Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

El viaje sin retorno





El salvaje traqueteo del tren deslizándose sobre los raíles, sacudió a Sara de un lado a otro, como una muñeca de trapo. No sintió la más mínima apetencia por erguirse. Los hombros le pesaban sobre el torso. Y los brazos los mantuvo estirados sobre las rodillas, con las muñecas hacía arriba y las manos abiertas, como una ahogada. Miró por la ventanilla, con la mirada perdida, vaciada de toda ilusión. Vio danzar luces y edificios. Obtusas fachadas de viejos construcciones, ropa colgada en los tendederos de las ventanas; reminiscencias de la rapidez con la que pasa la vida y todos los sucesos que fueron sagrados, son luego infernales. Madrid aun quedaba lejos.
Viéndola ahí sentada, sólo se asemejaba a una niña, en la cual lo único que recordaba la alegría, era su vestido floreado. Tan inofensiva y tan poca cosa.

“Tengo el diez por ciento de descuento. La oferta del mes para matar.” Sara repasó aquello retóricamente para sí. La semana de navidad era unas vacaciones para mucha gente. No lo sería para ella. Sara viajaba a Madrid en AVE con la intención de quitar de en medio una vida. 

Se encontraba en un verdadero aprieto. Todavía nadaba en un caos primigenio, sin una idea clara de cuál sería el siguiente paso en su vida, después de hacer  aquello a lo que venía dispuesta. Su espalda se encorvó y volvió a mirar por la ventana. Afuera, las personas. La vida. Y niños. Sobre todo niños…Cuantos. Cuantos. Los supuso ahí fuera, en todas partes, pero solo los supuso. El tren circulaba con tanta rapidez que ella no hubiera podido advertir a una silueta humana, aunque su vista se esforzara en hacerlo. Enfrente de sí, una anciana le sonreía benignamente. Una sonrisa mágica y radiante.     
                                                                                        
No necesitaba sonrisas. No de esas. No le pertenecían. Tal vez sí un puñetazo en la boca. 

Sara escuchó los ruidos de la respiración producidos por la vieja. La luz de su boca plegada la inundó con vehemencia. Miró al suelo para recordarse lo sucia que era su propia alma. Sara se consideró una pésima persona. Valdrá decir que un despojo. Una lágrima se fue aflojando de su lagrimal, ladina y sobrante, cayó y topó con su pómulo por el que resbaló lentamente. La abuela que tenía enfrente de sí la dio por buena, arqueando sus cejas hacía arriba en una mueca compasiva. También los asesinos lloraban.  Porque no sabían lo que hacían al matar a inocentes. O tal vez sí lo supieran. Los ojos brillaban en el rostro de la muchacha, tiñéndose en un barniz oscuro, una pátina similar a la ceguera.     
                                                                 
No esconder lo fraguado. Comprender y asimilar sus propios motivos para aquello, mantenerse serena, atravesar las realidades con pies de plomo y la cabeza helada. Negar sus razones, no hacía más que empeorarlo todo.                                                                                       
−Me odiaré a mi misma por el resto de mi vida –se descubrió Sara mientras inmovilizaba los ojos de la otra viajera con los suyos, como una trampa. La mirada astillada de la otra bajó hasta el suelo tambaleante del vagón.                                                                                     
−¡Cuántas tragedias de la puta vida! Tengo el vientre lleno del peor amor y me asquean mis entrañas. Me las arrancarán como quién se arranca un vestido. Así de fácil. Pero qué difícil. Tan jodidamente difícil… –Sus ojos al pensar, como las de quién confiesa o vomita,  más, más oscuros se tornaron.           
                                                                                                                              
Ah. Qué fácil y qué difícil. Como todos los dilemas gordos. Sara le dio un bocado a un bocadillo, convertido en cena. Y al tercer mordisco, lo tiró al suelo y salió corriendo en dirección del baño. Las arcadas secuenciadas una tras otra, la empujaron adentro y bajo convulsiones de dolor, asco y olor a naftalina lo echó todo afuera: el trozo de pan, la vergüenza, el miedo y la repugnancia de ser quién era. Pálida, en la luz acuosa, se convirtió en muerta, con el corazón latiéndole con rabia.
Ya de vuelta a su vagón, no recordó el momento de quedarse dormida; la vieja acurrucada a su lado, su cabeza reposada sobre el regazo de ésta y esa, entonando un “la la la” como si fuera una nana. Un fuerte timbrazo y la voz rancia de un hombre la arrancaron del cielo de los sueños. “Última parada, Atocha”.

