Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

¿Dónde estás, X?

¿X?
¿Dónde estas?

¿Dónde, esos ojos tuyos que no me ven cuando me miran por hallarme en el mundo?
Te escribo nuevamente para hacerte saber cuanto te añoro en la vida real. Cuantos latidos de mi corazón se pierden por ti en el tiempo, latiendo al unísono con todos tus segundos. En el ayer de mi vida encontré a la tuya más allá de todas las vidas, en el sueño perdido de mi mañana me besas.
¿Dónde estás?
Necesito de ti para imaginarte, necesito que me devuelvas al hambre que tu invención me roba en la soga perdida del tiempo.
Desde la noche más oscura de los tiempos, desde las horas de los seres humanos atónitos, el latido y los pulsos de mi ser te han buscado sin cesar, porque tú fuiste la seña más cierta de mi vida desde siempre. Con el corazón atravesado por puñales, muero en el día a día queriéndote, atrapada en las distancias más atroces.

Shakespeare dijo “El corazón, Maese Page, el corazón, eso es lo único que importa.” Solo cuando la vida como una argolla, se nos cierra en torno es cuando hacemos caso al corazón. O bien, tomando el escudo de la distancia, el que brinda la palabra escrita. Cuando soy esta, puedo ser aquella que soy y la que no me atrevo a ser. A esa que soy en el día a día, le resultaría imposible escribirte estas cartas, como siempre te digo. Ella ha huido del amor, conformándose con ir sobreviviendo, pareciéndole lo normal. Esta, le recuerda a la otra el trastorno natural y coloreado del placer que produce dejarse llevar por el corazón. Esta vive plenamente el terremoto de estarte amando. Se da permiso entre estas líneas para adorarte. Esta es capaz de apostarlo todo a una carta equivocada. No teme reacciones, habla con el corazón. Ella está borracha de ti y deseosa de seguir bebiendo. Esta se deja abofetear por tu ausencia en el mundo, sabiendo que todos los campos de batalla son los tuyos…

La “otra” que soy yo, la que ves, es aquella que baja los ojos, la que abre al compás de la renuncia los ojos. La que ahora quiere vivir lo más tranquila posible, aprovechándose de estar viva sin ser vista. Esta, sin embargo, sabe que lo único que tiene asegurado es la muerte. Es la que cada noche, a punto de dormirse, te siente como un puñetazo en el corazón: la reclamas desde alguna parte y entonces ella corre a escribirte, para poder llegar a la vida.
Yo, que también soy esta, a pesar de ese nombre que me pusieron, paradójicamente soy de lágrima fácil, aunque procuro ocultarlo. No es lo que está ante mis ojos lo que me hace llorar, sino lo imaginado, lo que en realidad no me ataña. Y en esta inferioridad de condiciones, aspiro vagamente a la felicidad.
A tontas y a locas, cuando te pienso, X, entonces soy feliz. Entonces…Habito en el país de las maravillas: llena de vida, repleta de dicha, todo me llena y nada me falta. Pero una voz, que lo ordena todo en mí, me insinúa: “Si aspiras a vivir de verdad, deja que mueran las palabras. En ti ellas sustituyen al calor, al mundo, a las vivencias.”

Esta muere de hambre, porque solo ve naturalezas muertas muy bien dibujadas, pero nadie le ofrece de comer: un bocado no es de veras un banquete. Saber la composición del agua no le va a quitar su sed; deshojar la rosa y comprobar la inserción de los pétalos y del polen no le explica su sencilla majestad perfumada.
Esta se adentra en la vida, como si se adentrara en el amor, se esfuerza con suavidad para comprender….El peligro de la palabra, X, es muy grande. Esta que soy aquí las recoge todas para ti. Ellas son su única fortuna. Esta que ves entre palabras, se deja hipnotizar e embaucar por ellas, las interpone entre la vida y ella misma, hasta que la deslumbran y la ciegan ante la realidad.

Sin embargo, - que grande es su contradicción-, que sabe, bien lo sabe- que la música no es partitura. Las olas no son el mar. Que las cosas no están ahí para que ella las traduzca.

El amor hacía ti, X, me quita la palabra y los velos, me arranca la ropa y corro a esconderme avergonzada...

Esta, comprendió que cuando el amor se instaló en su corazón, no hubo ya cambio alguno que pudiera apaciguarla. Cuando estás ausente te añora, si estás presente en su fantasía, ella arde en la hoguera del mismo amor.
Si es de noche, ella monta guardia al lado de tu lecho mediante la imaginación; si es de día, persigue la noche. Cuando ella, que soy yo, te sentimos cerca, nos sentimos torpes, temorosas de desperdiciar un solo segundo sin mirarte en el éter, con el terrible presagio en el alma, que ese tiempo no va a durar mucho.

Como alguien que cree huir de su destino, cumplo el que es mi destino verdadero. Amándote como jamás se ha amado en este mundo:
C.

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