Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

El buen Ambrosio


El buen Ambrosio
Puede decirse que soy feliz. Tengo de todo a mi alcance para serlo. Tengo marido. Y debo decir de él, que realmente es una buena persona.
Pero eso no importa.
También tengo un trabajo que me gusta. Unos jefes severos, pero no obstante justos.
Tampoco vale de mucho, si no le puedo tener a …¡Él!
Porque ellos no pueden saberlo. De veras, no pueden. Ni tampoco lo entenderían. Porque desde hace mes y medio, estoy con Ambrosio. Si, Ambrosio, tal como suena. Podía haber escogido otro. Pero me gusta y no pienso cambiarlo por ninguno. Ahora siento, que mi felicidad es completa. ¡Pero ellos no pueden saberlo!
El destino nos ha unido. Lo conocí trabajando. Me llamaron la atención sus dos bondadosos ojos grises, su pelo brillante. ¿Y qué decir de su bigote? Tenía un mostacho de lo más profuso y a mí me encantó desde el primer momento. Aunque en ese detalle reparé algo más adelante. En cuando le vi la mirada –eso sí que lo intuí de inmediato supe que iba a complacerme en todos los sentidos. Una verdadera lástima es que nos tengamos que esconder todo el tiempo para estar juntos. Creo que ya he dicho, que ellos no pueden saberlo…Ni los de mi trabajo, ni por supuesto mi marido.
La primera vez que lo hicimos, fue trabajando. Yo estaba de servicio y él se vino conmigo. Primero probamos en el lavabo contiguo a la garita, luego comprobamos que nos gustaba más debajo del escritorio. He de decir que cualquier lugar es bueno, mientras sirva a nuestro propósito. El riesgo de ser pillados, es inmenso, inmensurable. Ambrosio lo comprende tan bien como yo, o eso creo. Y es que, de descubrirlo ellos, yo corro el riesgo de ser despedida, por no mencionar las consecuencias para Ambrosio. Luego, la temida reacción de mi marido que es quién más me hace disparar la adrenalina del cuerpo. Porque siempre sospecha algo. Estar con Ambrosio tantas horas, deja huella. Me quedo impregnada de su olor. El otro día mi marido se me acercó y preguntó,
Cariño, ¿a qué hueles?  ¿No habrás…? ¿No tendrás…? ¡Sabes que no me gustaría! Cualquier cosa menos esa… ¡Dime que no es lo que pienso! y es que el alma se me resbala a los pies, cuando me interroga de esa manera. Entonces hago todo lo posible para calmarlo. Y siendo un cardumen de nervios, el estómago encogido y las manos como hojas, le miento como un cosaco y le digo,
Sabes que no, mi vida. ¡Eso nunca! Yo te respeto…
Sin embargo, mientras se lo digo, no puedo dejar de pensar en Ambrosio, en sus tiernos ojos, en su pelo sedoso y cómo no, también en su formidable bigote.
Mientras paso el tiempo en compañía de mi marido, Ambrosio –de eso estoy bien segura- no hace otra cosa que esperarme.
La puerta abierta y no sale.
Nos aseguramos de todo. Y Ambrosio siempre lo entiende. Desde luego, no es fácil que sigamos juntos.
Hoy es domingo y me ha tocado servicio en la vieja fábrica de cohetes. El turno de hoy es de doce horas. Mi euforia al salir de casa, ha sido difícil de disimular. Porque venir aquí significaba estar doce serenas horas junto a Ambrosio. Siempre y cuando, las cosas salieran según lo establecido, se entiende. En un principio, y solo por un instante, intuí que hoy algo iba a salir mal, pero no he tardado en descartar esa contingencia.
Teníamos que probar sitios nuevos. Aunque casi siempre acabábamos por seguir haciéndolo bajo el escritorio. Había verdadera necesidad, puedo asegurarlo.
A las diez y doce minutos de ésta mañana, han tocado el timbre situado en la entrada lateral. Me asomé y lo vi junto a la valla, visible como una señal, alto y derecho como un palo o como un signo de exclamación. Mis temores se habían confirmado. Inconfundiblemente, se trataba del Inspector Cabezerro. El corazón me latió hasta la boca y las manos me temblaron como a una vieja. Tenía que actuar con rapidez, para evitar toda sospecha. Recé para que Ambrosio siguiera bajo la mesa. Escuché la característica voz de trueno del temible inspector.
¿Buenos días? ¡Soy Cabezerro! ¡Abre la puerta de una vez! ¿No?
Cada vez que me siento atrapada, ni que sea por un mal miramiento, no consigo moverme del sitio. Me paralizo.
Así que he tardado más de cinco minutos en ponerme en marcha.
Cuando finalmente me personé en la entrada lateral para abrirle la puerta al examinador de oficio, éste me fulminó con ojos acusadores. El “Buenos días” interrogativo de hacía unos instantes, se había convertido en un nuevo “Buenos días”, censurador. Lo invité a pasar con la mirada.  Luego, traté de inventarme una excusa improvisada para justificar mi tardanza al abrirle la puerta. Pero no había colado. Seguí rezando para que Ambrosio continuara escondido bajo la mesa.
Para ello lo había amaestrado.
Con un poco de suerte, se habría quedado dormido, pensé.
Al muy cabrito de Cabezerro le dio por rebuscar por todas partes. Es bien sabido por los vigilantes, que los inspectores son como fieros perros sabuesos, que necesitan justificar su trabajo a base de acusaciones equitativas.
Tengo entendido que ahora van a comisión.
En términos abstractos el inspector me reveló el grado de las sanciones que podía llegar a imponer, dependiendo de aquello y de lo otro. En términos precisos me advirtió de las consecuencias para mí: <<quince días sin empleo ni sueldo>> musitó, levantando una ceja. <<Un año sin la posibilidad de ascender>>repitió, como si no le hubiera oído. Y golpeó con sus nudillos la mesa. El corazón se me hizo un nudo.
¡Ambrosio…!
 <<Un cambio de servicio>> remató, como si aquella punición ya fuera mía.
Escudriñó mi puesto de trabajo durante más de quince minutos.
Cuando finalmente desistió y se dirigió al escritorio para sentarse y hacer constancia de su inspección con una firma, me temí lo peor. No fue fácil y no lo voy a contar. Me limitaré a decir que Ambrosio se movió un poco bajo la mesa e hizo asomar un trozo de su formidable rabo. Que yo sepa, no fue más que eso. Y ha sido un milagro que el inspector no se percatara de nada. Sencillamente se le olvidó mirar debajo del escritorio. ¿Y cómo iba a esconder yo ahí a nadie, siendo el lugar menos sospechoso para la mente de un inspector? ¡Hacerlo, y haberlo planeado desde el principio ha sido nuestra suerte!
¡Bien hecho, Ambrosio! le susurré a mi consorte, cuando finalmente estábamos fuera de peligro. Siento haberte tenido que esconder todo este tiempo, pero de eso ya me he cansado.

