Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

La venganza de Chronos

La venganza de Chronos

“Uno se pregunta si el amor tendrá edad, si el tiempo sera tan implacable como los espejos.” Gioconda Belli

Una nube minúscula se insinuaba sobre el horizonte primaveral mientras nacía el día entre resplandores rojizos y dorados que se difuminaban con el celeste matinal, pintando de suaves acuarelas el cielo.

A lo lejos se lograba distinguir con nitidez a una pareja que caminaba –de una manera muy grácil– a orillas del Sena: ésta, echaba a andar tres pasos y se detenía al cuarto para abrazarse con fuerza. Daniel y Sophie sostuvieron la respiración para mirarse a los ojos, dándose cuenta de que estando juntos éran un solo ser, percibiendo el rítmico ondear de sus almas en un choque frontal con todas sus percepciones y vivencias hasta la fecha.
Hubiera parecido que sus vidas se cruzaron hace mucho tiempo, sin embargo, la realidad distaba gran trecho de este pensamiento: se conocían desde hacía relativamente poco, pero ambos intuían con precisión que estaban hechos el uno para el otro desde siempre. Se sentían tan sumamente unidos, que tal percepción la tomaban como real, sin temor a que el futuro les separara. El único motivo para su completa seguridad residía en la imposibilidad de que aquel acontecimiento se produjera: algo que no se albergara en sus mentes propiciaba que tal desafortunado evento fuera más complicado para producirse. Sabían a la perfección que ésa era la manera más positiva y efectiva para hacer frente a sus destinos. Era imposible negar que entre ambos vibrara una suave tensión amorosa que les hacía temblar de emoción y admiración el uno por el otro al estar juntos. Lo habían constatado y experimentado y jamás habían percibido ese bienestar por separado o con otras parejas: ambos guardaban este secreto para sí mismos, como si se tratase de una sublime nota musical que resonara silenciosa en sus almas; sólo para ellos.

Un reflejo ancho y plateado a su derecha, les iluminaba los ojos con pequeños círculos de luz que destellaba el manso chapoteo de las subyugadas olas formadas, y –mediante las cuales– , el río parisino pretendía hacerse reflejar por todas partes durante aquella destellosa mañana. Mientras imaginaban que su paseo compartido se asemejaba a una senda infinita –cuyo final no alcanzaban a ver– habían llegado apenas sin darse cuenta y distraídos hasta la Rue Lafayette, para detenerse curiosos ante el escaparate de un anticuario.

–Daniel, ¡mira qué relojes tan bonitos! Siempre deseé uno como esos, un Omega antiguo. Deben de ser de los primeros de la gama que se pusieron a la venta– exclamó Sophie fascinada, y alzó el cuello para verlos mejor. Daniel afianzó el magnetismo por aquellos artilugios con una mueca de asentimiento.
–Vamos Sophie, entremos a preguntar caul es su precio. Son dos relojes exactos en todo. Uno de ellos podría ser para ti y el otro para mí. Yo los compraré.

Ambos reflexionaron unos instantes, embelesados ante la idea de llevar aquellos cronómetros que, de ese modo, se convertirían en un símbolo de unión entre ambos.
Un hombrecillo de omóplatos encogidos, ojos redondeados y facciones estiradas –el anticuario–, les observaba receloso por encima de sus anteojos, preguntándoles qué deseaban.
–Verá, me gustaría regalarle a mi chica uno de los relojes gemelos del escaparate y el otro sería para mí– explicó Daniel.
–Pregunta primero por el precio, Daniel– susurró inquieta Sophie entre dientes.
–El precio, señorita, no es lo determinante en este caso– el anticuario conservaba su audición impecable a pesar de la avanzada edad que reflejaba su rostro surcado–. No obstante, los dos relojes cuestan 20.000 francos y eso es, francamente, un regalo teniendo en cuenta las características, valor e historia de ambas joyas.
Sophie clavó la mirada en los ojos de Daniel hasta detenerse en la del expectante comerciante, que comenzó a arquear una de sus cejas en espera de una respuesta o tal vez de una pregunta.