La pecadora luchó con sus párpados. Al poco estaba saliendo del tren y tiritando de frío. Allá iba su autobús, con calefacción y la radio con las noticias de las seis de la madrugada en todo el territorio nacional. Subió arriba; en la panza su tragedia, mientras un olorcito a tabaco negro le regaló una nueva convulsión.

“Aguanta, Sara. Aguanto, coño” se dijo a sí misma bajo un ataque repentino de locura que le hizo rotar los ojos en las cuencas como ruletas chifladas. Ella que siempre hubo sido loca, buscó la ocasión  -qué coincidencia- escondida entre los otros locos ahí presentes, para llevar su mal a lo más alto. Se levantó, la mano palpando la tripa, para saber si estaba cerca. Quedaban diez minutos de camino, la había informado el conductor cuerdo, que de su locura no sabía lo más remoto. Éste había subido el volumen de la radio con canciones terribles.  Sonidos rancios para calcinar los nervios, las elecciones fatales, la matanza y la tragedia, los caminos recorridos con el alma a ciegas, los gritos de ella que se ahogaban en el fondo de los silencios. Transitó el momento antes del destino. 

“Ahora te bajas aquí, muchacha” –el trayecto la había llevado a la clínica escogida a clic de ratón desde Gerona. Esa, la de la oferta para este mes al 10%. Apenas vio su propio reflejo en el espejo retrovisor al girarse, a lo lejos ya, como un hito apocalíptico. La oportunidad de matar y sacarse la mierda que le habían metido adentro de una vez para siempre, detrás de una puerta de cristal azul. Decidida, empujó la portezuela; tras ella la lengua lenta y gorda de una noche gris que se desvaneció en el mortífero alba. El médico asesino le acarició la cabeza al verla llorar, otorgándole la bendición de la inconsciencia, tarjeta de crédito en mano. Solvencia metálica a la sagacidad y a la lujuria criminal, disfrazados de alivio ajeno. Porque también era psicólogo, el asesino a sueldo. Primero un atisbo, luego, un inmenso dolor rodeo el corazón de Sara, un sentimiento maternal repentino la agobiaba, un llanto continuo comenzó a surgir de su interior, pero dentro de la trampa ya no había consuelo. 



−Ahora necesitamos su consentimiento con una firmita –convino el psicólogo-homicida, con expresión neutra, como si estuviera vendiendo un seguro para la moto. Por dentro parecía estarse muriendo de la risa. Sara comenzó  a pedirle a ese dios que ya le había vuelta la espalda perdón por todo lo que iba a suceder en breve en aquel lugar. Nadie vino a secarle las lágrimas ni a ofrecerle un pañuelo de papél, cuándo una enfermera de bata menta la metió en un habitáculo separado por más cortinas menta.  Sara jamás en toda su vida hubo estado más sola. 

Desde ahí le llegaron los lamentos y los lloros de las otras. No supo si de sus cuerpos ya vacíos, o de sus miedos anteriores. Pasó más de media hora y Sara, con la lentitud de una anciana, de un niño o de un psicópata, se recostó sobre la camilla menta; puso dos manos que se cerraron abatidas bajo una mejilla y se postró cara a la pared, como los castigados. Ahí, una estirada mancha de humedad proyectaba la silueta de un feto contra la pared.

Un miedo horrible se apoderó de su vida, presintió que podía morir en ese procedimiento, pero caviló nuevamente, como si sus pensamientos fueran los del demonio "no, no puedo tenerte. Tu padre no te quiere. Ni a mí tampoco”. 