Eso hoy mismo va a cambiar.
¡Porque te llevaré a casa!
Hablaré con mi marido ésta misma noche. Le guste o no, me haces feliz. Porque si me quiere, si de verdad me quiere, entenderá lo nuestro. Aprobará mi decisión de que te quedes conmigo. Le diré que te llamas Ambrosio. Que pude haber escogido  otro, pero que me encanta el nombre que te he puesto, porque te pega. Y no pienso cambiártelo a éstas alturas. Punto y pelota.
Ambrosio, se estiró y se desperezó, mirándome con dulzura. Luego me lamió la mano y se pegó a mis piernas para restregarse. Movía el bigote, de arriba abajo.
¡Qué contento se le veía!
Si, Ambrosio, te llevaré a casa y de paso a mi marido a un buen psicólogo para que le cure la fobia a los gatos.
Miau. Miau… contestó el felino más instruido que jamás haya visto, comprendiendo que posiblemente ya nunca más sería abandonado en la calle, sabiendo al mismo tiempo que mi felicidad ahora iba a ser completa, pues siempre había deseado tener a un gato.

Ya no habría "gato encerrado".
Y mi marido ahora iba a saberlo.
Sub umbra floreo: C.Bürk 

Comentarios

  1. jajajajajaja!!Qué tierno y bonito relato!! Me ha encantado muchísimo. Si yo fuera la protagonista, hubiera hecho lo mismo. O me aceptan a mi Ambrosio o mi consorte sale por patas, je,je.

    O admite al gato, o a la calle.

    Me encanta. Un abrazo.

    ¡¡Qué bonito!!

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  2. ¡Qué mágico ese amor entre la narradora y Ambrosio! Me gusta la manera como se desenvuelve la narración, donde él, callejero y libre, es al mismo tiempo un buscador de querencias. El final es hermoso: enfrentar el último riesgo para al fin estar juntos, sin secretos y "sin gato encerrado". Felicitaciones por este cuento tan tierno.

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  3. Jajajjajjaja. Vaya con Ambrosio. Yo esperaba un rato de lujuria y me has quedado con las ganas.
    Pero me he divertido.

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  4. jajaja que bruja soy,en cuanto lei "bigote" me dije..."gato". tambienjuega a mi favor saber cuanto te gustan jajaja
    es buenisimo nena

    pd. el nombrecito se las trae juju

    lola monreal

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