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Entrevista a Sergio Parra por Claudia Bürk

Entrevista a Sergio Parra
(Escritor, filósofo y divulgador científico)
Por Claudia Bürk

Sergio Parra Castillo, nacido en Barcelona, año 1978, ha estudiado Derecho y Filosofía, aunque la literatura acabó por engancharlo, como afirma. Actualmente redactor en diversos medios digitales, como como Papel en Blanco, Genciencia y Fantasymundo, así como lector para la Editorial Planeta.

Co
mo autor,
publicado las novelas La granja de Dios, Frío, Bitis TM, Jitanjáfora, La moleskine, Tanatomanía y Venus decapitada. También publicó por entregas la primera novela podcast en español Las gafas de Platón y ha sido el encargado de escribir el capítulo fundacional de la primera novela colaborativa inspirada en un videojuego: Yo, dragón.

En breve aparecerá la segunda entrega de Jitanjáfora, la novela de fantasía laica que resultó finalista de los Premios Ignotuos de la AEFCF y los Xatafi-Cyberdark: Jitanjáfora: Desencanto.

De sus galardones, destacan la mención del premio UPC de Novela Corta por What hath God wrought, el XIV Certamen de Literatura Ategua por Frío o el V Certamen Nacional de Narrativa Caja Castilla La Mancha por La moleskine, en el que también resultó finalista al año siguiente con Los vértices geodésicos.
Como divulgador científico, ha publicado en revistas como Quo, ha colaborado en diversos programas de radio, y ha participado en la investigación y documentación de los grandes innovadores latinoamericanos del pasado para un ambicioso proyecto de Pagés BDDO, en colaboración con medios como CNN Chile, Grupo Clarín en Argentina y Televisa en México: Innovadores de América.
Él se ha definido a si mismo así:Un juntaletras con ínfulas, corredor de fondo de la espiral con el cachondeo del que sube a la montaña rusa, cultivador de mi memesfera con la dedicación de un horticultor, enarbolo el ego pero censuro al Narciso, aplaudo la frivolidad pero condeno la superficialidad. Contradictorio, científico, hiperestésico, idiota en el sentido ateniense de la palabra, aún sigo buscando la ballena blanca a sabiendas de que no existe.”

Sergio, me recuerdas un poco a Eduardo Punset. ¿Sientes tú también de algún modo ese “parentesco intelectual”, o por el contrario, no ves esa similitud con él?
Es un honor que me compares con él, porque Punset es un gran divulgador en el sentido de que ha conseguido conectar al público profano con la ciencia, incluso llegándola a poner de moda, en cierto modo. Sólo hay que mirar la lista de los libros de no ficción más vendidos: Punset suele codearse con los primeros. Y, a pesar de que preferiría que me comparan con Carl Sagan (modesto que es uno), la verdad es que es más justa la comparación con Punset: ambos venimos de carreras no científicas y hemos desembarcado en la divulgación de una forma totalmente autodidacta.

Háblanos un poco de tus publicaciones. ¿Cuáles son los temas de interés sobre los que insistes más?
Como novelista persigo la ruptura, la experimentación, la complejidad, tanto a nivel formal como temático. No acostumbro a dar concesiones al público: leer mis novelas exige esfuerzo, y las ideas que transmito probablemente te harán replantearte lo que creías saber (al menos, ésa es mi pretensión). Escribo lo que me gustaría leer: textos que me cambien, que me zarandeen, que se atrevan a ahondar en temas poco transitados con una visión un tanto oblicua. Por ello intenté demostrar que la realidad es más apasionante que la fantasía o la magia sobrenatural (Jitanjáfora), que el feminismo puede ser tan peligroso como el machismo (Venus decapitada) o que los sentimientos no sólo pueden ser noños y almibarados sino también racionales, justos y cuadriculados (Frío). No persigo tener razón en lo que planteo en mis obras, lo que pretendo es hacer reflexionar sobre lo que damos por sentado.
Como divulgador, no obstante, soy todo lo contrario. Huyo de la complejidad formal y temática, y si bien intento que algunos de mis artículos hagan recapacitar al lector sobre asuntos profundos, siempre intento guiarlo desde el principio. Creo que el error de muchos articulistas y ensayistas es el de trasladar las pretensiones estilísticas y casi herméticas de la ficción al terreno de la no ficción. Un ensayo tiene cierta aspiración docente, y para ello es imprescindible la claridad expositiva. Textos de Lacan, Derrida y otros intelectuales de humanidades no sólo me parecen pedantes o herméticos (con el fin de ocultar cierto vacío intelectual), sino que me resultan completamente inútiles. Toda la energía mental de un lector de ensayo debe estar concentrada en la comprensión de las tesis que plantea el ensayo, no en la resolución de metáforas complejas o juegos de palabras pretenciosos. Saber mucho no consiste es escribir raro: quien sabe más es aquél que es capaz de explicar de manera sencilla lo más complejo. En esto coincido con George Orwell, que decía que la principal ventaja de hablar y escribir con claridad es que “cuando hagas una observación estúpida, su estupidez resultará obvia incluso para ti.”

