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FRAGMENTO FILOSÓFICO (alejado de la trama per se) DE MI NOVELA -A PUNTO DE VER LA LUZ- "MADAME TOILETTE"



FRAGMENTO FILOSÓFICO (alejado de la trama per se) DE MI NOVELA 
-A PUNTO DE VER LA LUZ- 
"MADAME TOILETTE"
Copyright © 2016 Claudia Bürk
Todos los derechos reservados.


“Una novela que es como una oda, un himno, a los humildes de este mundo. Una obra que vuelve a estar impregnada de selecta ironía y de elementos subconscientes que darán a la narración un toque de atmósfera rancia. 
El escenario: unos urinarios en el París de los años veinte. El personaje central: Marie, una cuarentona que nunca se desprende de los rulos sobre su cabeza y a la que todos apodan “Madame Toilette”; una apasionada espía de los extraños que se obligan a caminar por la vida con máscaras. 
Madame Toilette  toma como excusa la extrema servidumbre, para desahogar así sus protestas contra la vida y echar en su nombre cargos contra lo que le resultan adversos.
Aquel que lo narra todo es, sin duda, el más singular de todos los personajes: Dios se alía con el diablo para trabajar en equipo y así instruir a los que habitan la creación.
Un libro que nos recuerda a la película “Amelie”en cuanto a estética y originalidad. Y por otra parte, nos recuerda con sus delicadas y audaces filosofías vitales a "El mundo de Sophia". 
Una novela para todos aquellos que buscan el sentido de sus existencias, pues responde a todas las preguntas.”


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E
se tiempo truhán, ¡qué canalla! Detenerlo, ¿para alguien sería posible? ¡Ja! Ya saben que para mí todo lo es. Pero no así para los humanos                                                                                                                              
Recorro las emociones de quienes viven su historia en el mundo. Oso ir en la misma dirección con la que el tiempo atraviesa a mis criaturas, infalible e inmisericorde. O así lo hago actuar.                                                                                                                 
Como hojas en el viento, os lleva Cronos hacia esa finalidad oculta de la vida que muchos llaman destino; saturando de realidad, vaciando de algo que llena para volverse a llenar con lo que viene delante, haciendo correr con él, en desenfrenados afanes, en chispas de esperanzas, en desdichas y luego en carcajadas, pero al fin desnudos todos ante el devenir inevitable de lo que perece, desafiando a cada instante la razón humana: esa cognición que tan frágil se hace ante los dolores que les aprisionan el sentir y que inflaman sus ansias. Esos reflejos de la sombra que nos recuerdan que la luz existe fuera de cada segundo y que a cada paso del minutero, se muestra aun en los sufrimientos, hija de la sensación alejada de la carencia.                  
El principio y el fin habíanse perdido para Daniel y para Sophie, en esa ocasión. Palabras, que repetían continuamente su ritmo. Finales. Principios. El tránsito de los minutos.  En el mundo todo tenía un sitio y un orden. Una hora, una fecha, un minuto.       

La tiranía del tiempo se extendía desde los hombres, hasta el alto pino y desde éste hasta los pájaros. El tiempo veía con sus ojos las falaces fachadas de los palacios, las riquezas y las decadencias silenciosas que flaqueaban en los sentires humanos.                                
En el mundo se trabajaba por el acumulo de cosas temporales. Casas, hombres, campos. Todos temporales. Cronos veía cómo laboraban y como celebraban los hombres. Celebraban fiestas en sus grandes mansiones. Como si no hubiera un mañana, por un solo día.
Ostentaban posesiones y bienes con la misma finalidad que esperaban a las barcas que acababan por podrirse en los ríos vacíos. Asemejaba a oír callar a las gaviotas que perdían sus vidas al alzar el vuelo tras el verano, sin fuerzas a causa de los excesos.                                 

