martes, 22 de abril de 2014

A siglos de hielo del mundo



Desde mi puesto de observación, detrás de las pesadas cortinas de la realidad asignadas, puedo seguir con la vista a las imposibilidades que median entre mi mundo y el de los otros. El tiempo me lanza de lado a lado, mientras que esos otros deciden mi destino. Me manejan como a una títere. Sin opción, solo soy una herramienta...Tengo un nudo en la garganta, la piel erizada al recordar quién soy en realidad y quién dejé de ser, lejos del otro mundo, en mi acostumbrada soledad. ¡En mi sien danza una corona hecha de alfileres negros!La frialdad de este mundo ha ido congelando mis venas y ese hielo de los otros es cada vez más feroz; me desgarra,estrangula toda mi voluntad.

A siglos de hielo del mundo me encuentro...

Me duele la vida y su crudeza, por eso en mis noches la aflicción trota a ritmo maldito de versos, y brota la agonía.  ¡Dios, no encuentro pureza cuando bordan las calles su tristeza y quienes me dirigen proclaman mi derrota! Ellos desploman mi sentir aún socavado, ya todos los caminos para volver, me han cerrado, me siento barco orlado por un trueno. Al borde del abismo, por volver peno, mas por siempre, triste apenada. Prisionera de esos que nada comprenden.Pero llenas de libertad están mis alas: volaré a casa en sueños, cuando nadie me advierta. Cuando nadie dirija mis pasos.

Esa “otra” que soy yo, la que ven, de la que juzgan su forma y envoltorio que nada es, es aquella que baja los ojos, la que abre al compás de la renuncia la mirada. La que ahora quiere vivir lo más tranquila posible, aprovechándose de estar viva sin ser vista. La otra que soy, sin embargo, sabe que lo único que tiene asegurado es la muerte. Es la que cada noche, a punto de dormirse, siente lo esencial como un puñetazo en el corazón: la VERDAD la reclama desde alguna parte y entonces ella corre a escribir, para poder llegar a la vida. Esa otra que soy muere de hambre, en un cuerpo de cristal y punzas, porque solo ve naturalezas muertas muy bien dibujadas, pero nadie le ofrece de comer: un bocado no es de veras un banquete. Saber la composición del agua no le va a quitar su sed; deshojar la rosa y comprobar la inserción de los pétalos y del polen no le explica su sencilla majestad perfumada.

Ella se adentra en la vida, como si se adentrara en el amor, se esfuerza con suavidad para comprender….El peligro de la palabra, es muy grande. Esa otra en mí las recoge todas para las quimeras. Ellas son su única forma. Ésa se deja hipnotizar e embaucar por ellas, las interpone entre la vida y ella misma, hasta que la deslumbran y la ciegan ante la realidad.Sin embargo, - que grande es su contradicción-, que sabe, bien lo sabe- que la música no es partitura. Las olas no son el mar. Que las cosas no están ahí para que ella las traduzca.  A mi lado, una multitud de sombras expectantes, camina junto a mí. Inspeccionan el mar, miran al horizonte, como esperando…¿Será que esperan algo? ¿Esperan quizás que se humedezca de esperanza su desolación?¡

Ay, quimeras mías, que el mar no va a traeros el amor, simplemente os permitirá bañarlo con la espuma de lo esencial! Su amor es nunca hallado. ¡Pobres ilusas!Son sombras, mis sombras, las que pasean desamparadas su descolorido contorno por un camino sin destino. Suelen salir al atardecer, cuando el sol del día a día se retira y la penumbra de los recuerdos del ayer recupera las riendas del esplendor. Vagan en dudas entre la orilla y las olas, esperando un destino inexistente, esperando un amor que jamás llegará.Alguien debería contarles que no se forja un destino aparcado en los absurdos, alguien debería advertirlas de que no ama el amor a aquellos que en resguardo de su corazón lo adormecen.

Alguién, si, ¿pero escucharían?
Sin embargo, triste balada la de aquellos que dejan que la vida venza su ilusión. Amargo transitar el de aquellos que no osan luchar por sus quimeras cuando la realidad trató de cercar su espíritu.

En esta orilla que frecuento, crece un arbusto de color de las sombras, y el aire que también como yo, pasa de puntillas, silba como sólo lo haría una sombra. Entre esas secas ramas, encontré un pergamino y en él se pudo leer:
“Aquellos que vivieron la vida sin amor, murieron con la negación de la vida misma.
Yacen enterrados en las realidades. Si los buscáis, allí los encontraréis.”

¿Qué soy en éste mundo? Para los otros, un cuerpo, un rostro pronto devastado por los gusanos, los siempre advertidos. Soy esa que el tiempo barre.
¡Cuánto, cuánto, con qué fuerza odio las formas y sus cárceles!
Lo que todos admiran para mí no es más que barro. Odio la forma que he tomado en este mundo. ¿Belleza? No, sólo efírema danza de gusanos...