Te dedicas a la actividad de “lector” para una gran editorial. ¿Puedes  definirnos un poco ese trabajo?
Soy algo así como pre-jurado de premios como el Planeta, el Azorín, etc. Leo los manuscritos que llegan para optar a esos premios, y luego escribo informes técnicos destacando puntos a favor y en contra tanto a nivel estilístico como argumental: de esa manera ahorro al jurado la lectura de manuscritos que no tienen ninguna salida (la mayoría).
Es una tarea que te permite aprender mucho: lees cosas que nunca habrías leído por gusto. Además, fijándote en los fallos de los otros, eres más consciente de tus fallos. 

¿Qué es para ti la realidad? ¿Cómo la definirías?
Para mí la realidad es lo que registro con los sentidos. Como los sentidos son tan imperfectos (no evolucionaron para capturar toda la realidad, sino para sobrevivir en la sabana africana: por ejemplo, no vemos las ondas electromagnéticas), el ser humano inventó la ciencia, que no es más que una herramienta para incrementar el alcance de nuestros sentidos.

Gracias a la ciencia, ahora disponemos de microscopios para ver lo más pequeño, telescopios para ver lo más lejano, rayos X para ver a través de las cosas, etc. Con la ciencia incluso podemos inferir cosas que no percibimos directamente, registrando los efectos que produce. Así que, gracias a la ciencia, ahora tenemos una comprensión de la realidad cientos de veces superior a la de las personas de hace apenas 100 años.

No puedo creer otra cosa porque todas las evidencias científicas, hasta el momento, así lo indican. Otra cuestión sería que no somos capaces de observarla sin condicionarla, con lo cual no podemos determinar cómo es la realidad con nuestros sentidos, ni siquiera a nivel microscópico.

En cualquier caso, si existe una realidad más allá de la detección de las herramientas científicas, entonces no me incumbe: conjeturar sobre ella sería como hacerlo sobre el País de Nunca Jamás: pura palabrería.

Algo parecido sucede a nivel epistemológico. La corriente posmodernista que postula que no existen verdades objetivas olvida que las verdades objetivas no nos incumben en tanto en cuanto no podemos acceder a ellas. Si no fuera así, entonces nada se podría discutir sobre cualquier asunto. Pero lo cierto es que, existan o no esas verdades universalmente objetivas, fuera de toda duda, sí existen verdades objetivas contingentes, en un plano objetivo “humano”, hasta donde alcanzan nuestros sentidos y los dispositivos científicos capaces de radiografiar la realidad. Una vez asumimos que es esa realidad la que nos incumbe (y no la que pueda existir fuera de este universo o en otras dimensiones paralelas, etc.), entonces sí que somos capaces de plantear hipótesis, teorías e incluso axiomas, hasta cierto punto incuestionables (hasta que no se encuentren verdades más precisas para describir la realidad; no es válido cuestionar aduciendo que nada es objetivo). Ésta es la forma en la que avanza la ciencia, lo que permite que existan aviones, televisión o aceleradores de partículas.

