Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Mi cuento de Navidad: la visita del ángel.

La visita del ángel.

Javier no estaba muy convencido de la existencia de un Dios. La vida era cuanto sus sentidos abarcaban. Con lo dado, un juego de máscaras. Su existir era la realidad de sus actos. No se cuestionaba las cosas más allá de lo invisible. No le suponía ninguna catástrofe no hallar el sentido de la vida o de algo que la justificara. Sencillamente no era el tipo de hombre que perdía el tiempo filosofando. Siempre tenía demasiadas cosas que hacer; su trabajo le ocupaba mucho tiempo. Para Javier, una existencia intensa suponía el placer que se proporcionaba a sí mismo al realizar sus proyectos con eficacia y dedicación. La culminación de su porvenir pareció llegarle una mañana cuando sus jefes le ascendieron de forma inesperada y súbita, un par de días antes de Nochebuena.

Esa misma noche le costó mucho dormir. Inquieto, dio vueltas en la cama intentando encontrar una postura cómoda que le permitiera conciliar el sueño. Reflejos refulgentes agitaron sus sentidos. De pronto, algo pareció iluminarse en la habitación, pero Javier no logró identificar de dónde provenía ese halo luminoso y blanquecino. Al mismo tiempo le dio la impresión de estar percibiendo una voz que, entre susurros, se tornaba más y más inteligible. Oyó como ésta pronunciaba claramente su nombre.

─Javier ─Escuchó aquella voz suave y melosa, como los ronroneos de un gato─. Javier, estoy aquí contigo.
Sobresaltado, se incorporó y miró por encima del hombro, pero no había nadie en la habitación y supuso que hubo delirando, sumergido en la semi-inconsciencia que lleva sin demora al sueño profundo. Entonces volvió a escuchar su nombre y el corazón se le aceleró, mientras su pulso cabalgaba en sus venas como un caballo asustado.
─Javier, amigo mío, soy un ángel del Señor y aquí estoy para decirte que Dios desea verte, vis a vis. Ya es hora de que le conozcas y Él te propone que os encontréis en Nochebuena, allí donde tú le propongas. Deseará abrazarte, Javier, estrecharte las manos de hombre a hombre.
─¿Esto es real? ─logró balbucear Javier, con un hilo de voz, temiendo estar perturbado.
─Tan real como la vida misma ─susurró la voz del ángel, igualándose ésta al sonido de dos copas de cristal colisionando.
─Estaré entonces mañana al iniciarse el crepúsculo en la colina frente al bosque. ─Javier sintió no estar en sus cabales. Habló por hablar sin la certeza de nada.
─Muy bien amigo mío. Te exijo como único requisito que le lleves algo a Dios. Un regalo, digamos. Algo valioso para ti. Aquello de lo que más te cueste desprenderte.
─Pero... ─Javier quiso hablar pero se dio cuenta de que acababa de abrir los ojos. Por mucho que tratara de convencerse a sí mismo de que esa conversación la había estado soñando, no lograba identificar el suceso con algo que hubiera estado fuera de la realidad. No obstante, ya no estaba seguro de nada.
Al día siguiente ─para su propio asombro─ Javier despertó extrañamente cambiado y no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido durante la noche anterior. Convencido de acudir a su cita con el Altísimo, le impacientó la idea acerca de qué presente podría ofrecerle a Dios, qué sería aquello de lo que le costaba más desprenderse para llevarlo ante Él.
─¡Ya lo sé! ─caviló─. En una gran mochila le llevaré mis monedas de plata antiguas, mis ahorros bancarios y mi reloj (un rólex de oro).
Llegando la hora del esperado instante ─todavía pensaba que era de locos fiarse de una alucinación auditiva─ escaló decidido el cercano cerro, cargando la pesada talega a cuestas, para ofrecerle así todos sus bienes a ese Dios en el que nunca había creído.

