunta, ¿la mereces?
Anhelando ser libre, ilusionada.
¡Que la herida cicatrice para siempre!
Ya ha pagado con creces…

Sub umbra floreo: c.bürk
Madrugada del 30 de Septiembre de 2014

lunes, 29 de septiembre de 2014

Análisis de la frase "En internet sólo hay gatos y porno". Relato de humor por C.Bürk.




Últimamente, la frase “Internet se compone de gatos y de porno” me asalta por todas partes. Tanto es así, que algunas revistas del corazón le dedican sección dónde pretenden desmentir el hecho actual de quienes afirman que la famosa red de las redes está compuesta por un 75% de porno y el restante 25% son gatos. 

Perooo, ¡caramba! ¿Qué nos está pasando a la humanidad? ¿Qué hay de verdad en éstos hipotéticos datos? En 2010 se ve que les dio a unos lumbreras de entre las generaciones modernas, por realizar un exhaustivo estudio sobre la sexualidad humana, el cual arrojó un número muy distinto de datos y acerca de qué cantidad de los sitios más populares en internet relacionados con porno y los gatos nos da por visitar. Y aquellos datos fueron alarmantes. Conductores a la auto aniquilación. 

El apocalipsis nos lo trae internet y nosotros, todos nosotros, estamos picando el anzuelo, engullendo el cebo como ávidos depravados. Satanás no tiene cuernos: se presenta en forma de vídeos cuquísimos sobre gatitos adorables y maneras de prácticas sexuales cada vez más bizarras, de esas que hubieran hecho vomitar a nuestros abuelos durante meses, oigan. Aquellos estudios destapaban por fin la verdadera y enorme magnitud de la moda de los gatos en internet, junto al sexo depravado. La cosa de los gatitos iba del mismo palo que las búsquedas masivas de porno. Ya que, Google, estaba experimentando con un cerebro artificial de tecnología avanzadísima que, a partir de los principios y las ecuaciones de la inteligencia artificial, intentaba replicar la materia gris humana. La sorpresa de los científicos y los programadores (sí, de esos gordos, frikis, con gafas y granos) fue mayúscula absoluta cuando, al activar el motor de búsqueda, lo primero que se puso a buscar el cerebro artificial fueron… gatos, ¡tras el porno, señores! 



¡Quién lo hubiera sospechado! ¿Parará alguna vez la fiebre del sexo gallardo y la búsqueda de gatos en internet? No, porque tras la obsesión por el sexo bizarro, los gatos son la fiebre más incurable de la humanidad. Existe “la loca de los gatos” de los Simpson. Está “Tubocat” una web dedicada a un minino particularmente obeso, “Hello Kitty”, “Hister Kitty” (Naaa, muy simple la cosa: memes de felinos haciendo cosas hipsters y muy modernas, “Boozecats” (personal de fiesta, bacante y beoda con gatos insertados como si fueran botellas. Tan sencillo como eso.), “Caturday” etc. Etc. Etc. Etc….(ad infinitum)… El desbordamiento de blogs o tumblrs sobre gatos hace difícil de navegar el mundo felino en la red, buscando cualquier otro dato, fuera de los mencionados y el porno raro con insectos o aliens.

Están los “Hitlercats”, cuadrúpedos mullidos con manchas en la nariz a modo de bigote y que se parecen a Hitler en su fase en auge. La perfección del asunto llega, cuando su pelo es blanco y tiene, además, una mancha negra en la cabeza a modo de flequillo. Los que, en cambio, tienen una mancha parda debajo de la boca, se les conoce en el mundo de los “catfreaks” como “Lenincats”. Hay mininos fumando, cocinando, patinando, dirigiendo películas porno, pareciéndose a actores varios, siendo cualquier cosa más humana que los propios humanejos. Todo está visto e inventado. Tu imaginación ya no tiene nada que aportar. ¡Más le vale que le pegues un tiro a la pobre inútil! 

No voy a ser yo que lo vaya a afirmar, peeero, como algunos llegaron a vaticinar, que justo después de ser alzadas las pirámides fueron los propios gatetes los que se lanzaron a inventar internet, de ahí que internet se hiciera para los gatos. Perooooo, ¿no lo dijo aquel ex ministro polaco, Kaczynski creo que se llamaba, que internet se había creado exclusivamente para el porno? Lo cierto es que, los peludos duendes adorables se han hecho con internet y no veo yo que vayan a abandonar tal barco. Ningún objeto valioso, ninguna práctica de BDSM, Pablo Iglesias ni Obama, es superior a un gato. Aunque la cosa se torne cargante, por superabundancia. El gato gusta de ser visto manoseado, pornoficado; ¡son los celebreties peludos de éste mundo! Y nada le llega ni tan siquiera a las pezuñas. Ningún mozo humano sabrá –por muchos vídeos de porno bizarros que se trague- enredarse, como ellos saben, en su propio rabo.

Se supone que el cerebro humano está en plena fase de expansión. Que cada vez somos más inteligentes… ¿Pero entonces por qué ocurre el fenómeno masivo de meternos en las redes a buscar cuadrúpedos en formato de peluches para soñar? Desde luego, no nos hace falta pensar en extraterrestres teniendo gatos en el mundo; nuestro excelso contacto con unas entes muy superiores en inteligencia. El gato es sueño del hombre (bueno –y lo explicaré a continuación- de la mujer), para ellos somos escoria, purria, vulgos plebeyos y chusma rancia y agilipollada. Y como está de moda el BDSM, nos sentimos cachondos al estar esclavizados por los mininos del mundo que nos usan como proveedores de comida y demás comodidades y conforts. Son unos putos interesados.



