lunes, 29 de agosto de 2011

¿Dónde estás, X?

¿X?
¿Dónde estas?

¿Dónde, esos ojos tuyos que no me ven cuando me miran por hallarme en el mundo?
Te escribo nuevamente para hacerte saber cuanto te añoro en la vida real. Cuantos latidos de mi corazón se pierden por ti en el tiempo, latiendo al unísono con todos tus segundos. En el ayer de mi vida encontré a la tuya más allá de todas las vidas, en el sueño perdido de mi mañana me besas.
¿Dónde estás?
Necesito de ti para imaginarte, necesito que me devuelvas al hambre que tu invención me roba en la soga perdida del tiempo.
Desde la noche más oscura de los tiempos, desde las horas de los seres humanos atónitos, el latido y los pulsos de mi ser te han buscado sin cesar, porque tú fuiste la seña más cierta de mi vida desde siempre. Con el corazón atravesado por puñales, muero en el día a día queriéndote, atrapada en las distancias más atroces.

Shakespeare dijo “El corazón, Maese Page, el corazón, eso es lo único que importa.” Solo cuando la vida como una argolla, se nos cierra en torno es cuando hacemos caso al corazón. O bien, tomando el escudo de la distancia, el que brinda la palabra escrita. Cuando soy esta, puedo ser aquella que soy y la que no me atrevo a ser. A esa que soy en el día a día, le resultaría imposible escribirte estas cartas, como siempre te digo. Ella ha huido del amor, conformándose con ir sobreviviendo, pareciéndole lo normal. Esta, le recuerda a la otra el trastorno natural y coloreado del placer que produce dejarse llevar por el corazón. Esta vive plenamente el terremoto de estarte amando. Se da permiso entre estas líneas para adorarte. Esta es capaz de apostarlo todo a una carta equivocada. No teme reacciones, habla con el corazón. Ella está borracha de ti y deseosa de seguir bebiendo. Esta se deja abofetear por tu ausencia en el mundo, sabiendo que todos los campos de batalla son los tuyos…

La “otra” que soy yo, la que ves, es aquella que baja los ojos, la que abre al compás de la renuncia los ojos. La que ahora quiere vivir lo más tranquila posible, aprovechándose de estar viva sin ser vista. Esta, sin embargo, sabe que lo único que tiene asegurado es la muerte. Es la que cada noche, a punto de dormirse, te siente como un puñetazo en el corazón: la reclamas desde alguna parte y entonces ella corre a escribirte, para poder llegar a la vida.
Yo, que también soy esta, a pesar de ese nombre que me pusieron, paradójicamente soy de lágrima fácil, aunque procuro ocultarlo. No es lo que está ante mis ojos lo que me hace llorar, sino lo imaginado, lo que en realidad no me ataña. Y en esta inferioridad de condiciones, aspiro vagamente a la felicidad.
A tontas y a locas, cuando te pienso, X, entonces soy feliz. Entonces…Habito en el país de las maravillas: llena de vida, repleta de dicha, todo me llena y nada me falta. Pero una voz, que lo ordena todo en mí, me insinúa: “Si aspiras a vivir de verdad, deja que mueran las palabras. En ti ellas sustituyen al calor, al mundo, a las vivencias.”

Esta muere de hambre, porque solo ve naturalezas muertas muy bien dibujadas, pero nadie le ofrece de comer: un bocado no es de veras un banquete. Saber la composición del agua no le va a quitar su sed; deshojar la rosa y comprobar la inserción de los pétalos y del polen no le explica su sencilla majestad perfumada.
Esta se adentra en la vida, como si se adentrara en el amor, se esfuerza con suavidad para comprender….El peligro de la palabra, X, es muy grande. Esta que soy aquí las recoge todas para ti. Ellas son su única fortuna. Esta que ves entre palabras, se deja hipnotizar e embaucar por ellas, las interpone entre la vida y ella misma, hasta que la deslumbran y la ciegan ante la realidad.

Sin embargo, - que grande es su contradicción-, que sabe, bien lo sabe- que la música no es partitura. Las olas no son el mar. Que las cosas no están ahí para que ella las traduzca.

El amor hacía ti, X, me quita la palabra y los velos, me arranca la ropa y corro a esconderme avergonzada...

Esta, comprendió que cuando el amor se instaló en su corazón, no hubo ya cambio alguno que pudiera apaciguarla. Cuando estás ausente te añora, si estás presente en su fantasía, ella arde en la hoguera del mismo amor.
Si es de noche, ella monta guardia al lado de tu lecho mediante la imaginación; si es de día, persigue la noche. Cuando ella, que soy yo, te sentimos cerca, nos sentimos torpes, temorosas de desperdiciar un solo segundo sin mirarte en el éter, con el terrible presagio en el alma, que ese tiempo no va a durar mucho.

Como alguien que cree huir de su destino, cumplo el que es mi destino verdadero. Amándote como jamás se ha amado en este mundo:
C.

Siempre anhelado X. (Carta a X Agosto)

Siempre anhelado X:

Hoy muero por conocerte como nadie te conoce y, aún sin tenerte, vivo. El suero de la ilusión supera con pasión tu ausencia, y ¡vivo!
Vivo
cautiva de una carencia innombrable y en la espera de la nada encuentro la esperanza.

En un bello fallo del destino te descubrí dónde menos te había imaginado y ahora no atino.
¿Dónde estabas todo este tiempo? En el éter y en el éter quedarás.

Porque me asomo al pasado y no te veo. X no está. El fiero mutismo retumba y el amor yace enterrado. Y X no está. Y el deseo de ser amada se deshace en aquel seísmo que lo inexistente produce. Y el ayer aduce que tal catacumba no merece el presente.
Desde el cielo un ideal cayó sobre mí: tú, X.

En una mano un sentimiento, en la otra un ramo de sueños, en el resto un insinuante ademán y como prenda mil disfraces. ..
Ya nada es vano, ya nada es pobre, pues con su gesto galán puso ante mí la vida una venda mágica que enfundó mis desánimos, que liberó mi trágica senda. Tu esencia y tu tiento son en su uso antónimos: vuelas sin complejos por los vedados valles donde necesitada de cariño me atiendes, -tan sólo con tu presencia inventada y con tus palabras correctas-, transitas por mis callejones ocultos, por los viejos cotos que de niña cultivé.

Aunque el humo de lo imposible sea tan espeso, no crea en mí ni un leve titubeo: de este amor no me veo presa, este amor conlleva un inconcebible rito que no quiero perderme. Y desde mi fuero interno seguirá contribuyendo a fortalecerme la memoria enferma de pasado.

Y desde la gleba de las inspiraciones continuaré escribiendo la historia de este paraíso que surgió de mí averno. Sin pagos ni reivindicaciones aquel pasado que quiso borrar mí cielo acabará, quizá, creando una oda a lo utópico que asombre. Y de toda su reseña el vuelo de algunas oraciones marcará el lógico atajuelo que nadie ve, fijará la contraseña que dé paso al más fecundo y hermoso existir. Viviré amándote, aun sin ser correspondida jamás: ¡Mí particular y glorioso modo de vencer las postraciones, mientras en la vida real, al tenerte cerca en la imaginación, disimulo el amanecer de todas mis ilusiones con miradas banales, y palabras cumplidas!

Pensar que lo eres todo, quizás sea un candoroso disparate, pero late mi corazón contigo con tal dinamismo que ahora mismo no puedo hacer otra cosa que amarte contra todas las realidades.

Me duele no poderte hacer llegar lo que vivo a cada instante, me dueles en la piel y en las manos, en la boca, en los ojos que nunca ocultan mis sentires, en los poros que se han quedado con las ganas de imaginarte más y más, en mis noches de insomnio dueles, y mis días que se repiten muertos uno a uno.
Porque antes de amarte, X, solo recuerdo tu ausencia,
Ningún sentimiento desangraba, ningún lugar respiró tu llegada, cada una de mis noches te aguardaba. Ninguno de mis latidos golpeaba con fuerza.
No quiero recordar, X, la vida antes de inventarte, buscando la paz y el olvido. Antes de ti, X, las palabras eran piedras golpeando una estepa de agios. Antes de amarte, no conocí sosiego: ermitaña de mis propios silencios, viviendo camuflada entre una letanía de absurdos.