–Nos lo quedamos– respondió Daniel con decisión.
–¡Oh! Enhorabuena. Se llevan las piezas más valiosas de la tienda y las más estimadas por mí –al comentario del anticuario le siguieron unas risas casi explosivas–. Me alegro, me alegro mucho por ustedes. ¿Les importa si les pregunto si están enamorados y en caso de estarlo si se aman intensamente? Puede que estos relojes les cambien la vida para siempre.
–Sí, lo estamos– Daniel y Sophie se miraron expectantes buscando la confirmación de la frase en los ojos del otro–. Pero no comprendemos qué tiene que ver eso con que usted nos venda un par de relojes –argumentó Daniel.

–Bien, bien. Esperaba que se interesaran por la historia de esos artilugios y no tan sólo en su estética.
Ambos pensaron al unísono que aquel hombrezuelo extraño ya no debía hallarse del todo en sus cabales pero, no obstante, les resultaba amable, hasta simpático:
–¡Adelante caballero, explíquenos su historia!– Sophie sonreía curiosa.
El anticuario fijó la vista en un punto inexacto de la pared, concentrado, y con la mirada algo perdida y vidriosa comenzó con su argumentación:
–Verán, allá por los años treinta una parejita de recién casados murió ahogada en un naufragio, en pleno viaje de novios. Es a ellos a quien habían pertenecido estos relojes. Se dice –y así me lo contaron a mí– que encargaron los relojes a la casa Omega y se fabricaron con un diseño exclusivo y a gusto de los dos enamorados. Las dos piezas son únicas en peso, forma y características.
El anticuario dio la vuelta a los relojes y les enseño el reverso donde se apreciaba la grabación de un símbolo en forma de S interrumpida, de modo que también mostraba la letra C duplicada y a la inversa una con respecto a la otra.

–¿La ven bien?– Prosiguió el experto en antigüedades–. Junto a la letra Omega ésta fue la letra que ambos escogieron para el grabado. La S de Sébastien y la doble C de Claire Christine, sus respectivos nombres. Se dice que un amor intenso, firme, verdadero y apasionado les unía y ocurrió que, al ponerse ambos los relojes en sus muñecas, optaron por parar sus manecillas a la misma hora en la que se juraron amor eterno y pactaron en ese instante detener el tiempo entre ambos para preservar su amor. Así mismo, cuenta esa leyenda, que Chronos les escuchó enfurecido desde el olimpo y se vengó de ellos mediante la muerte. Éste, ofendido ante el intento de los amantes por ignorarle y evitar su paso, les castigó hundiendo el barco en el que ambos se hallaban ignorantes, valiéndose de una terrible tempestad que engulló a casi toda la tripulación. Hubo dos supervivientes. Uno de ellos narró tras el suceso que una pareja de enamorados se hallaba besándose en la cubierta cuando fueron engullidos por una voraz y gigantesca ola, mientras tronaba desde el cielo un rudo vozarrón surgido de entre los rayos: “¡Os maldigo por toda la eternidad!”, gritaba la misma. “Castigaré vuestro desafío con la muerte.

¡Quieran todos aquellos que osen desafiarme, permanecer detenidos en mí para siempre, entregándome su alma para toda la eternidad!”. Tras aquella manifestación – así contó aquel decano – la tormenta cesó de golpe y las aguas volvieron a calmarse. Los cuerpos de Sébastien y Claire Christine fueron rescatados sin vida a las pocas horas del trágico suceso y se observó que los relojes marcaban la hora de su muerte. Curiosamente, sus manecillas comenzaron a ponerse en marcha al sacar los cuerpos del agua y no se han vuelto a detener hasta el tiempo actual, a pesar de que nadie les haya dado nunca cuerda –el anticuario había adaptado una expresión de empaque tras su aclaración–. Comprenderéis que eso es lo más insólito del asunto y nadie se lo explica –prosiguió–. Un familiar de aquella pareja difunta ofreció los relojes de ambos a mi abuelo para ponerlos a la venta en nuestro anticuario. Desde entonces, han sido vendidos un par de veces, pero de un modo inexplicable, siempre han vuelto a parar a nuestro escaparate. Es un hecho anecdótico y curioso, sin duda –el hombre terminó su explicación con un tono de voz difuso, que denotaba una cierta preocupación.