Para los mesopotámicos los mizotes ya eran fundamentales para su progreso hacía los idiotas en los que ahora nos hemos convertido. El gato tiene Ultras, como el freak número uno, Sánchez-Dragó que dijo “Dios creó al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre sin temer por su vida”.  
Que los CATLOVER sean mayoritariamente mujeres no es nada nuevo. Y veremos en breve, según mi capacidad de análisis, por qué esto es así. En la edad media las poseedoras de gatos negros ya eran brujas. La cosa tiene miga. ¿Y por qué razón los gatos y no los grillos o las tortugas?

Los gatos son, como dije, humanizables; se les cuelga lazos, se les pone adornos, se miman, cagan y mean solitos en una caja, conviven con nosotras como soñamos que lo harían nuestros maromos (de no estar enganchados y bien servidos a través de beldades con tetas enormes a la red, a través de las webcam con trabolos exuberantes y el sexo salvaje y desmesurado con escorpiones cebolleros de rostros a lo Megan Fox.) 

¡¡Y yo lo afirmo, LO AFIRMOOOO!!!:
¡La humanidad se va a extinguir! Es el mensaje que quiero dar en éste escrito. Yo lo sé. Lo veo venir. Palabrita del niño Jesús. 

Cada vez somos más mujeres en el mundo. Y los machos, ¡ay los machos! O se nos han vuelto autosuficientes, o se aparean con los de su sexo, o bien se sirven de la interminable y variable oferta de sexo de internet. ¿Por qué razón nos iban a querer aguantar ante tanta tentativa facilona -no implícita en aguantar síndromes premenstruales (esos momentos que nuestros adorables gatetes más se nos frotan) – a una tipeja de los más común?

Si bien las locas de los gatos antes eran las supuestas brujas; mujeres de avanzadas edades, verrugas en lo alto de las narices y dedicadas al horneamiento de galletas, ahora la edad de tales circunstancias ha retrocedido a edades que van casi hasta el feto no nato de una fémina. (Hay quienes afirman haber visto en una radiografía de un feto feminino a varios gatetes conviviendo ya en su interior con ellas).



La cosa es que (¡¡¡¡¡Y ME INCLUYO POR TODO LO ALTO!!!!) ahora la popularidad de los gatos nos afecta desde las más jóvenes a las cuarentonas, como ésta servidora, que no es otra consecuencia de la gran frustración que nuestros machos nos hacen padecer. El papelito de “Loca de los gatos” es tan popular como “la puta del pueblo” (en términos feministas; la fémina liberada y desatada sexualmente), la “Tonta del pueblo” o  “La rubia de bote”. 

Ningún mozo de ahora nos comprende como nuestros gatitos.

Al primer desengaño amoroso lo tenemos claro: adoptamos un gatito. Lo que antes correspondía a un acto reflejo de señoras de avanzada edad que ya lo habían vivido todo en materia de amores fallidos. Ahora, en torno a los veinte, treinta, cuarenta… (Ejemm, me señalo…), adoptamos uno, luego otro, luego un tercero… ¡Y la cosa se va de madre! No os engañéis, ¡somos chicas dedicadas a la vida moderna, escribimos blogs de moda, hacemos cupcakes y demás tareas ultra femeninas de los años 60 tan “de mode”, pero estamos tan acabadas como las señoronas que salen en el “Sálvame”. La popular actitud, como venía diciendo, que se iba atribuyendo a las viejas chochas, ahora las asumimos al dar por perdidas todas las esperanzas con el género masculino. Lo que solía reservarse a la vejez, la tradición en sí del asunto, está cambiando: ahora la asumimos gustosamente tras haber enterado todos nuestros anhelos amorosos con el sexo opuesto. ¿Culpa de quién? Del demonio. Es decir, del amo y señor de Internet que ofrece de “to” sin tenernos en cuenta.

¿Consecuencia? Lo dije, y no es que quiera que cunda el pánico: la especie humana se va a extinguir. ¡Lo que Sigmund Freud hubiera disfrutado de los tiempos actuales...! ¡Ah, un visionario!  
                                    
También él,como yo, hubiera empezado a sospechar que hemos retorcidos tanto las cosas que nos hemos olvidado que hay que excitarse con las mujeres de carne y hueso y no hacer que la libido sea hacer que vomite el alma. 

Señores, me sabe mal hacer de adivina malota. Pero el género humano, en efecto, se va a la porra.
(La culpa también es de hacienda que lo permite todo. Pues bien sabe Montoro del poder recaudatorio del porno y de los cuernos…)

¿Qué nos queda por hacer a nosotras? Pues acariciar a nuestros trece gatos, coger la Kalasnikov más a mano o bien sentarnos a ver como los tíos sigan con sus machalagnias (palabra inventada por mí ahora mismo para definir la masturbación masculina ante el PC en marcha y los ojos como platos) y violen hasta a las piedras mientras a nosotras, bragas en mano, nos ignorarán por sosas.