Antes de ti, X, el mundo me era inalienablemente extraño, la brisa un enjambre ajeno, las rosas no olían a rosas. Nunca añoré a unos ojos, ni erguía infinitos improvisados.

Antes de ti, todo era nada, el mundo, gris; trascendiendo a las tinieblas. La palabra amor un diminutivo.
Hoy persigo tu existencia en el aire, sumida en un absoluto mutismo emocional, ensayo la indiferencia, a puro temor. Y cuando finalmente te veo acercarte en el éter, - cuesta arriba, cuesta abajo, desde cualquier ángulo posible - el corazón me arde entre llamas, tu presencia se torna eclipse inesperado, mientras, incontroladamente, el temblor de mis manos hace tiritar todo mi cuerpo. Te llevo metido en cada latido de mi corazón.

Nadie jamás entenderá ni valorará lo que llego a sentir en mis ensoñaciones. Es tan insignificante en la grandeza del mundo.
Siempre queda Paris. Y siempre me quedan las palabras escritas. Cartas a ti, que son mi voz desde hace ya algún tiempo, la que nunca podrás escuchar, pues queda transitoriamente oprimida en mi interior, debido a los cercos de este idioma, que aún nadie desde mí ha hecho suyo, mientras inconexas emociones no hallan el camino de salida desde mi corazón.
La nostalgia merodea en mí como un pájaro herido con una lenta espina clavada en su corazón; no puede desterrarte de mis neuronas, y sé, que aún te quedarás por un largo tiempo (ése que da una vida), revoloteando como un pajarillo herido en una trampa, de la que no puede escapar.


Existen cosas que persisten en el tiempo, en el espacio, en las vidas y en la muerte. Con que lo sienta uno solo, basta.
Buscaré esconder en algún lugar inaccesible el tiempo que nunca existió y desmoronó mi único deseo: el de llegar a ti.


Llevándote en el corazón a cada instante, te adora imposible:
C.

viernes, 26 de agosto de 2011

Nos vamos a casa



Nos vamos a casa


No conseguí apartar la vista del enorme y pesado crucifijo que colgaba de la pared en el cuarto estéril de Martha, presidiendo sus anémicos suspiros, reubicada ésta sin voluntad en un hospicio. La presencia de aquella cruz era amenazadora y reclamaba una atención diestramente exigida, para reflexionar sobre la muerte y el paso de la vida.

“No es lo más apropiado para este lugar”, pensé, mientras corría las cortinas y levantaba la persiana para tratar de llenar la diminuta y escasamente amueblada habitación, con docenas de rayos de luz de un sol recién nacido.
Luego me giré para mirarle directamente a los ojos. Su cabeza se hallaba hundida entre las dos almohadas, cuyas fundas acababa de sustituir por otras de un blanco casi radiante, nuclear. Deseaba envolverla con toda la luz, con toda la claridad de su mundo, al que todavía pertenecía.

La sábana protegía su cuerpo por completo. De no haberlo hecho, cualquiera habría descubierto sus escuálidas y huesudas piernas, cubiertas de una grasienta pomada con la que pretendían conservar su piel y cortar la gangrena.
Se hallaba envuelta en pañales. Hacía muchos meses que su cuerpo en quiebra no controlaba sus necesidades. Pero aquella sábana conseguía diestramente ocultar el declive físico de Martha. Tapaba prácticamente toda su presencia y tan sólo permanecían visibles la cabeza y una enorme y arrugada mano, que exploraba inerte el vacío del aire, posándose finalmente en el borde de la cama.

Me incliné para besar su frente. Martha desprendía una portentosa fragancia que me sosegaba y me hacía embarcarme en su halo, a punto de partir. Presencié un olor a lirios blancos y rocío fresco. La abracé con fuerza, mientras no dejaba de acariciar su blanco y ralo cabello. Finalmente, su mirada se topó con la mía. Sus párpados estaban semiabiertos, sus pupilas brillaban eufóricas al verme. Aquellos párpados luchaban con fervor para mantenerse abiertos.
Sobre la comisura de sus labios se habían formado pequeñas burbujas de saliva y aire. Pensé que, quizás, quería formular algunas palabras de las que ya no era capaz. Tal vez quería decirme que no sentía temor.

“Nadie vive ni muere solo, Martha”, le dije con dulzura.
Sabía perfectamente que no mentía.

Ella conseguía entonar varios suspiros, sin llegar a balbucear nada inteligible. Sonreía. Su mirada parecía haberse detenido en mis hombros. Ah, ya comprendía: había descubierto mis alas. Ahora podía verlas.
Estreché fuertemente su mano y me incliné nuevamente para cubrirla de besos.
Ahora Martha era perfectamente consciente de por qué yo había estado tantas veces por allí.

“Nos vamos a casa”, le dije, mientras le ayudaba a levantarse de la cama y finalmente me abrazó llena de júbilo y alegría. Había rejuvenecido de sopetón.

Nuestro padre nos estaba esperando.

– In memoriam a Francis, con todo mi corazón. –

El mensaje de Lázaro

El mensaje de Lázaro

QUID PRO QUO…
"Una cosa por otra…",
" Yo por ti y tú por mí...”

No podía dormir. No era algo que soliera ocurrirme con demasiada frecuencia, pero esa noche me hallaba inquieta y sudorosa dando vueltas en la cama, desconociendo el motivo de mi rabiosa agitación. De pronto, escuché un fuerte golpe contra el cristal de mi ventana que hizo que me incorporara de sopetón.

Algo había impactado furiosamente contra el ventanal de mi habitación y mi mente se estancó entre un blanco absoluto, no pudiendo imaginar la causa de semejante colisión en medio de la noche. Si se hubiera tratado del impacto de una piedra el sonido habría provocado un estruendo mucho más agudo, pensé; al menos algo más rasguñado.

Vencida por la curiosidad, salté de mi catre y descalza me emplacé delante del intrigante ventanal para saciar mi naturaleza de por sí siempre veedora. A primera vista, sólo me percaté de las macetas, que contenían unas plantas demasiado marchitas para resultar decorosas, lo que me hizo recordar que debía regarlas más a menudo si no quería verlas definitivamente muertas.
Luego la vi. Se hallaba inerte entre los geranios, prácticamente igual de mustia, con las alas a medio extender y la cabecita colgando por el borde de la maceta. Lacia y quebrada. Tenía el pico semiabierto y cuando extendí mi mano para cogerla, vi que el borde de su piquito estaba oscurecido por una gota de sangre. Se trataba de una paloma completamente blanca, como solían serlo – así creía yo – algunas palomas cautivas, cuyo privilegio era la exclusión del mestizaje entre semejantes y el garante de su blancura.

Sus finos párpados seguramente se habrían cerrado para siempre, pensé, tras chocar de aquel modo sañudo contra el cristal. Me sobrecogí al concienciarme de esa posibilidad y, por un instante, lo único que deseé en este mundo era que esa criatura inerte y albina mantuviera un halo de vida encerrado en su corazón. Había volado hasta mi casa, colisionado contra mi ventanal y habían sido mis manos las que la habían recogido. Eso me obligaba a devolverle su vigor, su energía, su vitalidad y su merecida y útil vida, aunque yo ya no pudiera volver a conciliar el sueño en toda la noche. Y la verdad es que tampoco me importaba.

Traté desesperadamente de mantener su calor. Conecté una pequeña estufa eléctrica al enchufe de la pared y me arrodillé en el suelo con el ave entre mis manos, proyectándole aquella corriente de vida en forma de aire cálido.
Con un nuevo destino, que yo le iba a deparar, podría volver a volar: feliz de ser paloma para, así finalmente, migrar hacia el lugar que, seguramente, habría tenido en mente antes de chocar contra mi cristal.