Finalmente llegó jadeante y trémulo de ilusión por lo insólito a la cumbre, pero ¿dónde estaba Dios?, ¿qué aspecto tendría? No lograba verlo por ninguna parte. Javier rompió a llorar, consternado y desilusionado. ¿Cómo podría haber sido tan necio; haber llegado hasta allí confiando ver al mismísimo Dios?
Girando sobre sus talones y a punto de dar media vuelta, escuchó de pronto la misma voz que había percibido la noche anterior. Ésta descendía de las nubes como una lluvia de cristal líquido:
─¿Quién anda sollozando por ahí abajo? ¿Eres tú Javier?, pues no te veo.─indagó dulcemente el ángel del Señor.
¿Qué clase de obstáculo has puesto entre nosotros? ─ésa vez hubo otra voz indagando, cuya resonancia resultaba notablemente más grave. Javier supuso que tan sólo podía tratarse de la mismísima voz del Señor.
─Sí, sí, soy yo, tu hombre elegido. Te he traído este bolso repleto de todo aquello de lo que ─si no hubiese sido por este asunto─ nunca me habría desprendido.
─¿Pero por qué te escondes tras esa enorme talega? No logro verte de ese modo. Deseo abrazarte: por tanto, arrójala lejos, bien lejos. Vuélca ese saco, Javier. De nada me servirían a mí esas riquezas que tan afanosamente has ido acumulando. ─se pronunció Dios.
Javier no daba crédito, ni a los hechos ni a lo que le estaba pidiendo…¡Dios!
─¿Volcar todas mis pertenencias, arrojarlas? No, Dios mío, estas cosas te las traje para ti, tal y como me pediste. Lo he llenado de mis... ─La voz del cielo le interrumpió.
─¡Tíralo, tira todo lo que llevas encima! Dáselo a otro si quieres, pero libérate de ello. Sólo algo tan simple como tu espíritu liberado de las cargas materiales podrá acceder a los terrenos estériles y no conquistados de este universo. Yo he venido a abrazarte y lo único que deseo de ti, Javier, son tus─ Dios hizo una solemne pausa─. ¡Errores! ─completó, suspirando desde las alturas.
¡Extiende tus manos, abre las palmas, que yo tomaré tus faltas y no dejaré ni una sola en ti. ─El Altísimo habló con voz consternada─.Al igual que te pasa a ti, le sucede a toda la humanidad entera: os cuesta despojaros de vuestras culpas y ésa es la peor condena que pesa sobre vosotros. Ése es vuestro verdadero infierno.
Desde la lejanía comenzó a modularse un villancico. Javier sonreía, a pesar de tener los ojos llenos de agua. Eran los cánticos de los niños del pueblo que cada año se reunían al comienzo de la Nochebuena en torno a la plaza central. El hombre cerró los ojos y Dios continuó hablándole desde lo alto.
─¿No sientes como poco a poco eres más ligero, al disiparse frente a mí aquello que nunca desearías haber acumulado? Permítete saborear la bondad que no pretendes mostrar por temor a ser pisoteado y ultrajado: ante mí puedes actuar tal y como eres, pues bien sé de la pasta de la que estás hecho. ¡Cobija en mí tus pensamientos, confía en la Bienvenida que te ofrezco y recuerda estos instantes cuando regreses a tu vida mundana! Sólo así sabrás discernir la importancia de llegar a tu destino por el mejor y más sabio camino, y no por estrechos pasadizos que prometen una riqueza superflua a cambio de un sacrificio que realmente no merece la pena, pues ésta se agota y de nuevo te reencuentras contigo mismo, desnudo, desvalido y pobre en espíritu. Aprovecha la segunda oportunidad que te brindo para despertar en una supletoria vida que te sirva para llegar a una esfera superior, a la que tú mismo te encargarás de acceder guiado por el sendero de tu verdadera conciencia.

Javier entonces, sin dilación, lanzó la pesada talega monte abajo, y ésta se abrió esparciendo su contenido por los barrancos. Una hurraca descendió desde el horizonte, llevándose en el pico una moneda de plata.
─¡Una estrella! ─pensó el pajarraco─. ¡Una estrella ha caído del cielo para mí! Hoy es Nochebuena y mañana Navidad ─y marchó volando, tan contenta.

Javier en ese instante abrió los ojos como platos para vislumbrar la faz de Dios ─ahora al fin lograba verlo en todo su esplendor─ y lloró de pura alegría al sentir como contemplando aquella faz logró emanciparse de todas las leyes terrestres, de todos los complejos, males, resignaciones y disimulos y de todo lo que parecía eficaz y logrado. De pronto asimiló lo incomprensible, ya nada era postizo, ni falso, ni aparente mientras Dios y él se fundirían a partir de ese instante, en un abrazo. Un silencio exquisito envolvió a la extraña pareja como a un regalo.

Solamente el ángel del señor, que todavía se hallaba ahí presente y sonrió para sí complacido, comprendió que un abrazo concedido por Dios siempre resultaba ser eterno.

Sub umbra floreo: C. Bürk

Comentarios

  1. Dios te abrazó con el don de la palabra, ahora tu le devuelves el abrazo usándola.

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  2. que tierno!!!!
    feliz navidad mi niña

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  3. Estupendo relato. Ideal y sublime, para estas fechas.

    ¡Feliz Navidad!

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