Sub umbra floreo: c.Bürk

martes, 23 de septiembre de 2014

Inmensamente esperado X,

Inmensamente esperado X,

Hace algunos días, cuando por primera vez topé con “tu nombre”, me enamoré perdidamente de éste: tú, querido X. Luego comencé a tratarte y no he dejado de sorprenderme de lo fascinante que es tu personalidad, lo humilde, inteligente, humano, curioso e increíblemente cercano a mi soñada esencia llegas a ser.

Una persona sin sueños está muerta, muerta en vida, pero siempre podrá resucitar, tener esperanzas en los propios ensueños, modificar la realidad, imaginando. Yo elegí soñarte y así elegí la vida, y has venido de tu mundo hacía el mío. El cielo se ha abierto, vierte sobre mi destellos luminosos de dicha infinita.

Eres el Amor Verdadero hecho hombre. Debo pellizcarme constantemente, temo estar en un ensueño. ¿Se convierte en realidad la trama de mi novela?

No sabes de cómo mi latir se vuelve demencial cuando te leo, en especial, cuando te leo y te imagino sonriendo.Tienes una hermosísima sonrisa. La más brillante que he visto, la más sincera y pura. No sabría qué hacer ante tu presencia real,aunque reconozco que la sueño; me volvería torpe, torpes mis palabras, mis gestos...Eres Divino...Eres todas las perfecciones al unísono...Eres una cincelada creación hecha a mano del mismo Dios. Un Arcángel Excelso: el más prestigioso de entre todos ellos, guerrero de luz, tus alas me envuelven y me dejo caer, caer, caer...

Tu mirada, es la locura que me desasosiega. La fragilidad de tu sonrisa, indomable como el ensueño mismo. Y si hablamos de colores: ¡tus ojos son los que se llevan el homenaje, dime, ¿donde más podré ver unos ojos tan intensos como los tuyos? De un magnifico y embellecedor brillo, pero claro, no cualquier brillo, ni cualquier color, sino de un color indefinible, tan profundos, vivos y brillantes...no, en ningún lado, nada es capaz de dar esa intensidad, esa brillantez que solo tus dos orbes son idóneos de dar.

Estos días te he retendio en mí hasta la locura. Cada detalle de tu faz, cada gesto, cada dato. Hablar tan sólo (¿tan solo?) de tu físico, la beldad de tu exterior,es no acabar de describir la perfección. Pero lo que más me ha cautivado de mi X, es la perfección de su interior: valiente y terco, curioso, amable y sensible, todo de ti, todo tu ser me gusta, me fascinas, tu manera de sentir, de vivir, de orar, de presentarte, la fuerza y la luz que exhalas hacía el mundo.
Eres la perfección en persona, eres un ser inmaculado, tan puro, limpio, perfecto, y quizá, válgame la redundancia, ingenuo como yo...tanta es tu pureza que siento un profundo temor de tocarte, por si te desvaneces, de que con el simple roce de mi mano en tu tersa mejilla te corrompas hasta lo más sórdido. Desprendes pureza, grandeza, riqueza interior y belleza.Todo en ti es grande, todo lo quiero: Tu cuerpo...Tu mente...Tu alma... y más que todo: Tu corazón... ¿Es mucho pedir soñarte por toda una vida?

Comprendo ahora más que nunca, que el destino existe y que los errores son necesarios para colmarlo. Me ha costado una vida comprender lo que ahora se: te quiero A TI. Te quiero, quizás, desde siempre. Te he soñado desde que existo. Nunca he querido a nadie más como mi mitad que a ti, he tratado de hacerlo, para distraerme de ti, para solamente soñarte. Traté de buscarte en otra persona. Pero sólo existe una mitad. No hay más que una sola y eres tú, X.

Tengo tantas cosas que decirte, tantos sentimientos que sentir, tanto que me ahogo en ellos mismos sin encontrar un rescate...
Te sueño y eso me basta. Te he hallado. Eres materialmente posible, existes y lo grito al viento, lo pinto en el espejo. Ahora soy libre, comencé a serlo hace días, pero ahora soy, al fin, complétamente libre, libre en ti, X.

No me hará falta nada más, absolutamente nada, para comprender que no necesito en la vida más que soñarte a ti.
Por ello, amado X, quiero hacerte saber que a partir de ahora, mi corazón te pertenecerá en lo que me quede de vida. He dedidido que así sea. He dedidido que me llena soñarte, que eso me basta, que suple cualquier necesidad, cualquier urgencia de ternura...Que lo eres todo par mi, de ahora en adelante y para siempre.Te amo con todo mi ser, me arrojo ante y a ti, me doy a ti. Nada soy sin tu presencia en esta realidad. Estabas aquí, ¡¡¡aquí!!! Y no lejos, en el otro mundo...

Quiero que sepas sentir la verdad de mi existir, la verdadera esencia de mi ser, que sepas todo lo que yo daría por estar junto a ti, de que entiendas que nunca te dejaré aún sin tenerte, aún sin que me des nada a cambio,sin que respondas, ni siquiera me hacen falta tus palabras, no necesito verte, no ncesito más de ti que tu existencia.