–No tengo precisamente la certeza de que usted verdaderamente desee vendernos estos relojes, caballero. Me ha dado la impresión de que nos trata de poner sobre aviso. ¿No pensará que nos tomemos en serio ese cuento de la supuesta maldición par parte de un Dios inventado? –Mientras Daniel hablaba, observó como Sophie había palidecido y de sobra sabía que ésta era muy impresionable.
–Oh, todo lo contrario, estimados amigos –prosiguió el tendero–. Precisamente es a alguien como a ustedes a quienes deseo vender estos enseres, y justo por ello necesitaba saber si se amaban intensamente y de verdad, ya que también se dice acerca de esos relojes que si la pareja que los comparte se ama con total entrega y sinceridad, no envejecerán nunca, siempre y cuando no retiren los relojes de sus muñecas y como condición adicional, jamás se miren en un espejo por separado. De ese modo su amor quedará intacto y preservado para siempre, como desde el primer día de su enamoramiento y nadie ni nada podrá interferir en ese hecho –pareció finalizar el hombre.
–Esto, amigo, se lo acaba de inventar –Daniel soltó una risita burlona.

–¿Y dónde queda el aviso de Chronos? ¿Qué nos sucederá si desobedecemos esos dos requisitos? ¿Porqué esa exigencia de mirarse de ese modo en los espejos? –Quiso saber Sophie, pareciendo haberse tomado en serio aquel cuento absurdo.
–Eso, señorita, está en ustedes: si desean descubrirlo o por el contrario tomarse en serio mi consejo. Lo único que puedo decirles, es que Chronos, parece ser, que se muere de ganas por poder reflejarse en algún espejo. Sin embargo, el tiempo nunca se detiene –es su eterna condena– ni tan siquiera para verse a si mismo. Y para ello, debería, como poco tornarse inmortal.
Existe un vetusto poema al respecto. Esperen que lo recuerde…Ah si,ahora… dice algo así como: El tiempo en un espejo, son mil preguntas y una respuesta, son el destino y el vértigo, el final sin un principio. Un atrápame si puedes entre puntos suspensivos. El infinito a un plamo de distancia; pues Chronos está ahí, retocándose los cabellos, como si nada, en el fondo ocupado en no borrarse –finalizó el anticuario, extrañamente emocionado.

–Bonitas palabras, pero no me dicen demasiado…Tenga, un cheque con 20.000 francos y estos veinte que llevo aquí sueltos, de propina, pues desde luego como comercial hace su labor a la perfección, lo merece – Daniel se guardó el talonario tras usarlo y extendió al hombre dos billetes.
–Muchísimas gracias, chicos. Disfruten de los relojes y que Dios les bendiga –el hombre se dio media vuelta, dirigiéndose a la trastienda.