¿Crees tú que el universo es finito?
Ni si quiera los astrofísicos saben eso, así que no creo nada al respecto. Puede ser infinito, no serlo, tener forma de silla de montar (como afirman otros), etc. Todo es demasiado especulativo hasta el momento.

¿Crees en las teorías de Darwin o piensas que hay cosas que la contradicen?
La evolución Darwiniana debe de ser probablemente la teoría mejor fundamentada, probada y articulada que existe, así que no creer en ella sería tan extraño como no creer que la Tierra gira alrededor del Sol. El problema es que la teoría es muy complicada (mucho, mucho más complicada de lo que la gente imagina) y, además, va en contra de nuestra intuición más básica: cuesta imaginarse que las especies evolucionen por azar, y que en la actualidad seamos organismos llenos de parches defectuosos del pasado. Así que hay aspectos mínimos que todavía no sabemos cómo funcionan: pero ello no indica que la teoría sea errónea, sino que nos faltan algunos datos para  completarla.

Si bien Darwin no articuló su teoría del todo bien (todavía desconocía muchas cosas que ahora sabemos), la teoría actual de la evolución es tan sólida que no pienso que haya argumentos para contradecirla. He leído muchos libros de diseño inteligente y me asombra que malinterpreten tanto a Darwin. Si quieres un buen libro para profundizar en la teoría: “El relojero ciego” de Richard Dawkins o “La peligrosa idea de Darwin” de Daniel C. Dennett.
Una encuesta sobre Darwin, en el que participaron 2.600 adultos, fue publicada recientemente por el diario The Daily Telegraph. Nada menos que el 51% de los ciudadanos del Reino Unido que han participado en la encuesta opinan que la teoría de la evolución por sí sola no es suficiente para explicar las complejas estructuras de algunos seres vivos. Estos resultados denotan dos cosas: que en el colegio no explican correctamente la teoría de la evolución (sin ir más lejos, a mí me la explicaron desde un punto de vista lamarckiano y no darwinista) y que, más tarde, la gente no se preocupa de entenderla leyendo algunos libros sobre el tema.

¿Por qué crees que existes? ¿Cual crees que es la razón de tu existencia?
Existo por una serie de azares biológicos acumulativos. Existo como existe una montaña, una estrella o una reacción química: por casualidad. No somos en hito de la evolución, ni mucho menos, así que me sorprende que hayamos sobrevivido hasta ahora: la estadística, sin embargo, nos sugiere que probablemente no duraremos mucho más.

¿La razón de mi existencia? Bueno, eso ya es más personal. No tengo ninguna razón para existir. Simplemente existo y sigo adelante porque tengo un fuerte programa genético que me induce a reproducirme, buscar placeres, alimentarme, etc.; y que sin duda me convence de que el suicidio es horroroso. Simplemente soy una máquina bien programada para no cuestionarme demasiado las cosas. Se han hecho curiosos experimentos con Inteligencias Artificiales: se auto aniquilaban o se quedaba paralizadas si no les inducías artificialmente una razón para pensar y moverse. Nuestro inductor biológico tiene un nombre: sentimientos. Los sentimientos son como programas de ordenador que nos conducen a hacer cosas aunque esas cosas no tengan razón lógica.

Como tengo sentimientos, sigo adelante. Al menos de momento.

¿Qué clase de consejos le darías tú a tu prójimo para mejorar su calidad de vida?
No me gusta dar demasiados consejos porque, en muchos casos, son contraproducentes: la gente suele ser reacia a aceptar que otro le diga que está equivocado. Pero si tuviera que dar alguna receta general que no se tiene muy en cuenta sería que cuide de quién se rodea, quiénes son sus amigos, en qué actividades (libros, películas, etc.) invierte su tiempo. Todo ello, según las últimas investigaciones, tiene mucha más importancia de lo que parece. Somos, en gran parte, lo que son las personas y entidades culturales que nos rodean. El dicho de “dime con quién andas y te diré quién eres” parece tener más peso del que creíamos. Precisamente ahora estoy escribiendo un ensayo sobre este tema, una especie de libro de autoayuda que no se fija en ti individualmente sino en las cosas que te rodean, incluidos los amigos y familiares.