No dejaré de quererte, lo verás, verás como voy a consagrar a ti mi vida, mis necesidades, mi futuro, mis sueños y que a partir de ahora, te pertenezco aqui en el mundo y también en los otros mundos. En efecto, antes del tiempo ya era tuya. Quiero regalarte mi vida. Quiero, a partir de ahora ser tuya. Jámas, y lo juro por Dios, ningún hombre volverá a tenerme. Jamás. Quiero vivir así y morir amándote, eso es todo. No pido más. No necesito nada de ti, nada...

Eres el más especial de entre los seres humanos y de entre los ángeles, algo esencial, algo que me hace sentir vibrar cada vez más, sentir y ver todo con la verdad, aceptar la beldad de las cosas, aceptar el fulgor de mi amor por ti, aceptar el destino como venga. Me das fuerza, me lo das todo.

Amor, es también tu nombre. Y no sé hacía dónde nos llevará. Estoy asustada. Pero más feliz de lo que haya imaginado estarlo jamás desde mi nacimiento. Amor, enredado en una espiral sin final y sin pensar en tener inicio ni final, todo es algo de entender para saber, de presenciar para sentir, no hay nada que yo haga más que estar a tu lado sin estarlo en cuerpo y si en alma, de entregarte mi ser y que hagas lo que quieras de mi...O no hagas nada. Porque te esperaré en un mundo paralelo, en este mismo, dónde todo sueño caiga sobre mi con la ternura de miles de tus besos.

Te protegeré desde la lejanía, desde la cercanía de nuestras palabras cuando más lo necesites, veré tus logros a través de los años que ahora quedan por delante, abrazaré tu calido cuerpo que tiembla en la más pura tempestad de mis sueños, en mis sueños solamente allí, te arrullaré con mis palabras, palabras hechas promesas, promesas de cariño y de amor, amor inconcluso que, con el dolor de mi alma, puede que no pueda llegarte a explicar con las simples palabras, pero del que si sabrás...

Te amo con la sensación ferviente de mi corazón al latir por la vida.Al son de la única verdad que hay para mí y eso es el sentimiento viviente que hay hacia ti...
...LO ERES TODO PARA MI: MI MITAD, MI BÚSQUEDA Y ENCUENTRO, MI LLAVE Y MI PUERTA, MI ANCLA Y MI BARCO LLEVÁNDOME...

Solo una cosa cuenta: te he hallado, ¡al fin! Y me has hallado.TE AMO. Lo demás, ilusión.

Desde una espera que hoy concluye, te ama como en el mundo no se ha amado
Claudia

domingo, 21 de septiembre de 2014

Hórror vacui


Si tuviera que elegir una experiencia con la que resumir mi infancia, ésta sería ver a cientos de diminutos puntos de luz saltando en el interior de mis ojos, al mantener éstos cerrados en el silencio y en el vacío más absolutos.
Lo contrario a ésa experiencia que yo tuve y tengo aun tan a menudo es “la costumbre de los demás por hacer cualquier cosa en lugar de estar a solas consigo mismos o con los propios pensamientos”.
El “Hórror vacui” como lo llaman; la necesidad de rellenar desesperadamente todo espacio con una acción, una obra de arte, imagen o necesidad. O practicar deporte. O estudiar. O leer. O bailar… Cualquier cosa que evite encontrarse con ellos mismos  y analizar las emociones propias en el vacío.
Me pregunto, ¿dónde estuvo y estará “mi” horror a ese vacío? Muy al contrario, adoro estar dentro de mí. Meditación lo llaman los budistas. Yo lo llamo estar en el limbo. Adoro estar a solas con la monstruosidad de mi ser anidando en el interior, para verle la cara. Estar ante ese hórror vacui que a los otros les hace pintar, componer, aprobar exámenes, convertirse en alguien, en cosas, escalar posiciones sociales; les hace fieles, adúlteros, mansos, beatos o asesinos. A mí el temido “agujero negro” en mí misma me hace gestionarme a mí misma desde una posición nada horrible, muy al contrario: maravillosa.

Ese apacible estado de completo vacío, lo busco, lo necesito como desde, niña a diario, porque esconde tras de sí la propia plenitud. 

Para que se me entienda, es dejarse caer en el agujero para ir aceptando las cosas como son y vienen. Es justo en esa brecha (en la que me hallo bien consciente estos días) desde dónde me dispongo a la caza de la tristeza, donde reconozco el dolor que vivo, las dificultades y la soledad.
No sé si alguien entre ustedes, queridos lectores, se ha situado alguna vez tras las llamas de un gran fuego. Pues bien, si miramos en la parte superior justo tras las llamas, veremos tintinear el aire caliente que adquiere una consistencia casi gaseosa, transparente a su vez; haciendo que lo que haya detrás tiemble en una imagen danzante. En física, se trata de un espacio sin reglas. Un lugar en el que no se aplica norma alguna, o al menos no se han descubierto tales leyes físicas hasta ahora. En física esa parte es conocida como el límite entre el orden y el caos. Bien, pues lo mismo sucede con la vacuidad de la que vengo hablando y a la que tanto teme el ser humano. Ese lugar o estado se convierte así en mi espacio en el que abrir las fauces a ese segundo sentimiento, por encima de todo malestar que se esté viviendo, un sentimiento mucho más profundo: el vacío total.

