Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

El reflejo de Dios



– Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? – Un amable profesional del bricolaje me sonrió tras el amplio mostrador de la tienda a la que entré.
– ¡Muy buenos días! Mire, quería saber cuántos espejos poseen ustedes en stock. Verá, necesitaría unos cien más o menos – se lo pedí muy segura de mí misma, sin dudar ni un sólo instante.
– Ahora mismo se lo miraremos, señorita. Ejem – carraspeó –. Si no es mucha indiscreción, ¿puedo saber para qué quiere tantos espejos y su finalidad? Tenemos muchas variantes y de tamaños muy distintos; de esta forma podría ayudarle mejor.
– Pues verá, los necesito para ver otros mundos – esperé expectante y con una media sonrisa en los labios la reacción del dependiente, que seguramente me tomaría por demente.

En efecto, el pobre hombre puso de inmediato cara de póquer y miró a ambos lados, como esperando ver aparecer a dos loqueros que me pusieran una camisa de fuerza. Le sonreí abiertamente y el hombre quedó en silencio, estupefacto, esperando mi explicación, no apartando sus ojos de una línea visual que debió de haber trazado a un centímetro por debajo de los míos, a saber por qué causa.

 – Es muy sencillo, puede venderme todos los que tenga almacenados sin importar la forma ni el tamaño. Cuánto más diversos sean, tanto mejor saldrá mi experimento.
– Pero señorita, ¿en qué consiste tal experimento? No me deje en ascuas, ande y cuéntemelo – se impacientó el amable dependiente, Ignacio (leí su nombre en una pequeña chapa que relucía sobre su camisa azul).
– Formaré un pentágono con esos espejos – le revelé.
– ¿Y entonces? – Siguió preguntándome impaciente.
– Entonces trazaré una línea sobre la que depositaré abiertos los espejos como libros, de dos en dos, formando ángulos en vez de la línea interior, de tal manera que los bordes de los espejos se toquen. Verificaré los ángulos que se formarán y los corregiré. Las líneas redibujadas se reflejarán de tal modo que formarán triángulos equiláteros.

El hombrezuelo me miraba absorto.
– Señorita, a decir verdad, no entiendo nada de lo que me ha dicho – estaba perplejo y confundido.
– Cerraré ligeramente los ángulos – proseguí –. Y reajustaré los cantos y también formaré cuadrados.
– Señorita, está usted como una cabra – se rió a modo de broma no queriendo ofenderme.

Me reí con él.
– Entonces me sentaré dentro y encenderé una vela para explorar su llama reflejada en todos sus ángulos, para verla curvarse y enderezarse en todas sus esquinas, ancestralmente, consciente de formar parte del misterio insondable, tenue y difuso que se hará patente, hasta iluminar la sombra de mi ignorancia y llegando a romper las tinieblas de mi incomprensión.
– ¿Y entonces? ¿Vendrá Dios a visitarle entre sus castillos de espejos? – Murmuró Ignacio mientras giraba la cabeza a ambos lados,  incrédulo.
– No, no exactamente – le seguí informando –. Se trata de buscar los ejes de simetría. Es un juego que trata de encontrar nuevas maravillas.
– ¡Vaya, quién lo hubiera dicho! Pero... ¿Y los mundos?, ¿Y Dios?