Música. La vida era música. Aquella música festiva durante las celebraciones humanas tenía lo máximo de fugitivo. No poseía aliento. La música anestesiaba a los hombres en un trance de eternidad. Les hace abandonar la sumisión en las abulias. Empero, el tiempo era una lepra que contagiaba cualquier actividad.                                                       
 Las manecillas de los relojes, cual encabritados punteros señalaban siempre, siempre, la vuelta a las rutinas. Y andando el tiempo, tan sólo dejaba a los hombres el dolor punzante de algunas nostalgias falseadas, afanando no olvidar.                                                  
 Si, la música pasaba, si cabía, más rápida que las agujas de los relojes. Recordaba a la fugacidad de las alegrías. La música era una cara mirándoles, detenida ante los cristales sucios de sus ventanas, ciega y rota. Un rostro procedente de las remotas trincheras, con la tierra de la podredumbre en la frente y un sombrío estupor ante las permutas en el mundo. Todo, muy pronto formaba parte de lo que ya no existía. Todo se marchaba con los remolinos de los mares, con el alboroto de los vientos o las desbandadas de las aves migrando a un tiempo más cálido.                                                                                         
Lo que llegaría para todas las criaturas existentes en el presente, también se difuminaría, al igual que los límites del horizonte cuando toca el vasto mar, o la noche que llega para volverlo todo fosco.
                                                                                                                                              
