Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

La amante de libros



Marian se paseaba absorta, internada en la penumbra silenciosa, entre las estanterías de su biblioteca mientras observaba como las luces y las sombras escenificaban, devolvían o engullían las formas de sus libros. Conocía aquel lugar a tientas desde la A de Anderson hasta la Z de Zafón. Había memorizado todas sus adquisiciones con las que fue rellenando poco a poco sus estantes. Rodeada por esa enmudecida sabiduría llenaba sus horas de vida, alargándolas indefinidamente. La librería de Marian constituía el verdadero organismo que le dotaba de una experiencia mágica y duradera. Los libros, en especial los que trataban de otras obras de la literatura, eran el sustento de su existencia y desde hacía tiempo empezaron a sustituir sus propias ilusiones.

Marian caminaba lenta y detenidamente por la habitación. Le producía un placer extremo ver a sus sumisos “amantes” perfectamente colocados en el lugar que les correspondía. Pero aún había algo más, pues también los gozaba con sus cinco sentidos y a veces, incluso, con alguno más. Se deleitaba acariciándolos, como si fuera el rostro de un hombre, pasándoles la yema de su dedo índice, cual habilidosa pianista, por los gruesos lomos, aterciopelados algunos, agrietados los otros, forrados en un cuero intemporal. Cuando cerraba sus ojos podía adivinar con exactitud ante qué obra se hallaba. No sólo podía intuirlas, ya que sus olores a otros tiempos, sus aromas a imprenta fresca o a tinta extranjera, le daban la pista necesaria y le apaciguaban el alma.

Marian a menudo se apartaba de la luz solar para adentrarse en aquella cámara acorazada que contenía sus sueños entre las encuadernaciones. Sólo alguien como ella, harta de no encontrar la verdad por ninguna parte, podía llegar a disfrutar de alguna manera con sólo con un poco de sombra y otro poco de silencio.
Era una buena persona, tan noble, tan silenciosa, cerrada y amable como lo eran sus propios libros. Sus ediciones tenían el alma que no podía ver en las gentes, el espíritu de una certeza imaginaria, que entre sus acogedoras páginas, se tornaban verdades como templos.

Mientras Marian deambulaba, eligió unas cuantas novedades con calculado acierto. Los volvería a releer. Comenzaría con “El cuento número trece” de Diane Setterfield. Apiló siete de ellos, todos tenían algo en común con su alma, con su búsqueda imparable de la verdad entre las verdades: “La sombra del viento” y “Marina” de Ruiz Zafón, “La novela perdida de Lord Byron” de John Crowley, “El significado de la noche” de Michael Cox, y por último, “La ladrona de libros” de Markus Zusak. Los cogió en brazos dispuesta a engullir y explorar los cotos de sus ensoñaciones, las aleatorias vetas de su conocimiento, que como hijos caprichosos, revelaban algunos libros a sus lectores, dispuestos a tropezar con sus almas.

No se limitaba a leerlos: los devoraba con avidez como si de un gigante pastel de chocolate se tratara, con la única diferencia de que nunca se saciaba por muchas letras que compusieran su anhelado postre de tinta, papel y palabras.

Así comenzó a sumergirse en la lectura hasta llegar a otro mundo: ya no oía ni veía y su biblioteca se disipó en una niebla espesa como un fantasma. El tiempo y el recuerdo se descomponían y se desintegraban. El tiempo: tan sólo una imagen, de necio perfil, callado en el absurdo y material esquema de lo tangible, de luces y de noches; un rostro que se asoma por encima de la imaginación, pero ésta aun se eleva más, hasta verlo empequeñecido e insignificante como a un viajero desde una elevada montaña.

La imaginación de Marian levantaba ahora una nube de polvo invisible, que haría toser a los relojes del mundo, así como a las mentiras, que carraspearían avergonzadas. Entre aquellas moscas conservadas en ámbar, fósiles desterrados, cadáveres incorruptos en un bálsamo de hielo, que no eran sino las letras atrapadas entre la terrible blancura de las hojas abiertas, se hallaba la verdadera magia de lo eterno, el secreto inagotable, el perenne milagro: la tinta impresa sobre el papel.

Y sólo el silencio era entonces bienvenido. Marian le abrió el portal de su corazón para envolver naturalmente el ambiente de las historias que absorbía entre palabras dibujadas por la libertad, ésa que la invitaba a escoger a un nirvana a su medida. Ella flotaba entonces, a través del tiempo y del espacio, vencedora de sus tristezas y del embuste ajeno, ingrávida entre palabras impresas, en un vuelo impreciso hacia campos entusiastas, hasta las razones del corazón, sin buscar ni esperar los recónditos designios de la felicidad. Nadie podía impedir su emigración a otros mundos, la colisión magnánima de un mundo impuesto con el suyo, el buscado y del cual se creía merecedor el choque frontal de las dos orbes: la una forzosa y la otra libre. La primera, el precio total a pagar, el dote que exigía llevarse un Dios tal vez, por eludir su íntimo sino.
Una duda empañada por el destino, un destino empañado en dudas: las que la debatían entre el deber y la ensoñación, entre la apariencia y lo que suponía ser la exposición de su alma: caudal incontenible de fluyente ensoñación creativa.

Leer significa ver, y ver significa leer.
Sub umbra floreo: C.Bürk

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