Aunque ese pensamiento me hizo cuestionar la razón por la que se habría desviado de su vuelo para acabar desorientada. ¿Habría sido debido a la oscuridad? ¿Cómo es que había volado de noche si normalmente las palomas son aves diurnas que de noche colocan sus cabecitas entre las alas y sucumben en brazos de Morfeo?
Era bastante misterioso, admití reflexiva. Y sentí que se me heló la piel, a pesar de recibir los chorros directos de aire caliente sobre mi cuerpo procedentes de la estufa.

Era una paloma aparentemente normal, aunque lo dudaba a esas alturas.
Me quedé largo tiempo mirándola y acariciándola.

En el fondo yo no deseaba otra cosa que imaginar que aquello hubiera sido un acontecimiento cifrado, una paloma mensajera tal vez, con un fin magnánimo.

Durante los momentos críticos de mi vida siempre se me disparataba la imaginación, tenía que admitirlo. Y mi vida en esos instantes estaba siendo demasiado solitaria y rutinaria. Penosa y triste; si, también eran para mí válidos esos calificativos con tal de acertar a definir esa clase de vida a la que me estaba rindiendo, carente de todo tipo de matices extraordinarios. Lo percibía realmente así.

Si me concienciaba de esa realidad, conseguía no sentirme culpable por imaginar versiones peliculeras de las cosas. Así que me dejé llevar por mi fantasía, mientras iba infiltrándole a la desahuciada ave pequeñas gotas de agua por el pico con mi dedo índice. Había hecho lo mismo anteriormente en mi infancia, curando en la granja de mis abuelos a las gallinas medio moribundas. Sabía que daba buenos resultados obligarles a beber.

¿Y si esa paloma tenía un mensaje?
¿Un recado para alguien a vida o a muerte? ¿Algo de suma y absoluta importancia? ¡Tenía que ponerse bien, tenía que vivir!
Era mi misión hacer que reviviera entre mis manos, ¡como fuera!

Un leve meneo producido por su minúscula lengua, que se había comenzado a mover en el interior de su pico, me sacudió eufórica de mis pensamientos. ¡Sí, la estaba resucitando! Estaba consiguiendo arrebatársela a la muerte. Había luchado contra las guadañas y las sombras. ¡Y finalmente la había salvado!
Se me ocurrió ponerle un nombre: ¡Lázaro! O Lázara, en caso de que fuera hembra.
Seguidamente noté una corriente eléctrica recorrer la dimensión de mi mano, cuando el animal, de pronto, comenzó a abrir sus alas para batirlas nerviosas, llenas de vida y alma: quería volar. ¡Síííí!

Corrí desapacible e inquieta a abrir la ventana. Lázaro estaba recorriendo el techo de mi habitación en busca de una salida. De repente, descendió y se posó sobre mi hombro, acercó su cabecita hacia mi rostro, cual gesto cariñoso y de agradecimiento por haberle salvado – me afané por interpretar –, antes de salir volando definitivamente por mi ventana. Se me mezclaban sentimientos de alegría y de pena en el interior. Ya no iba a volver, supuse.

Me dispuse a cerrar el ventanuco cuando, para mi sorpresa, me llegó un destello de entre los geranios donde había encontrado a mi Lázaro. Me acerqué y vi un pequeño rollo dorado. El corazón me latía con fuerza, disparándome la capacidad de imaginar cualquier cosa. Emocionada desenrollé con sumo cuidado el papel dorado. Parecía un pergamino de oro – más tarde supe que lo era – y comencé a leer unas palabras que no conseguían sacarme de mi asombro:

“Pronto te conoceré.
Te quiero desde siempre.
Miguel.”
Al poco tiempo tuve un grave accidente de coche. Juro que justo unos instantes antes de que llegara la ambulancia para socorrerme, la vi. Avisté de nuevo a Lázaro, mi paloma mensajera. Me sobrevoló y se posó sobre mi hombro, del mismo modo como aquella noche, antes de salir volando por la ventana. Luego cerré los ojos y cuando los volví a abrir, un simpático médico me sonreía desde mi quietud:
– Hola. ¿Cómo te encuentras? Vaya, estuvimos a punto de perderte.

Algo intuí de eso. Tenía dolores por todo el cuerpo y no era capaz de mover ni un sólo dedo.
– Por cierto, estaré cuidando de ti hasta tu recuperación. Mi nombre es Miguel. Miguel Paredes.

De todo eso hace ya dos años. Miguel y yo nos casamos hace uno. Miguel jura no tener nada que ver con ninguna paloma mensajera.

Un día de estos le explicaré esta historia.
¿Vosotros qué opináis? No sé si debo...

A veces Lázaro se mete en mis sueños. Escucho sus alas batir, formando un sonido que parece dibujar unas palabras latinas.
Como si escuchara “Quid Pro Quo”.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Una carta para ti

Una carta a ti (Mientras otros están atentos al futbol en este país)

Cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de tí.
F.W. Nietzsche

Una carta a ti

¿Sabes qué es lo que le hace la soledad al alma? ¡La congela! Y mientras lo hizo, mi corazón fue gritando como una bestia herida y humillada.
Mi fe en el amor me atrapó y me destruyó para siempre; lloré desde lo más hondo del corazón, porque supe que el amor nunca lo sería todo, que solo es una equivocación que otros toman por tu punto flaco y tú me lo confundiste con mi debilidad. El amor nunca es suficiente, no lo cura todo, en nada vale su esfuerzo.

Ahora solo lloro con el temor de no sentir nada.
Me vi atrapada por mi propio amor, casi me estrangula con esa soga de credulidad por el cuello, ese amor al que no escuchaste, al que no dejaste gritar ni respirar.

Ahora solo espero pacientemente, reconciliarme con los relojes, que cada tictac dé golpecitos en mi corazón para mantenerme viva.
Y mientras,..tictac,tictac…, el tiempo pasa, galopando sin piedad, avasallando unos añicos que me quedan de vida.
Aún lucho con mi dignidad, con lo poco que en mí queda de la persona que fui, para así comprender la total aleatoriedad que mostrabas hacia ti mismo, cuando traté de enfrentarte contigo, destapándote.Tu extraño enajenamiento con tus verdades,-que yo reconocí desde el principio con los ojos de mi corazón, fue totalmente inmerecido.

¡Si hasta la humedad de tus besos fue injusta! ¡La presión de tus abrazos, ingrata!
Yo te había tendido, confiada, todas mis llaves. Había escrito en el vaho del cristal de la eternidad tu nombre, pero lo degradaste a efímeros ciscos.
Todos mis recuerdos, -así recuerdo-, se habían borrado y llenado con tu sonrisa.. Cada lugar, cada rayo y cada sombra se habían convertido en tu mirada. Cada noche, en tu día. Cada canción en tu voz, y ya no distinguía otro olor que no fuera el tuyo. Era tan feliz engañándome con la cegura del corazón, tan dócil, tan confiada, que no pude entender que el verdadero amor no era bastante para ti, que no tenía nada que hacer.

Te permití los besos más dulces, las caricias mas osadas, pero tú solo te entretenías en ser un niño que jugaba con mi vida, hasta convertirla en juguete roto.

Así que ahora es únicamente mi responsabilidad, recoger las piezas y reconstruirlas.

El mundo, querido, tiene una extraña manera de generar a alguien como tú; produce en las vidas una insólita oscilación gravitencial, de corrientes ocultas y de inconfesables deseos, que conducen,-como consequencia y por orden natural-, a la negación de ellos mismos. (Un pajarito me dijo, que a los mentirosos los reciben en el infierno con una alfombra roja, para que entren, por si te sirve de consuelo...)

Yo, ingenua y cándida, no estaba preparada para no recibir lo que solo fuera la verdad, -que no iba a servirme por ella sola-, sino para que continuasen los latidos de mi corazón tan azotado, osando adorarte en tu total desnudez.