Sin embargo, en el mundo había algunos asuntos que se resistían a desaparecer.            
Asuntos malignos que se empeñaban en subsistir. Perduraban dentro de los hombres. En sus mismos corazones. Eran asuntos que les carcomía desde dentro. Cosas que partían desde el desconocimiento de sí mismos, empeñados en buscar sus propias faltas en los demás, antes que detenerse a buscar en su propio interior. Pero aquello exigía valentía, además de madurez. Todo lo que molestaba en los congéneres no podía advertirse de no conocerlo desde sí. Molestaba en los otros lo que molestaba, en el fondo en uno mismo.    
Yo enviaba a las almas al mundo, dividiéndolas en mil apariencias y sin un solo recuerdo de lo mucho que hubieron sido las otras veces, precisamente para conocerse cada vez de nuevo. Les hacía vivir dolor o alegría, amargura o felicidad, según lo que cada uno precisaba, pactando tal acuerdo con Cronos, diosecillo del tiempo.                                     
Una vida no bastaba. Conocerse exigía incontables situaciones de realidad. Innumerables prácticas nuevas. Muchísimos momentos señalados por el minutero. Montañas de hojas de los calendarios. Embutir a las almas en nuevas existencias, experiencias totalmente opuestas; oportunidades diversas de encontrarse a través de cada situación vital. Y también, nuevas oportunidades de hermanarse con el resto de individuos.                          
Cuando eso ocurría con alguien, cuando esa alma al fin llegaba a la conclusión de que todo aquello que les hacía o pensaba de los otros, se lo hacía y pensaba a y de sí mismo, entonces llegaba su hora de partir del mundo definitivamente rumbo a lugares más elevados.                                                                                                                               De pronto, alguna de mis criaturas maduraba así, del mismo modo que madura una fruta, a punto de reventar de dulzor. De pronto ya no importaban los propios deseos. Repentinamente, se concienciaban de ser y haber sido todo el tiempo gotas de un luminoso océano, anhelando desde la misma separación del mismo, volver a él. Se daban cuenta de que sus egos eran meras ilusiones. Que su propia individualidad era un engaño de los sentidos temporales. Y que todo lo que se hacían a sí mismos, se lo hacían a los demás y viceversa. Todos eran todo. Y cada uno formaba, en realidad, parte del otro desde siempre. El yo era una mera construcción ilusoria. Aislaba al sujeto del entorno real del que había partido –el océano luminoso− haciéndole creer que tenía una autonomía que no era tal. Yo hacía crear experiencias del “yo” a los cerebros a partir de una multitud de experiencias. Hábitos procesados entre patrones de actividad neuronal, que conforman la vida mental de todos los sujetos, hombres o animales. Colores, sabores, sonidos,  los olores o el tacto no existían más allá de la estrechez de las paredes carnales, sino que eran atribuciones de las mentes para comprender el espacio atómico temporal. Ese “yo”, como hace más de tres mil años terrestres ya decía la filosofía hindú y acuñó la palabra maya (en sánscrito, y que significa engaño, lo que no es real o ilusión). Asimismo, la filosofía védica poseía otra palabra curiosa, Ahamkara, vocablo formado por Aham, que es “yo” y kara que designa todo aquello que fue creado.                                                                                                      
Cada mañana, cuando mis criaturas despertaban de los sueños que les hubieron conferido distintas identidades durante la inconsciencia, despertaba de nuevo al “yo” unido a la consciencia. Volvían a ellos los recuerdos del día anterior y de todos los anteriores cuando habían creído ser ellos mismos. Y también los recuerdos, así como sus planes para el futuro. Volvían a convertirse en las personas que identificaban con la palabra “yo”. Todos y cada uno, despertaban de nuevo a la impresión subjetiva de que dentro de ellos albergaban a la persona que había sido bautizada con sus nombres,  que recibían todas las impresiones, tomaban todas las decisiones, planificaban y recapacitaban, negaban o asentían. En realidad, eran homúnculos que bien controlaban todas sus funciones cerebrales, pero ignoraban al completo qué eran en realidad.
El cerebro en las almas encarnadas les creaba un mundo exterior a medida. Y de ese modo –no voy a negarlo− la realidad era creada en realidad por mis sujetos. No por mí. Por ello mismo mi divinidad se la debo a ellos. Los hombres y los animales eran tan dioses y diablos como mi consocio Lucifer y yo.
La consciencia egoica en los encarnados decidí crearla como herramienta útil para que todos los sujetos puedan predecir qué harán o pensarán los otros. Un mecanismo ingenioso –la idea para ello me la dio mi socio Satanás−, ingenioso de veras, porque hace que cada cual se cuide muy bien a sí mismo por ese tiempo que anda por el mundo. He de reconocer que tardé un poco en percatarme de que otorgarle esa consciencia de individualidad a mis criaturas, automáticamente conllevaba actuaciones canallescas de todo tipo por su parte con tal de salvaguardarse, obtener posiciones más cómodas, mejores logros, posesiones materiales…Lo que les hacía zambullirse en retozonas competencias; mentían, engañaban y se empujaban a codazos. ¡Ah, Lucifer! Siempre en el punto de mira de lo fosco… ¡Pero cuánta falta hacía todo eso para hacerles crecer!
Empero la conexión directa con la realidad exterior, el océano divino, quedaba relegada solo a aquellos que debían partir muy pronto y dejar atrás la carne que les componía por los lares terrestres.
 El suceder del tiempo parecía no influenciar las ánimas de tal concienciados sujetos. Las preocupaciones se emplazaban por serenidades. Y se percataban que toda crueldad, toda aparente maldad eran caminos de transito para el bien. De súbito, todo estaba en orden por el mundo y podían advertirlo. Sus vidas se les antojaban como fiestas, aún en la más oscura situación. Llegaba a sus corazones la certeza de que toda nube oscura viene a tapar al sol tan sólo por un breve tiempo. Se oscurecía a medida que se iba llenando de agua, hasta verterla toda sobre el mundo, haciendo crecer bellas flores y frutos con mayor intensidad, haciendo que el sol alumbrara con más luz.                                                       
No. No había malignidad en el mundo ni en la naturaleza. En ninguna parte había maldad, más en el modo de enfrentarse las criaturas a sí mismas, en los sucesos y a los otros sin comprender aún que sus yoes eran sus maestros y también sus verdugos.     
El sujeto que llegaba a topar con las revelaciones vitales había aprendido a conservar la visión de perfección en las propias imperfecciones. Sabía acordarse de lo bello y bondadoso en medio de la falsedad, de lo malvado y feo.                                                            