Al poco y casi tras una hora de espera en el purgatorio, una enfermera-travesti-menta descorrió los cortinajes, diciéndole en un tono inquisitorial que la siguiera. Sara levantó la mano y con voz quebrada pidió "yo quisiera antes, que me realicen un sonograma, para ver, aunque sea por última vez, lo que hubiera sido mi hijo". Con un gesto que proclama la obviedad de quién toma una pregunta por sobrante, la enfermera monstruo le explicó que aquello sólo se hacía una vez y que no había tiempo para más veces, que las veces había que pagarlas y que había muchas pacientes (¡Ja! ¡Pacientes!) esperando. Aquellas carnicerías se realizaban en cadena, como el montaje de un coche o un juguete. 

Sara se quitó la ropa, se puse una bata menta, chanclas menta y gorro menta. Menta. Menta. Menta. Se sentó a esperar en un sillón reclinable, como en una silla eléctrica o bajo una guillotina, junto a otras seis mujeres también a punto para ser vaciadas de su mal. Cuando tocó su turno, las piernas le temblaban como flanes de gelatina. Una baba espesa le resbalaba por el labio inferior y le dio la risa floja.
−¿Te parece cómico todo esto? –Una enfermera cuya mano era hielo agitó el hombro de Sara, supuestamente estaba allí para ayudarla en el procedimiento. Sara, con toda la atención puesta en los absurdos detalles, para escapar de la realidad, contó las pecas en el rostro de la mujer menta. Esa y la enfermera-travesti-menta la sujetaron, porque Sara tuvo fuertes espasmos, como relámpagos, en sus adentros. Llegó a la escena un hombre alto, carraspeante, serio, asesino. Un maltratador verbal que tan pronto vio a Sara, comentó "no me gusta como se ve a ésta", a ésta, como si fuera una cosa, tan solo una cosa envuelta en telas menta. Un trozo de carne menta, con una tarjeta de crédito con fondos.  Sara olfateó la mano del criminal al tenerla cerca de su nariz y esa olía a desinfectante y a tabaco negro. A punto estuvo de vomitarle encima, pero detuvo la arcada con un gesto resorte. De alguna parte sonó música jazz. La música calma y hace gozar a las fieras. El psicópata-psiquiatra-galeno-asesino indicó a Sara las instrucciones, como un capitán del ejército.  

−Te voy a realizar un endovaginal, aquí vas a ver lo que tienes ahí adentro como tú pedías, y yo veo en qué posición está la cosita esa, para luego succionarla con este instrumento –en lo alto mantuvo una especie de aspirador inquisitorial; instrumento de tortura para las débiles de carne. Tan pronto introdujo el tubo en su vagina, Sara se quejó de dolor. Don Torquemada fue muy brusco, brusco a propósito, como quién disfruta del dolor ajeno, del sufrimiento y la indefensión. 
−Nenita, si esto te duele, prepárate para lo que vas a sentir en breve. O haberte imaginado el parto. Esto es lo que pasa, cuando somos irresponsables. En esta vida todo tiene un precio –lo dijo silbando, con fulgores de fuego en los ojos. El sillón de tortura sobre el que Sara tenía recostadas sus posaderas desnudas, con las piernas en alto y su vergüenza al aire, se convirtió bajo ella en una enorme bola de fuego, tanto le quemaba. Ya estaba en el infierno. Tal y cómo le dijeron que ocurriría si se decidiera a abortar.



 El aspirador en su vientre comenzó a obrar, tiró de sus entrañas como una manada de pirañas al sacarle las tripas de dentro afuera. El dolor fue insoportable, indescriptible. Fulminante. Sara levantó los brazos, los sacudió como señalando ese trozo de mar en el que se hundía. Gritó y tras ello, vino la bendita inconsciencia. Sólo por unos pocos segundos, luego la abandonó para devolverla junto al galeno-monstruo y las enfermeras infernales. Ligera, y sin voluntad como un puñado de plumas, Sara se agarró de sus batas de menta, gritando como una posesa al ver tanta sangre salir de sí. El rostro lo tenía reluciente, frío y empapado. Sara tosió hasta llorar, como una niña pequeña, a golpe de pecho, cual condenada a muerte.