Sin un atisbo de corazón que sienta:
C.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Indicios de esperanza (Parte final)

Existe un poder sobrenatural detrás de todas estas falsificaciones que podemos advertir. Puede venir acompañada por señales o prodigios, pero es en todo caso maligno. Este poder engaña “a los moradores de la tierra”. Y aceptamos ese engaño como si fuera parte de la verdad de Dios. Sin embargo, la única vacuna, el único antídoto contra todo engaño es la palabra de Dios, sólo la tenemos que buscar, la tenemos a nuestro alcance.

¿Pero es posible creer en Dios hoy día? ¿Es posible creer en su mensaje a través de las sagradas escrituras? Desde aquí, escucho ahora la ironía en vuestra voz. Voy a sonreír y continuar escribiendo. Hay quienes me vienen a decir que el ser humano no necesita a Dios para vencer. Yo les escucho, atentamente. Los días corren. Comprendo la rebeldía de los ateos, su extraño orgullo intelectual, incluso sus ironías y preguntas de dobles sentidos, intentando desarmarme.

Sin embargo, me duelen sus dolores. Me duelen sus ojos llenos de lágrimas cuando los golpes de la vida los desarma a ellos y no encuentran consuelo y no le ven el sentido, incapaces de reconocer a Dios como única solución a todos los dramas. Quisiera entonces abrazarlos, consolarlos. A nadie juzgo por sus creencias, fe o no fe. Solo amo. La Biblia también nos lo dijo: en esta época llamada postmoderna, abundaría la clase de pensamiento ateo. El problema básico del hombre es el orgullo y la soberbia, que se envanece en sus razonamientos. Nietzsche y otros por igual, clausuraron el “antiguo mundo” decretando la muerte de Dios y la soledad del hombre. ¿Eso es modernidad? Instituciones arcaicas como lo son la iglesia católica, ¿están viviendo hoy a penas por motivos residuales?

Existen muchos que se hacen llamar librepensadores. No quieren compromiso con nada ni nadie. Y mucho menos con algo que nunca pudieron ver ni tocar: Dios. Consideran a Dios una idea arcaica, infantil, una excusa para manipular voluntades débiles. Agredir a Dios está de moda. Tenemos a Michel Onfray con su libro “Tratado de Ateología” en el cual este autor hace un esfuerzo sobrehumano para probar que Dios no pasa de ser un mito superado por el tiempo y nuestra inteligencia. Y dice así en su tratado, repleto de suficiencia propia: “El último dios desaparecerá con el último de los hombres, con el último de los hombres desaparecerá el amor, el miedo, la angustia, esas máquinas de crear divinidades.” Tal vez Onfray esté revolucionando las masas con su manera de pensar, y no es el único. Pero todos tienen en común afirmar que el ser humano es independiente de Dios; afirman que la moral no depende de Dios ni de religión alguna, y por tanto un ateo puede ser ético y bondadoso.

Hoy no creer en Dios, es regla entre los intelectuales. Sé que a mí no me aceptan por defender la fe, pese a escribir articulillos de física cuántica y demás cosas puramente científicas y lógicas. No paro de recibir críticas en mi buzón de entrada del correo electrónico. Me dicen que me hace daño defender la fe. Que no comprarán mis libros. Que me condiciona y que no es serio. Lo que ignoran, es que me he dado una vuelta por el mundo, me he dado una larga vuelta por el mundo de la filosofía, de la cuántica, de la ciencia, por el mundo de los ateos y modernos, pero tras esta vuelta he percibido que el agnosticismo no satisface mis necesidades más profundas del corazón y sé que tampoco los satisface a los demás, por mucho que me lo nieguen. Volví a la emoción de la religión. Re-ligión, me re-ligué a la fe, me reenganché a Dios.

Y el hombre se hunde cada vez más en las arenas movedizas de su raciocino. Vivimos fascinados por la ciencia, por la tecnología, pero seguimos necesitando a Dios. Como nos resulta pasado de moda, lo negamos y buscamos en la astrología, en el ocultismo y en las artes adivinatorias nuestra necesidad de fe. Y nos lleva a ello la profunda necesidad espiritual de nuestro propio ser, el vacío interior, la falta de sentido ante la vida, más allá de lo efímero y material.

Y por supuesto que nadie acepta que le digan qué tienen que hacer. Hacemos nuestra necesidad de creer según nos convenga, sin esfuerzo, instantánea, como instantáneas se nos ha vuelto todo en esta vida (veamos nuestras amistades en Facebook).

El esoterismo aprovecha nuestro vacío para instalarse y marcar presencia. Sin embargo, cuando las cosas se nos ponen feas, nos acordamos de Dios (y me recuerdo de la historia de Job…) Entonces secularizados creemos en Dios, pero Dios no pasará de ser un simple nombre, un clavo al que nos agarramos, un detalle, una especie de amuleto como una carta del tarot, que nos sirve en las horas apremiantes. No existe más compromiso con él. Pasada la calamidad, la persona vuelve a vivir como si Dios no existiera.

La única diferencia entre un pagano y un cristiano secularizado es que esté último se acerca a la institución, se hace “miembro del club religioso”. Si va a misa no lo hace para acercarse a Dios, sino muchas veces para observar los cultos. Si el “producto” agrada, vuelve, si no, seguirá buscando y llamando a las puertas de otras creencias o instituciones más “cómodas”.

Aceptemos o no a Dios, Jesús de Nazaret murió por todos nosotros, ateos o no ateos, humildes o soberbios. Los que le escupieron y los que lo crucificaron. Y la buena noticia es que Dios no permitirá que el hombre se destruya a sí mismo. Dios ama al ser humano. Y así intervendrá en su historia y colocará un punto y final a todos los desatinos y a las confusiones del ser humano.

El amor de muchos se ha enfriado. Rivalizamos con el prójimo, le tememos, nos defendemos del otro. ¿Pero aun te dan ganas de extender tu mano, de seguir ayudando pese a lo que ves? Entonces tu espíritu cristiano te está empujando. La maldad está aumentando y las personas solidarias disminuyen. Es debido a los vacíos en los corazones. El mundo vive sobre erotizado. Buscamos el alivio en los placeres mundanos y en las drogas. ¡Pobres hombres!

Los que permanecemos en nuestras trece y defendemos la fe y la moral que conlleva un esfuerzo, somos causa de persecución en estos tiempos. Hablo por experiencia propia. Así anuncia San Mateo 24:9 :” Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre”…

La mayoría optará por el camino fácil. Algunos, sin embargo optamos por el transcurrir dificultoso con el nombre de Dios sobre nuestras lenguas y en nuestros ojos. Y vuelvo al punto de partida: todo está en juego, pero a la vez estamos a salvo. De acuerdo al Apocalipsis, en los últimos tiempos existirá un gran poder que tendrá mucha autoridad, será seguido y respetado por las multitudes, seguido y homenajeado por los grandes dirigentes del mundo. Este poder tendrá mano de hierro para perseguir a los que no acepten su autoridad y no se someten a él. ¿Quiénes serán esos? Los que insistirán en ser fieles a Jesús de Nazaret y a su Palabra. Pero hay más: la profecía anuncia que en los días finales también surgirá ese gran poder político que mencioné al principio de mi escrito. Un poder político que pretenderá apoyar el poder religioso que recibió la autoridad del “dragón”.  El apóstol Juan nos lo describe: “ Vi otra bestia que subía de la tierra y hacía que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre”.

¿Notáis de quién hablo? Hay quienes serán perseguidos terriblemente. No podrán moverse sin la marca de la bestia. Pero para saber qué es, primero hay que conocer la marca de Dios. Si el dragón marcará a sus seguidores, es también cierto que Dios marcará a los suyos.