Todo es, de pronto, nada. Lo que entonces en mi cotidianidad me pareció angustiosamente insoportable, es en realidad un puente de una realidad a otra que me permite una autentica catarsis emocional. Una capacidad no poco extraordinaria de entrenarse a soportar lo insoportable, como lo hacen muy certeramente los niños, alejándose del dolor con un nuevo entusiasmo por otro asunto. La catarsis desde el vacío consiste en cambiar toda la atención a otras cuestiones.
Así al pleno encuentro de mis sombras; las analizo como si yo fuera otra. Me veo desde fuera. Desde esa “nada” me tengo a mí misma a mil años luz y me permite reírme de mi propia fragilidad. Nada es eterno. Todo pasa. La vida no funciona como yo espero. Como nadie espera. Tiene reglas propias. En la trinchera que abre mi alma me río del dolor, de todas mis “desgracias”. Lo atrapo todo y les retuerzo los cuernos. ¿Archicornilargos des infortunios? Pues no. No. La vida es tan hermosa como dolorosa, tan bonita como terrible. La maravilla está en integrar ambas partes al puzle y seguir tan pancha. 

Quizás a los infinitos sobresaltos en mi vida…Quizás a ésa falta constante de paz, de cariño y de sosiego se deba todo. Pues a base de vivir con el corazón en un puño, me encontré con el vacío como con un cómodo sillón de butaca. Invitándome a transitar por las pérdidas, por el abandono, los abusos, las palizas; saberme vulnerable y carcajearme de todo para así seguir sosteniéndome, cómo sobre un trampolín que arde en el dolor propio, pero un trampolín al fin y al cabo. 

Mientras, fuera, los otros, sigan empeñándose en tocarme, en cubrirse o negarse, en distraerse de sí mismos, señalando las faltas ajenas con sus dedos ganchudos. Mientras se creen estar moldeándose a sí mismos mediante competiciones absurdas; exalten sus virtudes y se saquen títulos universitarios como locos para enmarcar y colgar en la pared, mientras, yo elijo la Nada, el vacío absoluto.
Desde allí al menos, tendré la certeza que las cosas serán como yo las quiera ver. En la boca negra del lobo, aparecen también todas las posibilidades. Vaciarse, es así para mí otra manera de llenarme. Porque mientras se anda lleno, sin espacios, uno se condena a ser lo que representa en el mundo
Doy así gracias a todos mis dolores, una vez más, les mando un saludo y un abrazo, también a los amigos sobresaltos y amigas desgracias  por darme la oportunidad de transformarme. Aprendí a darles el valor que se merecen: la extraordinaria oportunidad de un aprendizaje. Porque la vida es blanca y es negra. Y todo es tan bueno y malo como se quiera creer en el proceso de embellecerse el alma mediante la experiencia en el pleno proceso de aceptación de todas las decepciones. Como si del plomo en oro de un alquimista se tratara.

Sub umbra floreo: c.bürk

martes, 9 de septiembre de 2014

El héroe






La ayuda sobrenatural, o eso que algunos “no entienden” como natural, y  llaman entonces “sobrenatural”;  asiste, siempre y en todos los casos a los héroes. 

En la tierra, desde la noche de los tiempos, hubo y habrá muchos héroes distintos. Hombres y mujeres de pronombre que nacían predestinados. Algunos de entre ellos, llevaban a cabo grandes hazañas para la humanidad, luchas o logros. Otros convertían el mundo con sus ideas e inventos. Y había también otra clase de adalides que aceptaban mucho antes de nacer, en un pacto sagrado, convertirse en héroes mediante alguna renuncia. La gente en el mundo los reconocía a todos como distintos, mientras esos insignes en cuestión veían distinta a las gentes. Sólo se nacía héroe ésa vez. Siempre y cuando durante las otras muchas veces que se hubo nacido y muerto, uno se había elevado a sí mismo mediante los muchos sufrimientos y trabas. Y esos calificativos en cuestión no eran otra cosa que perlas, jabones que lavaban las almas, pero que no obstante en nuestro mundo eran vistos como malos e indeseados. 

El protagonista de ésta historia, Víctor, era un alma muy lavada por las multiples y distintas vidas que hubo vivido en diferentes lugares y cuerpos. Así que aceptó, de muy buen grado, antes de venir en el tiempo en que transcurre lo narrado, llegar a éste mundo cómo ese héroe que renuncia a algo importante. De modo que le tocaría vivir en esta vida actual careciendo a voluntad de sus piernas y parte de su cuerpo. 

Como también es natural, pero nadie recuerda por éstos lares, Víctor no recordó en absoluto su pacto con las altas esferas tras nacer, ni al crecer como un niño muy despierto, imaginativo y sanísimo. Nuestro protagonista creció viendo todo aquello que los hombres llamaban “diferencias” entre ellos mismos. Y quiso creer que era absurdo que los hombres establecieran disonancias entre ellos, porque Víctor, en su infantil mirada todavía pudo ver a todos los seres, hombres y animales, iguales. 