Daniel y Sophie salieron del anticuario cogidos de la mano y caminando en dirección a la torre Eiffel:
–¿Te apetece que subamos, Sophie?
–Oh, me encantaría que estuviéramos juntos allí arriba –Sophie estaba eufórica.
–Muchas personas se han lanzado al vacío desde lo más alto, por ello ahora tiene este aspecto.
–Lo sé Daniel. Si algún día he de morir, me gustaría que fuera junto a ti, observando este maravilloso panorama.
–Yo saltaría ahora mismo si fuera necesario, con tal de desaparecer junto a ti.
Paris les estaba ofreciendo unas vistas extraordinarias. Una brisa primaveral y bastante suave para aquellas alturas, les despeinaba juguetona los cabellos. Dirigieron sus miradas hacia el cielo y quedaron abrumados por la inmensidad del horizonte, parpadeando los dos felices hacia la inmensidad del firmamento azul. Daniel sacó el estuche con los dos relojes del bolsillo de su gabardina y colocó uno de ellos en la muñeca de Sophie y a continuación, el otro en su brazo:
–Ya está hecho, amor mío, que Chronos decida –dijo el chico socarrón.
Las risas de ambos se mezclaron con los susurros del viento, que trataba obstinado de deslizarse entre la valla protectora que se extendía entera desde la barandilla hasta el techo y preservaba a los visitantes de infortunitas caídas. Se miraron profundamente a los ojos y juntaron sus labios en un beso, primero con cierta suavidad, temerosos de una entrega precipitada, para adentrarse a continuación en un frenesí apasionado, sintiendo golpetear sus corazones, que latían con fuerza en su interior. Por unos instantes sintieron el mundo y el tiempo detenerse en sus adentros, y al separar sus labios hicieron un esfuerzo considerable para centrarse de nuevo en cuanto les rodeaba.
–¡Daniel, mira, mi reloj se ha detenido! –Sophie descubrió a la vez que las manillas de la esfera del reloj de Daniel también se habían parado.

–Tengo el vello de punta, Daniel –Sophie se sintió desconcertada.
Un gélido hálito azotó de pronto las ropas de la pareja, mientras vieron como del cielo cayeron unos gruesos goterones de lluvia.

–Será mejor que bajemos, Sophie, si no queremos pillar una neumonía.
Al caminar de vuelta a lo largo de la Rue Lafayette, un intenso olor a asfalto mojado flotaba en el aire y –al mismo tiempo– dentro de los confines de toda la cuidad. La fuerte llovizna había pillado desprevenidos a casi todos los peatones y un calor húmedo quedaba comprimido entre los muros de los edificios.
Sophie y Daniel se detuvieron estupefactos delante del anticuario, donde hacía algo más de una hora hubieron adquirido aquellos insólitos relojes. Se miraron atónitos el uno al otro: el edificio había cambiado completamente. Todo aparecía corroído por el tiempo. Las letras, despintadas por el paso de los años; cuando apenas hacía unos instantes antes, habían aparecido en un rojo resplandeciente. Luego ambos repararon en el cartel colgado de la puerta de entrada, que rezaba: “Cerrado por defunción.”
La inquietud que los dos comenzaron a sentir, se transformó en un genuino miedo que les hizo adoptar el sentido de la urgencia por saber qué estaba sucediendo mediante una lógica explicación. Una desapasionada voz resonó a sus espaldas, unida a la indiferente mirada de su dueño. Sophie y Daniel se giraron, prestando atención:
–Si buscáis al viejo Poittier, murió hace ya más de seis años y nadie más ha querido pisar la tienda tras el suceso. Dicen que se desplomó de repente y como enloquecido, diciendo algo ininteligible acerca de una maldición. Un testigo afirma que parecía estar discutiendo con alguien invisible, como si estuviera tratando de regatear algo absurdo. En su mano hubo sostenido una hoja de papel en la que había escrito: “Disponen de 6 años y 40 días de tiempo”.
Todos pensaron que antes de morir –el ya consabido chiflado Poittier– se había vuelto loco de remate. Le diagnosticaron un paro cardiaco, pero la expresión en su rostro denotaba terror, como si algo le hubiera asustado de muerte. Ahí se acabó la historia.
Sophie y Daniel no se molestaron en contestar, estaban demasiado impresionados. Siguieron avanzando camino a su casa, a lo largo del paradójico escenario que formaba ahora la Rue, donde todo parecía notablemente cambiado. Sólo ellos parecían ser conscientes del variable escenario que estaban pisando. Temían mirar hacia atrás por si todo lo que quedara a sus espaldas se modificara sin previo aviso, como si sus pies fueran los culpables de la transformación que estaban sufriendo las calles de París. Ya no estaban seguros del recorrido a realizar, avanzaban cautelosamente, observaban a las gentes y, a pesar de ser completos desconocidos, éstas se les antojaban todas iguales, como si se encontraran una y otra vez con los mismos rostros, con las mismas personas.