No dejaba de sonreír. Supuse que era debido a que no creía ni una sola palabra.
– Con los espejos haré todas las figuras platónicas y algunas que al propio Platón jamás se le hubiesen ocurrido.
– ¿Cómo sabe eso? – El hombre quiso interrumpirme.
– Lo ideé así. Lo único importante es saber que estaré jugando con espejos. ¿Sabía usted que la palabra inglesa “mirror” proviene de la palabra latina “miraris” y a la vez significa “asombrarse de” y que la palabra “milagro” deriva de “mirus”, que en latín significa “maravilloso”?
– ¿A dónde quiere llegar, señorita?
– Pues que si Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza... Podría ser que fuera literal e hiciera un gran espejo... ¡Vivo! y nos incluyera en él. Tal vez en realidad estamos del “otro lado”, y tal vez estemos “del revés”, y por ello entendamos todo mal.
El hombre ahora me miró con fijeza, compasivamente, pero yo estaba dispuesta a explicarle el resto de mi absurdo convencimiento.
– Estamos llegando a la parte difícil – continué –. La gente, el mundo, es gente y mundo de un espejo que Dios está sosteniendo. ¡Es tan evidente que hay que ser idiota para no darse cuenta!
– Oiga, oiga, señorita... – Quiso interrumpirme de nuevo, pero una sonrisa mía pareció calmarle, permitiéndome proseguir.
– Dios hizo al hombre a su imagen y las imágenes se reflejan en los espejos y los espejos le dan la vuelta a las cosas, de atrás hacia delante, o de izquierda a derecha. Las imágenes “son” sin ser materiales, así que, sumándolo todo, Dios es exactamente eso, lo que formaría un punto neutro entre ambas distancias: ¡reflejo y realidad! Dios mismo es el espejo, Él entonces nos pone a un lado del mismo y nos pide que le encontremos en nuestro propio reflejo, que nos las arreglemos para llegar allí y, evidentemente, quiere que seamos como Él. ¿Me está siguiendo? Se entiende, muy naturalmente, que mirándonos en su espejo Él nos ve a todos nosotros, pero nosotros no podemos hacer lo propio con Él; Dios tampoco puede observar nuestra propia imagen desde el otro lado del espejo, así de simple.
– ¿Simple? Me está usted enredando, señorita.
– Quiero decir que si una imagen reflejada no puede ver y nosotros no vemos a Dios que nos mira, tan sólo será entonces que nosotros somos meros reflejos, todo es un reflejo de lo real. Del lado de Dios existe todo lo imaginable para alcanzarnos; coexisten la bondad, la verdad, la humildad o la generosidad. Cuanto más uso hagamos de estos adjetivos, tanto más nos acercaremos a su lado. Sin embargo, desde “nuestro lado” existen demasiados agujeros negros en los que caemos al mínimo descuido y estos podrían llamarse “avaricia”, “egoísmo”, “crueldad”, “mentira” o “maldad”. Son de diversas profundidades y devoran nuestra imagen poco a poco y sin piedad.

Mientras le estaba explicando todo eso al paciente vendedor, éste había estado reuniendo los cien espejos y también los había empaquetado y precintado cuidadosamente.
– Son cuatro cientos treinta euros. ¿Y bien, desea algo más?

Desde luego era evidente que el pobre dependiente no deseaba seguir escuchándome ni prestar atención a tales disparates, optando por perderse en sus quehaceres antes de acabar por echarme a patadas de su establecimiento. Le tendí cinco billetes de cien y me entregó el cambio evitando mirarme, pero con cara sonriente.

– Antes de irse me gustaría decirle algo. Quizás no tenga mucho sentido, pues no he comprendido del todo su razonamiento. Si el espejo refleja fielmente la realidad, a ese Dios que está en el lado – digamos correcto y real – ¿Por qué no obtenemos en consecuencia una imagen reflejada que represente una unidad? ¿Por qué hay multitud de semi-dioses inconexos que mutilan esa imagen dando una interpretación falsa de lo auténtico, al cual se supone que debería ser reflejo fiel? De esta manera Dios, esa realidad, se convertirá en un puzzle desorganizado, resquebrajado y herido de muerte nada más intente mirarse en ese espejo, para que realidad y reflejo sean coherentes. Pero eso no es lo peor, señorita. Esos agujeros negros que menciona carcomerán las entrañas de los que pueblan “el otro lado”; crecerán y crecerán, expandiéndose sin dar tregua, aniquilando cada pequeño pigmento que forma la imagen reflejada. ¿Sabe lo que significa?
– ¡Dios!, me temo que sí.
– Llegará un momento en el que tan sólo la oscuridad se refleje en el “otro lado”. Ello significará el fin de la existencia de Dios, o que Él ya no deseará ser reflejado, alejándose del espejo y desapareciendo por completo. Que le vaya bien con el experimento, señorita filósofa. No se desanime, tan sólo soy un maestro del bricolaje.
– ¡Pero que entiende demasiado de espejos!

SUB UMBRA FLOREO: C.Bürk

Comentarios

  1. Tal vez Dios nos esté mirando a través de un cristal tintado, desde su perspectiva se nos ve, pero desde nuestro lado solo vemos nuestro propio reflejo, no lo que hay detrás.
    Buen relato para pensar.

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