El estaba siendo un niño muy querido. Cada día solía salir largos ratos a pasear en bicicleta. Una actividad que le llenaba y le dejaba imaginar al son de los parajes pasando ante sus ojos, como cortinas de colores. Su madre tras el alba, al despedirse del chico, lo apretaba largamente contra su corazón, como si le costara desprenderse de él, como si intuyera que por alguna razón debía retenerle. Víctor, que oía palpitar el corazón de su madre, aquel corazón –noble como él de una gran reina-  la tranquilizaba diciéndole                                                                                                           
−No temas, mamá, antes de que se haga de noche estaré de vuelta, en casa.
Sin embargo, esas salidas a dos ruedas se alargaban cada vez más. Víctor devoraba los kilómetros como se devoraban las chucherías esas, que de largas que eran, hacían que te atragantaras.   
Llegaban los domingos, la música, las misas y las niñas vestidas con sus faldas buenas. Pero nuestro protagonista prefería también ese día y todos los días, correr, más que  pasear despacio, con su bicicleta de color de plata.
Víctor no podía parar. Necesitaba engullir más y más kilómetros y luego consolaba sus agujetas  con grandes vasos de limonada y azúcar, no se hiciera tarde para otra salida en bici. Desaparecían con la velocidad las rejas de las ventanas, las jaulas de los pájaros, las casas que contenían a las gentes. La libertad tenía olor a viento y sabor a mosquitos en la boca.   
Marchaba Víctor a burlar cotos, cercos y barrotes. 


Víctor que no era amigo de festejos, ni alborotos, ni gentes, ni domingos. Solía llegar eufórico a casa tras retar cinco kilómetros más a la suma de otros tantos, y entonces se colgaba de un árbol y estiraba los brazos a la tierra, crecido a la inversa mientras se le subía la sangre a la cabeza y lo veía todo rojo. Saltaba después a tierra y era feliz, cómo lo eran esos muchachos ansiosos de la gloria sin conciencia del peligro.

-¡Tienes que cenar!  –Avisaba su madre. Por toda respuesta, el muchacho abortó el conato de aquella frase con una sacudida de manos. Dicho desnudamente, Víctor prefería vivir, a perder el tiempo comiendo. Su madre no sabía si enfadarse o reír en un contento ataque de complicidad. ¡Cómo disfrutaba al ver a su hijo tan despierto!

De pronto un día –lo recordaba nuestro futuro héroe como si ahora fuera- todo tuvo que cambiar para siempre.  

En la vida, cualquier angustioso callejón podía deparar la salida hacía otra parte jamás imaginada, por vivir, por ir e experimentar desde el mayor desafío, desde el desastre más horrendo a la más suertuda de las fortunas.  Pero Víctor y su familia, desde el fatídico día que me permitiré relatar a continuación estaban lejos de comprender aquello, como es natural. A años de entender que el mal siempre ocurre como señuelo del bien posterior. Que no había mal que por el bien no fuera sustituido. Y que todas las cosas, por mucho que se les llamara “desgracias” ocurrían en el mundo siempre con un propósito bueno. Aunque eso no podía apreciarse ni de inmediato ni de cerca desde aquí abajo, en el mundo.

El día de la tragedia, Víctor contaba con veinte años de edad; había salido con la bicicleta a hora temprana de la mañana, hallándose aun muy cerca de su casa. Le dio miedo, de pronto, algo que él no supo identificar. La bici comenzó a tambalearse tras una curva y sin llegar a caerse al suelo, fue envestida por un gran furgón blanco entre estruendos y crujidos más graves que las carracas de la semana santa zamorana. Un conato de dolor intenso atravesó la columna de Víctor, que había caído al centro de la carretera. Luego cerró los ojos y nos los abrió hasta muchas horas más tarde.

-¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? –Víctor desafió sus intuiciones al preguntarle aquello a sus padres, a sus hermanos, que estaban todos con él en aquella sala blanca.  
                  
-Estamos contigo. –Dijo su madre, cerrando la puerta. Luego agarró de nuevo la mano del chico que había dejado caer despacio. Pero Víctor no podía sentir aquellas manos, ni la suya ni la de su madre.
-La vida no es justa. –Dijo las palabras con lágrimas en los ojos, queriéndolas reprimir con esfuerzos titánicos, dirigiéndolas hacía el progenitor de Víctor.
-No –añadió el otro.
-¿Y eso ahora qué importa? –Dijo la hermana del chico en un tono poco convincente.
Víctor se intentó incorporar pero tan sólo su cabeza y su cuello parecían obedecerle. Contempló el resto de su cuerpo cuan largo era, seguían allí todos los miembros que lo componían, pero no los sintió, no sintió nada, ningún dolor, ni un leve hormigueo ni tan siquiera. Y entonces no tardó en comprender. De muy buena gana hubiera querido morir entonces. Todo menos enfrentarse a la terrible realidad. Una realidad que quiso entrar en su razón como la mismísima tormenta, tal era el ímpetu de su llamada. 

Reprimió entonces todas las lágrimas, vertiéndolas hacía dentro. Buscó algo qué decir, que no pareciera sórdido ni inapropiado, pero finalmente lo único que logró hacer era sonreírle a todos. Con la mirada fija en la ventana dónde un gorrión avanzaba dando saltitos, siguió sonriendo y luego habló:
-Será cuestión de centrarme en lo que pueda hacer a partir de ahora y no hacerlo en lo que ya no pueda hacer… -Víctor los miró a todos, de hito en hito, esperando respuestas. Deseaba llorar como un niño pero optó por seguir sonriendo. Porque debía. Se lo debía a ellos.