Al día siguiente Sophie fue la primera en despertarse y también en percatarse de una extraña casualidad:
–Daniel, escúchame, ¿Cuánto tiempo llevamos juntos tú y yo? –La chica vistió su voz con estupor.
–Pues yo diría que algo más de seis años, ¿no?
–Daniel… ¿No te das cuenta de la casualidad? Llevamos juntos, desde ayer, exactamente 6 años y 40 días y esto es justo ese intervalo de tiempo del que nos hablaron que había murmurado el anticuario antes de morir. Yo no sé tú, pero yo estoy muy asustada. Deberíamos regresar a la tienda y entrar – pasando completamente desapercibidos –de la manera que sea, para descubrir lo que está ocurriendo.
Pocos instantes después, la pareja se detuvo ante el abandonado anticuario de la Rue Lafayette con aires de desconcierto:
–Será mejor que optemos por colarnos de algún modo por el ventanuco lateral, Sophie –especuló Daniel débilmente–. Sophie, tu quédate aquí, que yo me escurriré por él y luego, si es posible, trataré de abrir desde dentro la puerta principal.

–Uff, temo que si nos pillan en esto nos detengan por “Allanamiento de Morada” –la chica resopló preocupada.
La contestación de Daniel se extravió en el vago eco de la oscuridad que le acababa de invadir, arrastrándose como una serpiente hacia el interior del abandonado habitáculo. Ya no hubo respuesta. Daniel sintió como una tira de frío sudor le afloraba por los poros de la frente. Tanteó a ciegas la negrura, hasta derribar varios objetos que sus torpes manos palparon. Inspiró profundamente y se dirigió paso a paso hacia la poca luz que se filtraba por una ranura lejana; y ésa debía de ser la puerta principal. Los interruptores eléctricos no respondían a su pulso y supuso que ya no había corriente alguna en aquel abandonado edificio
–¿Sophie?– Daniel quiso imaginarse a la chica detrás de aquella puerta.
–Sí, sí, estoy aquí fuera. ¿Puedes abrir?
–Voy a intentarlo, ¡tú vigila que nadie se percate de lo que estamos haciendo! –Daniel agarró con fuerza el pomo y trató de girarlo tras haber descorrido el pestillo que mantuvo la puerta cerrada desde el interior. Los herrumbrosos gemidos del oxidado mecanismo de la cerradura sonaron como un lamento maldito, después de un luengo letargo. Daniel entreabrió lentamente la puerta principal y la azulada claridad del cielo pintó destellos de luz contra la pared de la vieja tienda, descubriendo teatralmente el mostrador.

Sophie se escurrió con rapidez por la rendija del portón y –una vez adentrada– reparó en un pequeño amarillento sobre a sus pies. Luego se agachó para examinar su hallazgo, cubierto por un velo de polvo opaco. La muchacha lo retiró con suma delicadeza, soplando primero y pasando su mano por el material que sostenía para no dañar el papel.
–¡Daniel, fíjate, este sobre tiene como destinatarios a nosotros mismos! Por el amor de Dios, me tiemblan las manos – el rostro de Sophie se iluminó con la fuerza de un rayo escarlata, mientras ambos intercambiaban una mirada incrédula y sin comprender.
–¡Ábrelo! –Exclamó Daniel–. Este asunto no me está gustando nada.