−Te damos una compresa. Es posible que tengas pérdidas de sangre por un tiempo y molestias. Si ocurre cualquier cosa, llámanos a la clínica –la enfermera-travesti se lo dijo sin mirarla, en tono rutinario como una beata que reza el rosario. El asesino ya se había desvanecido del lugar del crimen, como una sombra.

−Ahora ya sé… −caviló Sara debajo de su carga, mientras heló con su mirada al resto de pecadoras ahí presentes, como cucarachas de color de menta, esperando ser atrapadas.

Sara salió de la clínica tambaleándose. A nadie le importó a dónde iría ahora o si se encontraba bien. Su tarjeta de crédito ya había sido succionada por los vampiros de menta. La gente se deslizó a su lado, como espectros verdes. Y nadie sospechaba sus culpas. Su rostro se mezcló entre esos rostros sin rasgos y entre los cuerpos líquidos  de los otros y los destellos solares de la mañana. Gente dura, sin tiempo que perder, calle arriba, calle abajo. Vio a un hombre hurgarse la nariz ante la entrada del Corte Inglés. El mundo como siempre. La bendita planicie de los días benditos. La Matabebés siguió caminando sin rumbo a ninguna parte sin atreverse a mirar abajo, por miedo a que su pantalón llevara las inexcusables marcas de su crimen. Sintió la humedad de la sangre correr piernas abajo. En el embarazo de fingirse invisible, cruzó la Gran Vía y el sonido chirriante de un claxon inundó el aire por completo. Lo que quedó visible de Sara era un gran charco de sangre y su rostro arrugado entre este. El pañuelo que hubo tenido al cuello, flotó alrededor de la escena como un espectro errante. Y finalmente, el aire se lo llevó.  Un corro de personas se arremolinó alrededor de la mancha roja. Manos, decenas de manos tras las cabezas y rostros exclamando. Una bocanada de música Jazz revoló por los aires al igual que la bufanda. Y volvieron las batas menta. Pero para cuando éstas auparon el cuerpo de Sara, su corazón ya se había detenido para siempre. Lejos de todos; de su pecado, de su amante gallina, de las batas menta. Y del mundo.



En alguna otra parte, la oscuridad abrió un cajón lleno de ropita de bebé, sacudida por el viento que no venía de ningún lado. Una flamante madre levantó un niño en brazos y caminó solemnemente hacía la luz, mientras ahí, en el mundo, ambos sólo dejaron unos pedazos de carne, el asiento vacío de un tren  y sangre, mucha sangre, junto a las meras apariencias.



Sub umbra floreo: C.Bürk

Comentarios

  1. Se vive y te desgarra...Es un relato increíble que creo que no puede dejar a nadie indiferente. Me gusta el estilo, la historia, pero sobretodo las descripciones. Cada palabra es una bomba de relojería en el mente, te felicito :)

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  2. Es un relato estremecedor, en el que la protagonista, incluso antes de tomar la iniciativa, que la llevará a su propia destrucción, ya se siente condenada, por lo que se flagela continuamente, durante todo el proceso, hasta su culminación. El asco y la autocompasión que siente hacía sí misma y hacia lo que habita en sus entrañas, se mezclan con lo que, en su fuero interno, sabe que podría haber sido y no fué. Su impotencia, al no poder perdonarse, quizás es lo que atrae irremisiblemente la tragedia.

    ¡Felicidades, Claudia!, por este estupendo relato, lleno de dramatismo, donde aprendemos que la persona incapaz de entender, en toda su amplitud, el porqué y el cómo de sus acciones, atraerá hacia ella toda la infelicidad que cree merecer.

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  3. Es el relato que describe con el realismo y la sinceridad más plenos los sentimientos de tantas mujeres que han sido presionadas por la subcultura de la muerte y la irresponsabilidad de los políticos para abortar.
    Claudia: es un relato que puede remover muchas conciencias.
    Sigo rezando por ti,

    Rafa

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  4. Imposible que no te haga estremecer el final de Sara y su bebé, en un mundo donde todo vale, menos la propia vida. El ser humano ha perdido el norte y por mas que nos sea indicado el camino por quienes en verdad lo conocen, la mayoría prefiere seguir el de la materialidad.

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