No se trataba, desde luego de uno de esos que necesitaba encerrarse en un claustro o jurar voto alguno. Ni se trataba de alguien rehuyendo a su propia humanidad, animalidad o naturales tendencias. El hombre evolucionado, capaz de dejar atrás para siempre a las encarnaciones terrestres, veía al cielo en la propia tierra. No buscaba más allá. Ni tampoco en lo alto.                                                                                                                                    
Y cuándo me buscaba a mí, no tornaba los ojos al horizonte, imaginándome viejo, barbudo y todopoderoso. Me sabía en los otros, en los más pequeños y aparentemente insignificantes. Amaba a ese conjunto contradictorio de asuntos que yo represento. Y de ese modo se acercaba como nadie a mi faz.                                                                          
Riqueza y pobreza, amor y pecado, sentimiento y razón, masculino, femenino y un sinfín de contradicciones vistas sólo desde el razonamiento humano, eran todas juntas las responsables de tantas divisiones en el mundo humano. Responsables de todas las guerras, de todos los males. Empero, la visión de mayor envergadura de esos pocos que nombro, fundía las dicotomías, las polarizaciones en un único asunto, transcendiendo y disolviéndolo todo en Bien.
Las criaturas humanas muy erróneamente, habían pensado durante milenios que el cielo, el nirvana, el paraíso consistían en un lugar más allá de sí mismos, del mundo, de sus vidas. Han fraccionado todo en gloria o miseria. Blanco o negro. Han buscado, soñado y ansiado una meta mágica, más allá de sus existencias actuales, tildándolas de mediocres. Muchos pensaban –y se trataba de la mayoría de seres humanos− que las pruebas que yo les enviaba en forma de problemas, sobresaltos, congojas y demás exámenes, eran frutos de la mala suerte, de la casualidad. Pero yo no juego ni a los dados, ni castigo a nadie. Esa era la visión que los romanos y griegos tenían de sus dioses: meros seres caprichosos, vengativos y mal criados que tan sólo existían para hacer que los hombres sufrieran todo tipo de desgracias. ¡Nada más lejos!                                                                                      
 Yo os mando pruebas, verdaderas bendiciones en realidad. Adversidades, que hacen más fuertes y más capaces a los seres para sus próximas existencias.                                                             
A los más capaces de entre vosotros, los empujo a tremendas encrucijadas, a dolores espantosos, a aparentes terribles problemas. Y paciente espero y admiro cómo vais resolviéndolo todo.                                                                                                              
 Los hombres no necesitáis para una buena evolución más que lo estrictamente necesario, lo que a lo material se refiere. Vedada en mucho la propiedad de las cosas, la vida queda abierta al autoconocimiento, olvidando vivir en el absurdo empeño de tener cada vez más, en vez de ser. Evitando así, acabar en la soberbia y en la codicia como meta vital. Anteponer el «ser» sobre el «tener», es ganar en profundidad vital. La personalidad ha de doblegarse al constrictor impulso de poseer. La abundancia impide vuestra realización y condena de antemano a una vida corrompida en el vicio, el placer y el poder. El sentido de todas las existencias humanas tan sólo quedará resuelto en dirección a sus esencias.                          
Empero, mi poder se perfecciona en el vuestro. Pero también en vuestras debilidades. Así vosotros y yo mismo, somos el mismo halo creador. Yo no soy fuera de vosotros. Vosotros no sois fuera de mí. Lo que somos es comparable con una gran bola multicolor. Somos millones de engranajes, cada cual cumpliendo su función actual. Pero esa gran esfera muta, cambia, se transforma continuamente.                                                             
Quién antes fuera muelle y acabara oxidado, volverá como rosca, y así infinitamente. De ese modo, todos lo experimentaremos todo, seremos todo y también seremos todos. Desde la oruga al delfín. Y desde el roble a la alga marina. Desde ser hombres a ser los habitantes de otras estrellas. En la gran bola caben incontables mundos, universos y existencias. Lo que imagináis como vuestra única vida, es en realidad una de las muchas y que vosotros mismos habéis elegido para desarrollaros con anterioridad.                                                                                                         
En la tierra, a los santos yo los llevaba de vuelta. Ya lo había dicho. Una vez alcanzada la santidad en la condición humana, teníais que ocupar otros lugares. ¿Pero qué eran los santos en realidad? Pocas de vuestras ideas religiosas coincidían con la mía. Designar acciones santas, no era precisar del carácter esencial ni universal de la santidad nombrada a dedo por los mandamases de la iglesia. Ni eran santos los desligados de las mundanerías, refugiados en lo alto del Tibet, practicando ayunos, ansiando sacudirse todas sus humanidades de las espaldas. No, amigos. La santidad partía desde un tráfico de experiencias variopintas, vividas con anterioridad. Partía de un acumulo de buenas y malas acciones en el pasado, que han llevado al sujeto a entender que para ser verdadero en el mundo debe aceptarlo todo y fusionarlo. 
El hombre santo se daba a todos, sin excepción. Llegaba a la conclusión del uso del mal como camino al bien. Y ese Bien era el progreso conseguido en el mundo, a través de acciones diarias cada vez menos egoístas y más centradas en mejorar a los otros y al mundo. Aunque fuere con los actos más pequeños. El santo sabía que se levantaba cada día para hacerlo todo mejor. Empezaba con una sonrisa que contagiaba a otros a sonreír. En cada gesto emprendía el bien común. El humano santificado comprendía que no se puede escapar del conatus essenti;  que todo hombre vive en un natural movimiento de autodefinición y constante afirmación de sí mismo. Sabía que sin ser eso ni bueno ni malo, ocurría porque cada ser se ocupaba ordinariamente de cuidar de sí, de crudo instinto. Empero el mal, las guerras y conflictos surgían en el mundo debido al sentido amplio; el correlato de sujetos, chocando entre sí con sus egos, impulsados por el requerimiento de sus ontologías propias. Llevados así a tales situaciones de conflicto, en su preocupación por ser, no teniendo en cuenta esta innata necesidad en los otros. Difiriendo según los modos de ser. He aquí el origen de toda violencia en la tierra: en ese despliegue del «ser».                                                                                                                                                      Entonces, al igual de cómo se dieron cuenta Confucio, Jesús, Mohoma o Buda –todos ellos vivieron en sociedades extremadamente violentas−se percatan de que, sin compasión, los seres humanos acaban aniquilándose entre sí. La compasión es la máxima expresión del amor hacía los demás, pues es ponerse en la piel de las otras almas. Una pena que muchos de vosotros aún confunden la compasión con la lástima. Y nada tiene que ver.                                                       