Torpemente Sophie despedazó el borde superior de la insólita carta y comenzó a leer entre susurros:


"Apreciado Daniel, apreciada Sophie,
Esta misma tarde, tras haberos –permitidme que a estas alturas os tutee– vendido esos relojes, ha sucedido algo terrible. El mismísimo Chronos vino a mí, enfurecido como un diablo, advirtiéndome de que os había divisado en lo alto de la Torre Eiffel y que, dispuesto a derramar sobre vosotros su terrorífica maldición, reparó –sin embargo– muy enfurecido sobre vuestra actitud. Me contó que una desconocida y desmesurada fuerza le apartó de vosotros, lanzándole hacia el olimpo como si de un latigazo de corriente se tratara, no pudiendo intervenir sobre vosotros.
Chronos está tan iracundo, que se ha ensañado conmigo, queriéndome robar –esta misma tarde– todo el tiempo que me queda hasta la hora de mi muerte, por haberos entregado a vosotros esos malditos relojes.
Tras varias amenazas con lo mismo por su parte, y después de discutir largo y tendido con él, hemos fijado un acuerdo los dos: me quitará todos esos años que me hubieran quedado de vida, al no ser que vosotros –en el plazo de 6 años y 40 días, lo cual al pararse vuestros relojes, es equivalente al tiempo presente tras leer esta carta– le demostréis que vuestra unión no es tal, ya que al parecer –y según mi opinión personal– esa fuerza desmesurada que le hizo retroceder en lo alto de la Torre Eiffel, no era ni más ni menos la fuerza del verdadero amor, contra la cual los impulsos de Chronos quedaron completamente inhabilitados.

Os ruego mil perdones por no haberos sido del todo sincero. Quizás os preguntaréis a qué me refiero. Las parejas que nos compraron los relojes en las dos ocasiones anteriores fracasaron en su amor. Tan unidos y enamorados creían estar, que olvidaron lo más importante: protegerse mutuamente ante el peligro, ofreciendo si fuera necesario la vida del uno para salvar la del otro. La total entrega obra milagros y ninguno de ellos la conoció. Pero vosotros, ¡ay vosotros!, con una sencilla frase derrumbasteis los cimientos del poderoso Chronos. Tan sólo debéis recodar esa frase y mantenerla siempre viva, pero lo más importante: llevarla a cabo. Chronos intentó luchar contra ella, a pesar de que al escucharla le explotaron los tímpanos de desesperación. Tan capaces os vio de entregaros hasta la muerte que toda su fortaleza e imperio del tiempo se tambaleó: nadie osaría hacer tal proeza si lo tuviera planeado. Sólo la espontaneidad del alma nos hace capaces de vencer los obstáculos más perversos que tienen reservados para nosotros.

Recordad todo lo ocurrido allá arriba, en las alturas, en las mismísimas entrañas de la Torre Eiffel y reconstruid el rompecabezas…
¡Por favor, pareja, ayudadme que me siento demasiado joven todavía para morir!
Os ruega clemencia,
Agradecido de antemano,
Albert Poittier


–¡Dios santo, Daniel! La vida de este hombre está en nuestras manos y lo peor de todo es que no podemos hacer nada para salvarlo.
–No deberíamos quedarnos de brazos cruzados, pero tampoco osaremos romper nuestro amor. Eso es algo que no nos podemos permitir: no nos corresponde a nosotros realizar esta elección. Los sentimientos son libres, no se fuerzan, no se crean ni se destruyen a su libre albedrío.
–No depende de nosotros, Daniel. Pero ¿qué podemos hacer nosotros para liberarle de la ira de Chronos?
–No lo sé, Sophie. Es un tema muy delicado. No podemos fingir algo que no sentimos realmente. Nuestro amor va más allá de cualquier imposición. Regresemos a la torre Eiffel, quizás allí se nos ocurra qué hacer.

–Sí, vayamos. En el origen de la venganza de Chronos hacia el anticuario puede hallarse la respuesta.