Estamos en los anales de la historia más importante del mundo y muchas personas siguen queriendo ignorarlo. Hay dos “comandantes”. Y ambos tienen sus seguidores. Ambos identifican a sus hombres. El enemigo conoce los planes de Dios, conoce la Biblia, conoce la verdad y la mezcla con la mentira para confundirnos. Es el príncipe de este mundo, el príncipe de la mentira, de la seducción. Resultado: la multitud le sigue, le obedece sin ni tan siquiera concienciarse, creyéndose libres. Pero hay otro grupo que sigue los mandatos de Jesús. Y este grupo no se deja engañar. El dragón desatará toda su ira contra este grupo de personas, a través del poder político y religioso, y comenzará la mayor persecución religiosa de todos los tiempos. Así está profetizado. No habrá cómo evitarlo. Pero será la señal, la proximidad de Jesús, y no habrá que asustarse. ¿Hay que estar atemorizados? En absoluto. Porque el Altísimo cuidará de nosotros, con su amor y perdón infinitos. En el horizonte se enciende la luz de la esperanza, es su luz, la luz del Padre. Nadie puede interferir. El mundo ya es un fruto maduro, a punto de ser recogido. Cristo es quién vendrá a ponerle punto y final, nadie más. Viene a llevarnos con él. Viene a dar fin al pecado y a la confusión. El vuelve para decirte que nunca perdió la esperanza de volver a verte. Porque tú eres lo más valioso para el Padre. Así como eres, con todos tus pecados, confusiones y desvaríos humanos. Con tus tristezas y tus alegrías, con tus búsquedas y pérdidas. Con tus luchas y conflictos. Tú eres lo más valioso que ha creado con su amor. Un ser de amor, que olvidó el amor en el escenario de la confusión y la ofuscación. A Dios le importas. Pero eso, hace dos mil años, vino a morir clavado a una cruz, vino a morir por ti, por todas tus confusiones y tus rechazos y volverá a llevarte a su vera. ¿Estáis listos?

Las respuestas las tenéis en vosotros. Solo de vosotros depende.

Claudia Bürk

Indicios de esperanza (Parte dos)



¿Hasta cuando todo esto? Es entonces cuando la imaginación humana busca soluciones imposibles, como mucho temporales e ineficaces. Una de ellas quizás sea en breve la aparición de un personaje muy aceptado universalmente y que este fuera capaz de establecer la paz y armonía de las naciones. Un personaje que nos conquistará con admiración y carisma y que cuando pida a los hombres que vivan en paz y armonía, nadie desobedecerá y le creerán.

Pero sabemos por la Biblia que ningún ser humana será capaz de algo así. Al contrario, es clara cuando dice “Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones no tenéis necesidad, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del señor vendrá como ladrón en la noche; que cuando digan: “Paz y seguridad” entonces vendrá sobre ellos la destrucción repentina.”

¿Quién será, pues, ese personaje carismático que aparecerá?
(El Anticristo usará esta (falsa) paz y destruirá a muchos (Daniel 8:23-25). Con todos los problemas que enfrenta la humanidad, las multitudes van en busca de un salvador para marcar el comienzo de la paz y la prosperidad sin responsabilidad moral. El Anticristo prometerá al mundo e Israel una paz si le siguen, pero sus intenciones son siniestras.
En los últimos días Israel tendrá un tratado de paz que el Anticristo confirmará y luego romperá (Daniel 9:27).  En la actualidad, todos los gobiernos del mundo están luchando por un tratado de paz israelí.)

El grito desesperado del ser humano, exclama: ¿Qué hago? ¿Qué haré? ¿Adónde me lleva esto? Pero en medio de ese torbellino yo hoy os invito a escuchar la mansa voz de Jesús de Nazaret “La paz os dejo, la paz os doy, yo no os la doy como el mundo os la da. No se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo”. Y en estos tiempos que vivimos no puede haber invitación más dulce.

¿Aceptáis esa invitación? La respuesta es solo vuestra, únicamente.

Se está haciendo de noche. Mi mensaje es de urgencia. Nada sucede por casualidad. Todo fue escrito y anunciado. Jesús en el monte de los Olivos explica a sus discípulos qué señales advertirán al ser próxima su venida en el futuro. Entonces Jesús les diseña un cuadro con palabras de la situación mundial que precederá a su retorno.

Mi urgencia de transmitiros este “mensaje” nace del peligro. Pero es un mensaje de esperanza. La esperanza de un nuevo día tras la noche larga. Las tinieblas que nos rodean, nos alarman, pero son la evidencia del retorno de Jesús. No hay nada que temer. Cuando más densa la oscuridad, más lejano se halla el nuevo día. Podréis disfrutar de nuevo de la luz, podréis sentir ya los rayos cercanos del sol de mañana en vuestros corazones. Estaréis a salvo.

El templo fue destruido pero al tercer día reconstruido.

La noche de este mundo está cerca. Hay tristeza en el aire, dolor, desesperanza. Hay veces que tenemos la clara impresión de que todo se vaya a perder, que no hay esperanza. Es sólo una impresión. ¡No es verdad! La noche de este mundo acabará pronto, es temporal y el sol se redibuja en el firmamento. Es Jesús de Nazaret que viene a buscarte de su mano.

Pero antes, antes de todo esto, aparecerán los mensajes falsos. La diversidad de creencias, un caótico coctail de mensajes a los que nos piden que prestemos atención. San Mateo 24: 24 nos lo dice “Se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos”.

Aparecen gentes que se consideran enviados por Dios para ofrecer a los hombres soluciones instantáneas. Venderán promesas. Alegarán que las bendiciones sólo las recibe quién tenga fe y la fe se mide por la obediencia y el dinero ganado. Incluso citarán a la Biblia para afirmar que nadie hablaría así si el Espíritu Santo no estuviera con él.

En estos tiempos de oscuridad, se preparan engaños tan bien armados que incluso afectarán a los “escogidos”. ¿Pero quién estará tras ese engaño y cómo va a suceder? En la Biblia encontraremos sinceridad, porque Dios Padre no dejaría sin orientación a los que le siguen con toda su alma y que deseen encontrar la verdad entre verdades aparentes. En el libro del Apocalipsis encantaremos al maestro de todos los engaños, el que arrastró una tercera parte de los ángeles del cielo consigo, usando la seducción y la mentira. El que engaña al mundo entero, porque es su especialidad.

La batalla final que menciona el Apocalipsis no será una batalla con misiles y armas. No será Occidente contra Oriente, ni socialismo contra capitalismo. La última batalla será la de la realidad sobre la ficción, entre verdad y mentira, entre el bien y el mal. Y el campo de batalla será el corazón humano.

Preparo una tercera parte de este escrito, si os apetece seguir leyendo. Aquí estará en breve.

Claudia Bürk

Indicios de esperanza

Indicios de esperanza
(Cómo tomarse los sucesos de los últimos tiempos)

Lucas 21:29-31 Parábola de la higuera 
Y les refirió una parábola: Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan las hojas, al verlo, sabéis por vosotros mismos que el verano ya está cerca.
Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca.

Todos percibimos que no es normal lo que vemos a nuestro alrededor: una avalancha cada vez más atroz de catástrofes naturales, miles de vidas desaparecen por el hambre y esas catástrofes atroces. Terremotos, calentamiento global, (de continuar así, en 2050 se exterminarán una cuarta parte de las plantas y animales que conocemos). El ser humano no puede ni debería dejarse de preocupar por informaciones como estas. Nuestro sistema económico y político está a punto de quebrar. Las cosas pintan mal. Nos invade el pesimismo.

Algo parece no andar sobre sus ejes. La vida parece estarse descarrilando como un tren que ha ido cogiendo demasiada velocidad y ya no puede frenar. ¿Qué pensar ante todo esto? Las lágrimas y la sangre del ser humano se mezclan con el terror, el miedo y la desolación y pintan un cuadro aterrador de futuro. Los sucesos quieren escapar de las palabras, que son las que les dan testimonio.