Pasaron los meses, las lunas y los años, las desgracias y las alegrías, tiempos de rudeza, de murrias, de risas y de rutina. El tiempo es el que pasaba. El que huía sin remedio, mientras parecía dejarlo todo igual: las piernas y el torso sin ser sentidos. Sin picores, sin temblores, sin cosquilleo alguno. Nada. ¡Nada!

Ah, el destino, ¡qué zafío! ¿Que se había pensado el muy canalla? ¿Por qué razón se vertía furioso sobre los menos culpables, los más preparados, los muy valerosos, los muy hechos para el mundo? Cualquiera podía verlo así, el asunto, si miraban a Víctor en su silla de ruedas, moviendo únicamente las manos como podía, con esfuerzos.  

En todas las ambiciones se hallaba vida, movimiento, razón e impulso. Sin embargo, ninguna de ellas adquirían la real importancia, sino cuando eran ambiciones nacidas de las adversidades. Y es que Víctor no se había dejado caer en aquella silla por gusto, ni contra ni con su voluntad. ¡Ni mucho más lejos! Nuestro protagonista fue cultivándose desde ella, desde el primer día de su desgracia o suerte, como el agudo lector entenderá más tarde, con exquisita aquiescencia. Y así comenzó a conocerse a sí mismo. Intensamente, desde su quietud, desde la postración de las horas quietas, negras, lánguidas. Amar así todo lo que podía llegar a ser, desde esa condición. 

Es por eso mismo, que escribo éste relato. Porque Víctor, desde su silenciosa e inmóvil belleza fue despertando en mí el acuciante anhelo de hablar de su condición como ejemplo. Porque yo también era un poco como Víctor, sin ser una héroe cómo a él le había tocado serlo, también había venido al mundo con una renuncia. Yo también estaba siendo como él era; también en mí aleteaba un impulso de honda vida y de ansía profunda que me hacía buscarme a mí misma, lejos de la comprensión y el amor que jamás fueron ni habrían de ser para mí en ésta vida. De esa vida a la que me refiero, muy pocos sabían: me la callaba. Toda. Todas las heridas. Había sido novelesca. Un drama, pero maravilloso. Con salidas y luz. Pero en renuncia a todo lo cotidiano que daban las familias, los niños, los amores. Y esa era mi silla de ruedas particular, mi singular jaula. Trampolín para la vida a su vez…

Pero éste relato no me tiene a mí de protagonista, así que retomando lo que a Víctor se refería, cabe decir que él era la plena realización de mi ideal y reunía en sí las perfecciones que había imaginado para ese ser humano, que pudiera llamarse a sí mismo realmente hombre.

Se dice, que los peces al agua pertenecen, las vacas a los prados, las cabras al monte. La sentencia es bien cierta si es bien cierto también que el hombre, ese que osa convertirse en un hombre, lejos de su parte animal, se pertenece a sí mismo. Se debe a su intelecto y a su imaginación. En cuanto sea capaz de convertirse desde ello. 

Las muchas par de vueltas de Víctor por las regiones de su espíritu y su llamada a la plenitud podrían muy bien compararse con la travesía de un afanado viajero, con la diferencia de que a Víctor no le costó ningún dinero su conversión, ni esfuerzo, ni desplazamientos,  ni demás demases. 

La imaginación encendía miles de luces en la cabeza de Víctor, a mil años de luz también de todos aquellos otros, que, aun sabiendo andar, correr y nadar morían a diario en el vano intento de ponerle marcos al cielo. Nuestro protagonista, debido a sus singulares circunstancias estaba consiguiendo que la quietud hiciera posible la contemplación de lo ignorado por simple, por banal. Hacía posible la contemplación de nubes y estrellas y descubrir en ellas lo nunca observado, obteniendo la dicha inmensa de levantar en un gesto único la cabeza para implorar al Eterno.  

Todas las páginas impresas en los libros, ¡qué poco sabían de todo aquello! Eran las intuiciones que Víctor trató de confirmar en algunos de esos libros, las que hacían que los cerraba sonriente. Entonces volvía a mirar arriba, abajo, al alto cielo, al hondo abismo de las cosas, sabiendo que en todos aquellos matices se hallaba la voz de Dios.

La observación llegó a darle alas tan grandes, que nuestro protagonista olvidaba la silla y sus ruedas tan poco redondas a su parecer, sus piernas paradas, su torso quedo, para vivir únicamente desde dentro de sí mismo hasta convertirse en Tiziano, de tanto pintar, pese a no tener las manos del todo ágiles. Como aquél que corre con un peso en la espalda para ser más veloz que nadie, una vez desprendido el lastre.
¡Oh! ¡Aquellas nubes! ¡Aquellas estrellas! ¿Qué había, desde éste mundo, más hermoso que ellas? Eran blandas y tranquilas las estrellas, como recién nacidos. Pautas del eterno divagar de la mente. 
También Víctor era una estrella, una nube más, atravesando raudo el horizonte de la vida. Suspenso entre tiempo y eternidad, con tiempo para las maneras verdaderas. ¿Y qué más hermoso que el grillar de los escorpiones cebolleros que todos en su bendita ignorancia confundían con grillos? 