Sin demorarse ni un segundo, Sophie y Daniel se cogieron de la mano y corrieron lo más raudos y veloces que pudieron. Daniel ayudaba a Sophie en los momentos en que ésta parecía desfallecer, animándola a continuar ante la imperiosa necesidad de resolver este asunto lo más pronto posible, antes de que el plazo llegara a su fin. Observaron la torre, calibrando la situación. Repitieron las mismas acciones, las mismas palabras, todo exacto a la primera vez, como si lo vivieran de nuevo, como si nunca hubieran estado allí:
–¿Te apetece que subamos, Sophie?
–Oh, me encantaría que estuviéramos juntos allí arriba –Sophie estaba eufórica.
–Muchas personas se han lanzado al vacío desde lo más alto, por ello ahora tiene este aspecto.
–Lo sé Daniel. Si algún día he de morir, me gustaría que fuera junto a ti, observando este maravilloso panorama.
–Yo saltaría ahora mismo si fuera necesario, con tal de desaparecer junto a ti.
–¡No, no puede ser!
–Daniel, debemos repetirlo todo tal y cómo ocurrió. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?
–¿Es que no lo entiendes, Sophie? ¿De verdad que no te has dado cuenta lo que acabamos de decir?
Sophie repasó en silencio las frases pronunciadas, analizándolas pausadamente en busca de una explicación. Con todo, las palabras pronunciadas por parte de Daniel, amortiguaron el efecto de contacto con lo actual y que la contemplación de aquel bello escenario podría haber provocado en la realidad. Se miraron a los ojos de nuevo, juntando sus manos, apretándolas bien fuertes y dándose un perpetuo beso: agarrándose el uno al otro, en un abrazo de audaz locura, mientras saltaban al vacío sin dilación. Un torbellino de sensaciones recorría sus cuerpos mientras caían al vacío. En silencio, con los ojos cerrados, a la espera del golpetazo final que les segaría sus vidas sin enmienda. Sus figuras ensangrentadas decoraban luctuosas las cercanías de la torre Eiffel durante tan sólo unas décimas de segundo. Otro torbellino –esta vez mucho más poderoso y enfurecido– les devolvió a la tienda del anticuario:
–Muchas gracias por su compra –les dijo el comerciante con una mirada llena de vida, como si hubiera rejuvenecido infinitamente.
–De nada. Disfrutaremos de estos relojes eternamente, de eso estamos seguros.
–Estoy de acuerdo en eso –Sophie sonrió sin temor–. Al fin y al cabo ése tal Chronos pudo con dos parejas, pero a la tercera va la vencida, o al menos eso dicen.
–Creo que jugáis con ventaja –insinuó el anticuario.
–¿A qué se refiere? –preguntaron al unísono.
–¿Me permitís que me quede con vuestros anillos? Tal vez algún día, una pareja entre aquí a preguntar por ellos y pueda explicarles vuestra historia.
–¡Pero si somos de lo más normales! ¿Qué historia podría contarles?
–Eso, Sophie y Daniel, será la historia más grandiosa y emblemática del universo.
Sophie y Daniel salieron de la tienda sin comprender las palabras del anticuario:
–Seguramente le encanta inventar historias, Sophie.
–O es un viejo chalado, como tantos otros. Menos mal que no le hemos dado los… ¡Dios Santo! Mi anillo ha desaparecido y el tuyo también, Daniel.
–Se va a enterar ese ladrón de pacotilla –dijo Daniel malhumorado, volviendo hacia atrás sobre sus pasos.
–¡Espera Daniel!, ¡los relojes! ¡Se han colocados solos en nuestras muñecas!

La tienda estaba cerrada, con sus anillos en el escaparate, reposando ladeados sobre un pequeño espejo biselado, justo en el hueco que antes ocuparon los dos relojes. Una nota reposaba sobre ellos:
“Chronos busca esposa, ahora que ya no es inmortal. El pobre está tan solo y nadie hay junto a él en su espejo."

Sub umbra floreo: C.Bürk

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