En esta lucha por la vida, en la desconsideración de los unos para los otros se mece la historia de los humanos bañada con la sangre, y el llanto de esas guerras entre personas, clases, razas, naciones; sincronía de entes ocupados en asegurar su ser en coincidencias espacio-temporales, sobrepujándose entre sí, creando así la incesante tensión de vida y         muerte.                                                                                                                                                       
Hasta aquí  lo natural. Empero, cuando un individuo comienza a saber que se refleja en el otro, se convierte con éste en un «todo», lo cual es el estado natural más allá de la cárcel, espacio-tiempo, cuerpo-sensorialidad. La compasión hace la vez de camino. Entonces, el concienciado a nadie se opondrá ni a nadie juzgará. Y aquí viene a surgir la santidad: sujetos capaces de ética. De pronto, en el apego al propio ser se presenta el otro como uno mismo. Surge una interdicción a compartirse, a estar de pronto más allá de uno mismo; todo se transforma en actividad diligente, existiendo para socorrer los menesteres de los demás.                                                                                                                                     
La transcendencia golpea como un látigo y la alteridad impacta al santo a punto de serlo. Ad portas  al sentido existencial, se sabe que la concepción de  inmortalidad rebasa infinitamente al ego. Es imposible hallándose uno aquí, no ascender hasta la misma fuente de toda luz. Este sujeto  ha dejado de identificarse en lo propio; en su raza, su religión, su idea. Todo eso ya no es lo definitivo ni lo eterno.
Algunos pocos sabéis ver todo esto, y vivir conforme las naturales leyes de la compasión. Marie constituía la prueba viviente. Por ello, en esta historia por mí narrada, ella es la absoluta protagonista.                                                                                                 
Sabiéndome disculpado por vosotros, al haberme distraído por este prolongado rato entre cosmologías y la ética santa, reanudaremos la historia de nuestra protagonista y la de sus amigos.


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Copyright © 2016 Claudia Bürk
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Comentarios

  1. Comiendo, mientras leo, o leyendo mientras como, me he dejado atrapar por la cadena de palabras que integra este texto.
    Será porque hoy estoy especialmente sensible, cada una de esas palabras se ha clavado directamente en mi alma.
    Sí, me ha gustado.
    Sí, estoy llorando.
    Me envuelve mucha confusión, mucho dolor, pero me has hecho reaccionar por unos instantes.
    Gracias

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