Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Carta a X. 28 de mayo 2011.

(Escritura automática. El corazón me posee.)

Lacrimosa ( Réquiem de Mozart)
Lacrimosa dies illa
Qua resurget et favilla
Iudicandus homo reus.
Huic ergo parce
Pe Iesu, domine
Dona eis réquiem. Amen. 
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El mundo, a 29 de mayo de 2011
Querido X.,
Hoy la agonizante caída de una centena de lamentos me está tentando a contar una verdad oculta, que hace encender llamas entre las falanges de mis dedos, que arden por poder escribir mis confidencias: unas tenebrosas neblinas me conducen decidida y deliberadamente a una isla de intimidad y casi estoy dispuesta a desvelar lo que nunca me atreví a confesar a nadie.
 Un ancla invisible se empeña en mantenerme sujeta a un tiempo desaparecido. Escucho un cuento en mi alma; dormida sueño las más extraordinarias historias y serena, las fantasiosas imaginaciones son las que forman el perenne telón de mis cavilaciones. A galope entre las historias y mi vida, las palabras se enfilan en mi mente como un ejército de soldados dispuestos a defender una causa: mi dignidad. La historia se halla desde siempre compuesta en mi cabeza y se está organizando en frases. Secuenciadas oraciones hierven en mi mente, saltan de impaciencia por salir de mi boca y bañarse en mi tintero, como si llevaran siglos planeando este instante. Repito mi secreto en soledad con la lengua repleta de sílabas, el alma llena de sensaciones: las de saber cosas que no debe saber nadie, hechos que sucedieron, que no debieron suceder y que todavía sucederán.
 Secretos que encierro y no puedo liberar.
Una historia, amor, tan preciada, tan terrible, tan bella, tan trágica que tendría que frivolizar al escribirla con tal de disimular su trascendencia, por si no estuvieras dispuesto a leerla. Pues yo, sin embargo, me he acostumbrado tanto a mis propios horrores que puedo olvidar rápidamente el efecto que pueden tener en otras personas. Así que cuando escribo otras historias no las creo con otro fin más que el de encubrir la mía propia, con todo, para evitar que el hermético envase que cubre mi corazón – llamémosle sueño -, se abra y deje filtrar las tristezas de una realidad que no debió parir el tiempo. Si entonces pudieras ver mi cara allí mientras escribo, verías que adopto una expresión completamente neutra, señal de que me convierto en una médium: yo misma desaparezco para dar paso a la historia que comienza a poseerme.
 Entre recuerdo e imaginaciones, fantasía y ensueño se teje el día a día de mi vida. Porque la verdad golpea y las realidades duelen. Por mi sangre circula un código secreto que ninguna narración logrará rescribir: he de reconocerlo, parezco una tía bastante rara, extraña hasta la médula, hasta lo más profundo de mi ser y me rompe el corazón ver en lo que me he convertido debido al silencio. A veces, y a causa de los hechos, siento que las demás personas y yo somos dos continentes distanciados por un inexorable océano. Entonces desearía construir un puente para conectar con todos ellos, pero mis gélidas heridas congelan todo sueño desde la desconfianza, viéndome aplastada por la pesada estructura de mi propia cobardía. Así que vivo un tanto retirada de mí misma, replegada en mi corazón mientras sobrevivo en la honda cueva de mi silencio. Y es que nada consigue mitigar el dolor que escondo detrás de mis ojos.
 Esta misma noche, volveré a escucharte desde mi interior, para poder entender mi penúltima duda y para encender mi última vela, esa que mi aliento apagará al finalizar esta carta. Hoy podré ver con mayor claridad a mi luna, sin que la roce ni un solo átomo de luz ajena a la de este mundo.
 Si, me queda una incertidumbre: porque quizá esta manera mía sea una de esas seis mil millones de maneras de sentir, que confluyen por el mundo. Todas distintas y válidas, para unirse en lo esencial: la búsqueda de un sentido cardenal: el tránsito de esos caminos que tú y yo recorremos, y que no dan respuestas; visitando la experiencia del abismo, dónde combates al igual que yo lo hago, vanamente contra lo incomprensible y el absurdo, contra la nada que nos absorbe y nos amenaza con extinguirnos. Gritas, como yo, de desesperación y de incomprensión. Y la respuesta llega en un sólo vocablo, el único posible: ¡AMOR!
Si, quizás mi manera de amarte no sea otra más entre tantas. Y sin embargo siento que rayos de sol tejen mis sentidos; mis ojos a partir de ti son ahora alas de mariposa; el corazón se me transparenta bajo el pecho, mientras sueño con hacerte llegar mi divina razón por adorarte.
 Y sin embargo, fiel a la verdad: mí amor, ¡tuyo por una eternidad!
Quizás alguna vez llegue el día en el que la humanidad domine el espacio, las mentes, los vientos, los mares y la gravedad; lograrán controlar para Dios, o quizás mejor aún, para ellos mismos, las energías del amor. ¡Y ese día, como alguien dijo en una ocasión: por segunda vez en la historia, se descubrirá el fuego!
Así siento cómo te quiero, de manera tan honda que solo la profundidad de la muerte apagaría mí percibir con su silencio.
En mí te retuve, como una sagrada reserva, cientos de años atrás; mientras mis ojos actuaron como una cámara fotográfica para captar con disimulo las formas de tu rostro, la de tu profunda mirada y para detenerse sobre tu boca, mientras tus ojos brillaban expectantes y distraídos.
Dudo, si mí amor puede ser proclamado más que todos esos seis mil millones de sentires que habitan por el mundo. Y sólo sé que entre el amor y la felicidad existe una sola distancia posible: la de una decisión. Amar sin esperanza, amar sin recompensa, sin ninguna razón que justifique el amor. Yo tomo el acuerdo, mientras mi corazón lo afirma y mi cabeza da golpes contra el caos.
¡Y sonrío, porque ahora soy libre para contemplar ya por siempre el rubor de todas las auroras, todos los esplendores de la vida, los desangres de todos los ocasos, porque ya todo cuanto me rodea es tenue caricia de tu recuerdo!
Perdóname si finalmente no te cuento nada relevante, si no soy capaz de hablar ni de escribir y dejo que torpemente todas mis palabras enumeradas regresen al lugar donde han estado encerradas desde siempre: en mi corazón.
Sin embargo, haz que Dios me deje sintonizar con los corazones de los otros, que logre captar las vibraciones de las historias ajenas, de las palabras escritas, para así emprenderme durante los instantes en los que me enfrasco en la lectura y en la vida, en la dicha. Hoy en vez de una carta, te hago llegar la intensidad de un sentimiento que brota desde mi corazón a la pantalla, un sentimiento demasiado intenso para invertirlo en un simple juego de palabras, me temo: TE QUIERO...
Sin nombrarte, hasta la eternidad:
C.

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