Por otra parte, es totalmente comprensible que el ser humano esté perdido y ande confuso. Cometen desvaríos, observan como otros seres humanos destruyen sus sueños y vidas sin piedad. Están siendo testigos de los crímenes más brutales, la falta de escrúpulos, la falta de moral y principios. Impera el “codo por codo”, el “ojo por ojo”. Un problema lleva a otro. El planeta entero está siendo engullido por un tornado de violencia de la cual nadie escapa. La amenaza de recesión financiera que está llevando a millones de personas a la miseria. En medio, el ser humano sin saber qué hacer y cómo seguir. Es el retrato del mundo del siglo XXI. ¿Cómo explicar que el ser más inteligente sobre la tierra –el hombre- es capaz de realizar barbaries como violar a un niño, humillar criaturas inocentes, con fines sexuales o sádicos? ¿Cómo explicar qué esconde el hombre realmente en la maraña de su mente? ¿Por qué es tierno y bondadoso a veces y otras cruel, salvaje y despiadado?

Creo que ha llegado la hora en la cual debemos repensar los tiempos en los que vivimos. Algo anda profundamente mal en nuestros corazones y viene de lejos. El tren de la vida salió de sus raíles, y viene a arrollarnos, sin gobierno, sin fe, a una velocidad extrema. Es muy doloroso. Nos concienciamos y lo vemos. Pero esto es real.
Nuestra juventud está en garras del desaliento. No ven el futuro y se refugian en las drogas y con ello alimentan miles de negocios perversos del submundo del crimen.

¿Qué es lo que buscamos y no encontramos? ¿Por qué nos autodestruimos más y más? ¿Qué está sucediendo? Quiero aclararos un poquito mi punto de vista con este escrito, por si a algunos os ayuda a entender. Y también podéis arrojarme piedras por escribir estas palabras, entenderé cualquier reacción y no me va a sorprender. Trataré de explicaros desde mi humilde razón lo que hay tras la cortina. El hambre, las incoherencias que advertimos, las acciones perversas, son solo las señales visibles a primera vista, pero detrás de la cortina algo se aproxima, con pasos silenciosos, inexorablemente y con firmeza.
El simple público lo desconoce, sin embargo un libro registrado hace muchos siglos lo plasma. Hay quién no cree en sus palabras, tildándolo de “comecocos”, escrito por unos lumbreras iluminados. Otros, sin embargo, confían en su mensaje y su procedencia, pese a quien le pese. Hablo de las sagradas escrituras. Hablo de la Biblia.

¿Qué es lo que está tan cerca? ¿El 2012? ¿El fin del mundo que describieron los mayas? ¿Las conclusiones de los físicos cuánticos y científicos? ¿Qué es lo que estamos advirtiendo todos en estos momentos? La respuesta a estas preguntas cambiará el mundo y el rumbo de toda nuestra historia. La hora suprema se acerca, el amor y el dolor están a punto de abrazarse. El instante de entrega y de sacrificio mayor.

Jesús de Nazaret lo comentó:
“De la higuera aprended la parábola: cuando ya su rama esté tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.”

Pero mi escrito quiere hablar de las señales de esperanza. No del caos. Porque tras toda noche, por oscura que sea, viene el día. En este caso, un nuevo día es visible, con más luz, con mayor claridad.

Por favor, continuad leyendo mi escrito. Nada perdéis, salvo un poco de tiempo.
Voy a preparar la segunda parte y os la remito.
¡Gracias a todos!

Claudia Bürk

jueves, 4 de agosto de 2011

Mi novio Satanás

Mi novio Satanás

Con demasiada frecuencia - y así debería estarse informada - el diablo va por ahí en busca de algún cuerpo que ocupar y una vez elegido e instalado en él, su presencia en tal navío no tarda en hacerse notar: para empezar comienza a ejercer una irrefrenable atracción hacia los demás, pese a poder resultar vomitivo a priori. Veréis, todo comenzó hace aproximadamente nueve meses: tuve la mala -o después de todo- buena suerte de conocer a Luís, de apellido Saifer, justo en aquella fecha, cuando yo misma ya me había sentenciado definitivamente a quedarme sola por el resto de mi vida, en una prematura y triste noche de las mías. Le vi sentado en la barra de aquel bar cercano a mi casa, en la semipenumbra y dándole reiterados sorbos a una copa, que como me dijo más tarde, había sido llenada de un ron excelente y añejo, una devoción por su parte – supe de su boca - más por placer que por costumbre. Yo tenía treinta y nueve y él tres años más. Siempre tuvo tres años más, por lo menos hasta ahora. Sus ropas le quedaban demasiado ajustadas. La camisa demasiado pequeña, desproporcionadamente tensada sobre sus infernales músculos. No daban la talla sus ropajes del demonio que debía ser. Todavía no. Escarabajo o Satán, en todo caso las metamorfosis dan comienzo si alguien  las permite. Yo aun lo ignoraba. No me molestó demasiado que no dejara de fumar - cosa que detesto -, mientras mis ojos se mantuvieron sobre los suyos, no recuerdo por cuanto tiempo: demasiado para no delatar con claridad mi fascinación por él. La fría y azulada luz de neón repintó nuestras caras con fulgores de hielo. El, seguro de sí, como solamente Dios o el demonio pueden estarlo, no hizo ni un solo gesto de sorpresa o curiosidad para quien le estuvo mirando. El círculo de fuego de su cigarrillo rubio brilló en la noche como una luciérnaga mareada. O yo era transparente, o no le importó nada mi presencia. El seguía chupando del cigarro, cuyo círculo rojo seguía intermitente cuando inspiraba y soplaba. Todo en él se me antojó anacrónico. Desproporcionado a los sumo. Un ser alimentado por su propio aliento, respirando humo, exhalando humo. Sus facciones, de la misma sustancia gaseosa que el hollín que salía de sus cavidades al respirar  y sus ojos negros, pozos sin fondo. Mi retina, en resumidas cuentas, me devolvió la estampa de todo aquello que en un hombre detestaba. Detestaba, detestaba. Pero… ¡Aquello era amor a primera vista, si señor! (-Detestamos siempre aquello que nos atrae, por miedo a reconocerlo en nosotros- me reveló Luís en una ocasión posterior.) Así que acerqué mi boca a sus jugosos labios nicotinados para arrancarle un beso, pero este se disipó en el aire.

Y yo que a mis treinta y últimos, que aún no me había colado por nadie, no dejé de asombrarme de mí misma y de lo que me estaba haciendo sentir aquel fascinante varón, de ojos pardos y taumaturgos, que me habían hipnotizado el corazón dándome asco. Aquel diablo comenzó entonces a jugar conmigo. ¿O eran mis diablos internos los que acaso se burlaron de mí? El caso es que el brillo intermitente de la punta de su cigarrillo me estaba arrastrando como a una urraca. Mis ojos como enloquecidas ruletas, le escrutaron y escrutaron. Estaba como un flan, con las rodillas temblorosas y blandas, mientras que ese semi-Dios hizo al fin el ademán de tenerme en cuenta. Cuando finalmente sus ojos se detuvieron cercanos ante de los míos, dejé de respirar. Recuerdo como en ese instante una canción terminó de sonar y otra comenzó a entonar sus tañidos.
–Escucha esta canción- me dijo ese hechicero, que ahora estaba de nuevo a escaso medio metro de mí y cuya fragancia a musgo, sándalo, pachulí y algo parecido al olor a naftalina me embriagó el poco sentido que debía de quedarme. -Es “Stairway to heaven” de Red Zeppelín- me informó, - y es mi canción favorita. ¿Por cierto, nos conocemos? Yo soy Luís.-