Con el corazón pleno de vacío, de tristeza nebulosa (la que me otorga la certeza de no alcanzar mi verdad) , desde la noche canicular de mí mazmorra, una atenta servidora del mundo, de vosotros y del mundo toda; vuestra ante todo, a quienes amo en profundo silencio, vuestra de verdad, la que os amará siempre, en el más absoluto de los silencios, la que sólo ha nacido para morir por la causa, la que no tiene libre albedrío, la que vive entre los vivos, sin formar parte de los mismos, la que vino a nacer condenada:

Claudia Bürk(Sub umbra floreo)

miércoles, 16 de abril de 2014

Secretamente amadísimo mío

Secretamente amadísimo mío;

De nada sirve lamentar la añoranza de este imposible afecto. 
De nada, silenciar la paralela emoción de mi impuesto sentir cotidiano.
Eres, como te voy diciendo sin que me leas, la excelsa felicidad, que hace que todo se nutra de un poso de dulce melancolía; apacible pócima que me procrea la secreta placidez de irte sorbiendo con la atención extrema de mis palabras, con tus gestos y tus miradas, - todo sabiamente en mí retenido- tú: misteriosamente desgranado, para que, al tenerte cerca, sorba de ti lo preciso, siendo tú el deudor de la inocencia de una misma mirada, en un mismo tiempo.
Casualmente o no, tu en un extremo de una mesa y yo en la otra...

Porque adentro, en esos ojos mios que te indagan sin pedirte permiso, que te sondean sin tu advertencia, irradia el polen de mi aflicción, la melancolía de toda mi intimidad, que tiene mucho que ver con las razones más hondas de mi soledad y de mi secreto. 
Cuando mis ojos posan sobre los tuyos, justo entonces, ocurre ese tiempo definitivo en el que las palabras que callo liberan el corazón y reclaman la vida, o mejor, exigen la vida, la consuman según van desvelando su secreto. Dentro, muy dentro de mis pupilas, tendidos estan los lazaretos que ellas mismas ocultan al mundo, para que nadie me pueda echar en cara mi aislamiento.

Sucumbo a la pena de lo que la intimidad no nombra, de lo que el secreto guarda para evitar el riesgo o la amenaza. 
Y es que tras el viento de cualquier tragedia no queda más remedio que silenciar el corazón, ocultar la verdadera identidad, con tal de no desvelar la herida, la inteligencia, la veraz manera de pensar, para nunca más volver a ser lesionada a causa de haber pensado.
Prisionera de la desgracia de mi suerte, me convertí en la vigía de mi soledad y de mi decadencia. Prisionera al mismo tiempo de los frutos de mi observación, de ver a los demás ante la autodefensa hacía su reconocimiento, esa forma que tienen todos de no dar importancia a lo que todos vamos sabiendo que la tiene, esa propensión a que el olvido y el disimulo de uno mismo sea la mejor manera de no ser conscientes de lo que verdaderamente nos pasa.

Sin salida seremos parte del montón, robots manejados por un mundo hóstil, con nuestra conciencia cerrada a la humanidad, nuestra más férrea enemiga. Nuestra mente será para todos inpenetrable como una roca y para nosotros la cadena perpetua.
Con las consecuencias del orgullo, maligna soledad habremos conseguido. ¿Habremos entonces llegado lejos en un mundo incierto?  Los años habrán pasado sin amortiguar en nosostros esta sensación amenazadora, la cual es tolerable sólo para aquellos que tienen la virtud de soñar y escaparse del veneno mortal que es la vida.
La sensibilidad que del adverso mundo nos volcaría hacia el mundo de los sueños, nos fortalecería al alejarse el acoso de la melancolía de nuestro horizonte vespertino…¿Pero quienes se enbarcan en semejante aventura, querido mío?
Nadie arriesga. Y los pocos que apostamos por el ensueño, nos vemos obligados a hacerlo en secreto y a escondidas, porque el temor a las mudanzas de la vida es demasiado poderoso.

Por ello, secretamente amadísimo mío, al hacerte llegar estas letras, me siento como si me apartara de todo. Son el atrevimiento de mi alma: a espaldas incluso de los árboles y de las nubes. Es subirme a un escenario, cuando todos los espectadores se han ido, mientras paso al otro lado del telón. Y estás ahí, tú que jamás me ves cuando me miras, dueño de una vida oculta,  -la mía al soñar - con los ojos cerrados, silencioso, observando mi secreto del que nadie sabe nada, solamente tú.
Entonces te hago hermanar con mi alma y con mi destino también, a través de las palabras. Mientras al leerme sientas ya no pertenecer enteramente al orden de lo real sino al de la imaginación, moviéndote entre conjeturas, preguntándote porqué esa que crees que te escribe, no parece la que es en tu realidad, entre estos párrafos.

Ésa que se halla en el filo de caer hacía donde no se puede volver; ésa que te quiere como jamás se ha querido en este mundo, se inclina ante ti con el corazón a tus pies:
c.