Habitaba en la desgracia de Víctor algo noble y generoso, un mucho de un algo triunfante; el descubrir la verdad desde el corazón con fogosa hondura. Las estrellas, las nubes y los escorpiones cebolleros se lo contaban todo a nuestro protagonista y él escuchaba, silencioso; la complaciente sonrisa siempre ladeada sobre los labios, repleto de fervor, transido en ese éxtasis que sólo brinda la imaginación. Aquel era su íntimo triunfo. La Victoria. Victoria. ¡Víctor! El que vence. Y Víctor triunfó componiendo las más bellas melodías. Pintó cuadros a los que Tiziano hubiera tenido mucho que envidiar. Aprendió idiomas. Cumbres elegidas por encima de todas las montañas visibles para los otros. No había obstáculo. Libertad. Libertad…

En fin, que antes faltaba el sol en la mañana que oír a Víctor lamentarse. Al igual que livianas plumas, las manos de Víctor avanzaban sobre los lienzos y las partiduras, atendiendo con toda su alma las instrucciones que los crudos reversos de la vida mostraban a sus asistentes.

-Un día volveré a caminar. A correr con la bici. A pintar con las manos sueltas. Para ése día me entreno; será llegar al último peldaño de la escalera y que un día, solo ese día, me separará de ésta silla y del mundo –Víctor me lo dijo con convicción. Porque la esperanza es la mayor de las certezas y ella todo lo hace posible. Yo no podía más que asistir. Darle la razón. Una nueva vida le esperaría a la salida del su gran ensayo. Tal vez entonces llegaría el momento de descubrir lo que los demás, esos a los que, por ahora, todavía no les había tocado ser héroes, ignoraban de la vida. 

-El placer de vivir consiste en que no sé qué espero que me suceda. Cómo nada debe suceder, sólo puede suceder algo –Víctor al hablar chorreaba personalidad y sabiduría-. Shht –me dijo -. ¡Te conozco! Espía de las cerraduras, coleccionista de palabras y recortes de periódico, buscadora de los reconocedores de lo auténtico, como esos que espían hacía arriba desde las alcantarillas en los días de mucho viento, cada tantas palabras invisibles.

¡Y vaya si me conocía! ¡Y vaya si se conocía!
***
Veinte años más tarde de los veinte años posteriores, se cumplió el significado de todas nuestras esperanzas, las de Víctor y las mías: llamaron a Víctor desde Estados Unidos. Ya era posible recomponer ese nervio situada en la octava vértebra. Hubo muchos antes que Víctor que ahora corrían y saltaban, tras años de quietud absoluta. 

Cuando nuestro hombre regresó a casa, sus padres ya muy ancianos, sus hermanos y sobrinos, toda la familia, lo estaban esperando. Desde la ondulada distancia Víctor oyó a su madre gritar de alegría, como una mujer quieta en una costa opuesta. Así que no dudó en correr hacía ella, abrazarla, envolver a todos con sus ya ágiles brazos; repartir todos los besos que en todos esos años se había reservado para ese momento. ¡Y estaba sucediendo! Todos lloraron, pero de alegría –en el oficio de gastar muchos pañuelos de papel-. 

Y yo que por aquel entonces ya estaba muerta, lo vi todo desde arriba. Desde esas, las mismas nubes, las mismas estrellas y desde los sonidos de los escorpiones cebolleros que habían sido testigos tantos y tantos años de nuestra esperanza. Yo, la amiga incondicional, pude por fin ver al héroe coronado. Preparado. Dispuesto. 

En aquella afanada alegría hacían tanto ruido como para despertar a cualquier muerta. ¡Y vaya si estaba yo despierta! ¡Qué maravilloso comienzo!
¿Dije algo?
No podían escucharlo. Y tampoco importaba. Víctor miró un poco serio, un único segundo medido por el reloj de la pared, en la dirección desde dónde yo les miraba, después desvió su mirar a otra parte. La sobrina de Víctor se echó el chal que ceñía su cuello a un lado, y sin advertirme, me rozó con él en la punta de la nariz. ¡Y sentí cosquillas como estando viva de nuevo! 

Entonces sumamente divertida, hice rodar dos céntimos de su monedero por el suelo. Los empujé con tal ímpetu que ambos peniques rodaban en perfecta armonía, uno al lado del otro. 

-¡Qué extraño! –comentó Víctor, carraspeando. Luego me miró directamente, como si me viera. Entonces le guiñé un ojo. 

¡La payasa de siempre!

Para mi pasmo, me devolvió el guiño, largo, deliberado, con repentina, renovada alegría, deformándole ésta toda la cara en una graciosísima mueca que hizo que los ojos le chispearan como luciérnagas en una noche de verano.
-Sé que estás ahí –me dijo, de pie, con su metro setenta y ocho de altura, ahora bien desplegado. Luego moldeó el aire con sus manos y yo cerré los ojos.
¡Tocada!
-Un buen comienzo –susurré. Y sí. Los milagros existían. También los avances científicos, si prefiere llamarse así. Pero la ayuda sobrenatural, o eso que algunos “no entienden” como natural, y  llaman entonces “sobrenatural”;  asiste, siempre, siempre; en todos los casos a los verdaderos héroes.

Dedicado con todo mi corazón a V. B.

Sub umbra floreo: c.bürk