Recuerdo como a continuación se lanzó a besar mis mejillas a modo de presentación, mientras el roce de sus labios en mi rostro me prendió con el arrebato de un latigazo. El frenesí, la furia y la pasión que invadieron mi cuerpo desde aquel instante, han convenido entre sí trocarse en amor, y volverme completamente loca por ese hombre, que ahora es mi novio y con el cual formo una misma y única ausencia. Pero volviendo atrás, entonces ocurrió: todos los hombres que había visto y conocido en mi vida habían sido él, habían tenido su cara y sus ojos, sus cigarrillos entre las manos y su mismo ron resbalando por sus lenguas. Todos los hombres, todos. Mi padre también. Todos fumaban, todos bebían de pronto en mis recuerdos. Fumaban convulsivamente un cigarrillo rubio, como esperando la muerte, como siendo diablos, con el humo saliendo de sus bocas y emborronando sus rostros, arrastrando mis recuerdos y mi voluntad de otros humos, nieblas del pasado. Querido lector: de todo cuanto he sido, lo único y verdaderamente importante es esta confesión. He de decir que he sido muy feliz con él: ¡Me hizo sentirme pletórica! Había empezado a fumar y bebía champán en el desayuno como quién tomaba un brebaje mágico.  ¡Nunca antes había disfrutado tan intensamente de los placeres mundanos, ni supe de qué manera podría gozar con mi propia capacidad sensorial, hasta perder el sentido bajo sus caricias y mediante el embrujo que ejercieron sus besos. Cada vez que me hizo el amor, me deleitaba hacia un profundo éxtasis, cada vez diferente, repleto de sensaciones nuevas que variaban en cada ocasión. Ayer le arranqué la ropa del cuerpo y él tembló al oírme hablar. Le dije que quería darle toda la rabia que llevaba dentro. Le dije que quería arrojarle contra la pared. De modo que si me hubiera contemplado en el espejo, hubiera sentido repulsión o ya no me hubiera visto. Me resultó difícil creer que yo dijera todo eso, que yo hablara como aquella que estaba siendo por su culpa. Me resultaba difícil creerme mi locura, pero estaba siendo verdad. Y la verdad era algo oculto, algo que se me escapaba entonces con el temblor del propio autoconocimiento, atravesando la frontera de lo que yo me permitía para adentrarse en otros países de otras ansias de los anhelos más secretos. De pronto, la vida era visible desde el absurdo. De pronto, la vida se había dado la vuelta, caminaba de espaldas y se me alejaba, mostrándome las nalgas. Eso fue ayer. Hoy, la vida se me ha alejado, en forma de champán y de ron, entrándome por la boca. En forma de humo y de besos envenenados, saliéndose por ella. La vida me ha condenado a mis deseos. La vida, esa adorable señora de rosa, me hace oler a naftalina y repudiar los espejos que ya no me advierten. ¿Acaso alguien es culpable de lo que desea secretamente? ¿De lo que ejecuta con el poder de la imaginación? Todos -lo juro- todos hemos matado alguna vez en el país de la mente. Todos hemos fornicado sobre cristales rotos, con unos y con otros y con todos a la par. Todos hemos hecho de todo con solo haberlo imaginado, con solo haberlo deseado por el evo de un miserable segundo. Después de ayer vino la fiebre unida a la sospecha. La fiebre, los vómitos y la falta del aire, porque yo nunca había fumado. Porque yo nunca había bebido. Porque yo nunca había fornicado… ¡Sobre cristales rotos! La fiebre y el asco y la culpa no culpable de la inconfesable locura de mi deseo por aquel hombre. Me faltaba el aire y creí morir. Quise avisar a un sacerdote. A un psiquiatra o a un policía. ¡A un sacerdote!... Qué necios, si, que necios los que nos creemos vivos, agarrándonos a las burdas evidencias de lo vivido para calcular el grado de veracidad de nuestras existencias que creíamos indemnes a la corrupción. ¡Qué cruel es el deseo! ¡Y qué cruel el amor! Porque fue el amor, ¡mi amor! ¡Ese es quien me inculcó en los ojos la diabólica visión del mundo como si éste fuera una pecera, como si fuera necesario escapar más y más y más allá! Todo lo supe ayer. Todo lo comprendí hace tan solo un día. Por la mañana, al despuntar el día, Luís chocó su copa contra la mía en un sonido acuático. -¡Por la buena vida, preciosa, y por la mala también!- me susurró antes de tirar los dos vasos contra la pared y morderme la boca con fuerza para que mis besos de amor huyeran para siempre al infierno y el deseo de las bestias ganara el pulso al impulso de mi sien antes serena. Para hacerme sentir sin piedad desde cerca cómo se iba al traste mi pureza.Y entre cristales rotos y la pared por el medio, comenzó a poseerme como un animal en celo. Halladme aquí en este punto como una convidada al averno, pues no me gustó nada, nada, nada. ¡Me enloqueció que no es poco! Sentí el punzante dolor de los cristales rotos hincarse en mis posaderas, en la tersa carne de mis muslos, mientras Luís me susurraba a los oídos pensamientos tan perversos que enrojecí creyendo que eran míos. Y supe entonces, que los deseos ocultos, aquellos a los que tan solo una vez cedieras el paso en tu mente antes que lo convenido, permanecían en ti, en ese mismo lugar donde los has reprimido para vengarse de tu letanía, en la parte trasera de la vida. El dolor y el placer fueron insoportables y ausculté los obscuros chirridos y aspavientos de nuestra unión carnal. Trozos de cristal habían salpicado todo mi cuerpo, escociéndome como lava, reteniendo en sí todas las impresiones recibidas de nuestro fornicar, como en un espejo maldito. Cerré los ojos y juré fundirme con él, con la sangre y con los cristales rotos. Sobre la cuerda floja de lo efímero, sujeta a mi voluntad. Luís me llevó consigo como a una virgen ultrajada, a los lugares que yo desconocía. Lugares malditos en los cuales una ínfima fracción de tiempo de placer tenía más peso en las balanzas que los destinos divinos por descubrir. Y entonces sentí como el calor de nuestros cuerpos en aquel lugar los fundía un cuerpo solo. Fuimos fuego, luz y averno. Me dejé hacer y hacer y hacer…Un solo cuerpo, dos relámpagos que chocaron en una dolorosa, placentera e inicua sacudida. Y entonces lo supe. Y entonces ocurrió. Y entonces estaba siendo demasiado tarde.

Si, en efecto, fui dichosa, si no fuera porque entonces, que fue ayer, como quien no quiere la cosa, poco antes de aquello, descubrí que Luís, mi novio, era en realidad Satanás. Con certeza lo supe a las nueve en punto. Podía haberlo evitado todo. No, ¡miento, miento!...
Hasta entonces se habían ido sumando unos descubrimientos -muy descollados de haberles prestado la justa atención desde el principio- que me relevaron la verdadera naturaleza de mi novio. Pero me gustó que fuera él quién me lo dijo. Habíamos brindado una vez más. Justo en el intervalo de aquel polvo brutal, con otras dos copas de cristal destinadas a hacerse añicos y un Möet Chandón enfriado a dos grados. Entonces lo miré a los ojos, desafiante y con escepticismo le pregunté, -¿Con quién estoy teniendo el placer de brindar y follar cada mañana? Y él me contestó –Con nadie-. Entonces yo le seguí mirando con asombro y me pareció que iba a decir algo más y esperé un poco antes de lanzarme a morderle la boca. –Por eso, querida, puedo ser quién tu quieras que sea, quién tu desees quién sea. No, no-me dijo, –puedo ser todos los hombres que tu desees y sin embargo no ser hombre. El me lo dijo, así. Lo dijo su boca. El era Satanás. Mi chico decidió regalarme un CD de música, en el cual había grabado para mi uso y disfrute unas - aproximadamente quince- versiones diferentes de “Stairway to heaven.”


Era curioso, como al escuchar atenta los embriagadores compases de aquella arandela, al percibir aquella hipnótica letra, los sonidos en un compás del 4/4 sincopado ( ahora que me he informado sé que fue creado por las legiones de los ángeles caídos, también conocidos por criaturas diabólicas, llamadas Nefilim, Anunakis, o Grices ) noté como de un modo extraño y tosco, me entraron unas irrefrenables ganas de embriagarme y me dio por servirme una copa de ron tras otra, que tras unas cuantas libaciones comenzó a marearme como una peonza.

La rata vibratoria de la música,- percibí-, poseía un efecto aniquilador hacia mi alma.
Y junto a Luís, tal y como digo, me llevó a la locura y la metamorfosis dio lugar y comienzo. Creí estar flotando entre sus brazos, os lo aseguro, como estando bajo la influencia de alguna droga desconocida. No era normal y casi se me antojó como una experiencia mística. Luís indagó, llegados a ese punto, la cara oculta de mi conciencia, vio todas mis zonas prohibidas, el edén secreto de mi misma en el cual yo no había osado entrar jamás. El resto, queridos lectores, ya os lo estaba contando antes: los cristales, los mordiscos, la locura y la sangre… Pero entonces ocurrió: al soplar mi extasiado aliento al espejo vi como éste se llenó de vaho, pero mi imagen…¡No estaba! ¡Yo había desaparecido en él! Yo carecía de pronto de reflejo! Quise, pero no pude seguir mirando porque me hallaba tan compenetrada con Luís, él en mi interior y yo en el suyo, que cerré los ojos vencida como si él fuera la muerte. Entramos tan dentro el uno del otro, que  sentí rozarme los huesos con su alma. Hasta el fondo mismo de todas mis conciencias me tocó, tan hondamente, que entonces mi espíritu escapó del cuerpo y se quedó en el suyo, atrapado, y no sé si será para siempre. El caso es que me vi ahí tirada, o lo que era mi cuerpo vacío sin mí en él. Entonces lloré amargamente, no sé si lo hice por la pérdida de mi amor o por mi propia maldición o muerte. Escuché de pronto unas risas infernales, burla y golpes viniendo como de arriba, viniendo como de abajo, como si el infierno estuviera por todas partes y Luís en él y también en mi cuerpo tirado como una muñeca rota a mi vera, libre ya de su propio cuerpo al cual me había condenado a mí con su engaño. Escuché su voz, -que fue mi voz- viniendo desde todas partes, como soplada por un eco, diciendo “Buena suerte, princesa”. Y el aire se llenó de olor a naftalina, y yo misma ahora siendo él, olía a naftalina como olían las abuelas rancias. Si, sospechas bien, querido lector, el diablo no es un hombre ni tampoco huele a azufre como se dice por ahí. Desde ayer por la mañana hasta este momento, vengo como quien no quiere la cosa, a sentarme en la barra del bar cercano a mi casa. Me llamo Luís, de apellido Saifer. No lo digo yo, lo reza mi D.N.I. Y mientras estoy aquí, me hago el distraído, fumo cigarrillos rubios y bebo ron añejo. Espero a que suene “Stairway to heaven”, para tenerlo más fácil. Y espero. Y espero a que ninguna de esas que me buscan con la mirada, a las cuales pretendo hipnotizar el corazón dándoles asco, sepa, que a menudo el diablo va por ahí en busca de algún cuerpo que ocupar y que más les valdría salir corriendo a tiempo. 

 Sub umbra floreo: 

C. Bürk

lunes, 1 de agosto de 2011

Mi página oficial en tu móvil

Ahora ya puedes acceder a este blog desde donde quiera que estés. 

Con las nuevas aplicaciones y mejoras de Blogger, ahora ya está preparada la nueva plantilla para acceder con mayor rapidez a los contenidos de mi blog desde tu dispositivo móvil. Solo tienes que usar el navegador que predeterminado del mismo y teclear: 

Así podrás leer mis relatos, ensayos, cartas y poemas que con tanto mi cariño publico en esta, mi web oficial, para compartirlos contigo.

Un beso muy grande!!!!

Las Nueve Ventanas de Jeanne Bardêot por La Biblioteca Imaginaria

Título: Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot
Autora: Claudia Bürk
Editorial: Gruplobher Editorial
Ilustraciones: Ricardo Muñoz
Págs: 436
Precio: 20 €

Imagina que tienes una existencia llena de sucesos terribles que te han convertido en una persona desconfiada y hasta cierto punto huraña. ¿Crees que te consolaría saber que todo ese sufrimiento se debe a un fin espiritual? Tal vez ahora no sepas contestar, aunque, desde luego, conseguirás hacerte a una idea de lo que te pregunto si te adentras en las páginas de “Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot”, la novela de Claudia Bürk de la que os hablaré a continuación.

Jeanne tuvo una infancia atroz que no recuerda, pero que le dejó muy marcada, un primer amor que la maltrataba y un trabajo prometedor del que huyó por sentir que no era lo que ella buscaba en la vida. Desde su garita de guardia de seguridad en unas bodegas catalanas, Jeanne observa el mundo que le rodea mientras piensa en lo dura de su existencia. Todo cambia el día en el que el arcángel Miguel se le aparece para revelarle la verdad de su naturaleza y la misión que tiene que cumplir. ¿Será Jeanne de llevar a cabo tan importante encargo?

Parece que los ángeles se han puesto de moda en los últimos tiempos, aunque gran cantidad tanto de autores como de lectores, estuvieran interesados por el tema desde mucho antes de este movimiento. Así, “Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot” la primera novela de Claudia Bürk no es tan sólo una obra que “siga una moda”, sino el fruto literario de una escritora que deja claro en todos sus textos que su fascinación por estos temas, así como por otros bíblicos, místicos y espirituales, viene ya de lejos.

“Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot”, desde mi punto de vista, podría dividirse en tres partes (no marcadas por la autora) y un epílogo (que sí consta como tal). En la primera parte, los lectores conocerán a Jeanne, esa treinteañera que tal vez por no haber vivido muchas experiencias felices y haberse aislado en su mundo nos parece más joven. En este primer periodo del libro, Jeanne se encontrará con el arcángel Miguel en diversas ocasiones, un ser que podría salir de su imaginación, pero que poco a poco se muestra más real. Miguel no sólo querrá comunicarle a Jeanne su verdadera misión en la vida en estas primeras páginas, sino también mostrarle los motivos por los que, ya de adulta, se siente tan insegura.

En la segunda parte, y repitiendo patrones aprendidos, aunque no deseados voluntariamente, Jeanne se deja embaucar por alguien que en realidad no la ama, hasta el punto de perder un rumbo que, definitivamente, recuperará en una tercera parte llena de acción, espiritualidad y un final inesperado, ya en el epílogo del libro.

Con respecto a los personajes, os diré que la protagonista, Jeanne Bardèot, es un ser atormentado, pero a la vez lleno de esperanza y de amor que no dudará en mostrar, aunque a veces se equivoque. La vida no deja de darle palos, pero ella, fuerte como en realidad es, no deja de levantarse una y otra vez del suelo. Sólo con un carácter así se puede asumir la increíble misión que el mismísimo arcángel Miguel le encomienda desde pronto en el libro.

Muchos son los actores secundarios decisivos que encontraréis en esta novela, aunque yo prefiero destacar ahora sólo el del padrastro de Jeanne y el de Santos, por la importancia que tendrán en la vida de la chica.

Mención especial merecen también las ilustraciones de Ricardo Muñoz, unas piezas que encajan perfectamente con el texto y también lo complementan.

Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot, en resumidas cuentas, es una novela muy espiritual, con un claro mensaje de esperanza y amor, que versa sobre el tema de los ángeles y las luchas entre el bien y el mal, fundamentalmente, aunque tal vez desde puntos de vista más profundos y serios que otras novelas dirigidas hasta ahora a un público juvenil. Creo que ésta es una obra que interesará especialmente a los católicos practicantes, tanto jóvenes como adultas, pero también, al margen de las creencias religiosas, a otros muchos lectores de mente abierta que estén interesados por conocer un poco de la Biblia, algo sobre la frágil psicología humana y la eterna lucha del bien y el mal enfocada desde un punto diferente. Así que si te interesan todos estos temas, o crees que podrían llegar a despertar tu curiosidad, ¿por qué no te animas con este libro?

No sé qué haría si me dijeran que mis males tienen una explicación más o menos metafísica. No creo que estuviera preparada. ¿Lo estarías tú? Descúbrelo ahora leyendo “Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot”, un libro sin duda lleno de preguntas y respuestas de éste y de otros mundos.

Cristina Monteoliva
La Biblioteca Imaginaria