Tengo entendido que te declaras ateo. ¿Crees que el ser humano puede vivir en paz con su condición finita, aún pensando que algún día su consciencia se extinguirá para siempre?  Sergio, ¿no será que igual que tú, el ser humano necesitará seguir buscando  “la ballena blanca a sabiendas de que no existe”?
Primero quiero matizar que ser ateo no significa estar absolutamente convencido de que no existe Dios. Una persona racional y científica no puede estar absolutamente convencido de nada: sólo tiene mayor o menor grado de certeza. Lo que piensa realmente un ateo instruido es que el elemento divino no es necesario para explicar la naturaleza: lo excluye de su ecuación mental, no dedica tiempo a ello. Porque, de todas formas, decir que todo no pude existir sin razón alguna arguyendo que Dios es la razón, es quedarse sin responder el misterio añadiendo otro misterio: ¿entonces cuál es la razón de que exista Dios? ¿Y la razón de que exista la razón de que exista Dios?
En ese sentido, pues, muchos agnósticos son ateos sin saberlo. Luego está, claro, el agnóstico que afirma: yo no sé si existe o no, así que sigo en la duda. De todas las posiciones que se pueden adoptar frente a la existencia de Dios, me parece la más endeble: por supuesto que no sabemos si existe o no, pero tampoco sabemos si existen los personajes de Alicia en el País de las Maravillas, o los unicornios, o los Papá Noel, etc. Así pues, ¿eres agnóstico frente a todo ello? Si tu alguien te pregunta si existe Zeus, ¿dirás que quién sabe?
Por otro lado, si Dios existiera tendríamos a un enemigo potencialmente muy peligroso, un enemigo al que deberíamos rendirle muchas cuentas, profundamente más inmoral que cualquier sociedad democrática. Y si no podemos revelarnos ni pedir explicaciones porque Él es superior, intocable e inescrutable y nosotros sólo somos seres imperfectos, entonces preferiría no existir. Sin contar el problema subyacente de dirigirnos a un supuesto Dios que dice ser tal: ¿cómo lo sabemos con seguridad? ¿No podría ser un impostor? ¿Cómo sabemos que lo que él llama Verdad Suprema o el aserto de que sus actos son inescrutables por nosotros es cierto? Creer que Dios es bueno o hace el bien es tan difícil como creer en cualquier otra cosa no probada. Así pues, por pura lógica, Dios no es de fiar. Más aún: si Dios fuera realmente Dios, nuestra duda o nuestra postura defensiva sería loable ante él. Nuestra falta de obediencia sería loable, meritoria, porque jamás sabremos si es Dios de verdad a causa de nuestra inferioridad cognitiva, y tampoco seremos capaces de evaluar los actos de Dios como buenos o malos. Como cabe la posibilidad de que Dios no sea Dios, entonces no creer ciegamente en sus postulados o dudar de sus verdades sería la única vía posible.
De todas formas, habría antes que definir exactamente de qué idea de Dios estamos hablando. Si Dios es sólo un sinónimo de orden o de Big Bang, entonces es una idea irrelevante si existe o no: la palabra Dios, aquí, sólo sería un sinónimo de otros términos mucho mejor desarrollados.
Sobre el hecho de pensar que no hay nada más allá de nuestra vida sensible, que desapareceremos sin dejar rastro, que nuestra existencia en finita y no tiene sentido elevado, no creo que ello imposibilite vivir en paz. Sencillamente porque yo pienso así, y conozco a mucha gente que piensa así, y todos ellos viven en paz como yo. Pero añadiría una cosa más: porcentualmente, hay más creyentes en las cárceles, hay más creyentes que conculcan sus normas morales, hay más creyentes que se suicidan, etc. Es decir, que una vida de creencia metafísica no predispone a nadie a ser más feliz. Las únicas ventajas que se han hallado al profesar una religión es que sus integrantes están más unidos entre sí, hacen más vida social, se reúnen en centros como la Iglesia, etc., y todo ello mejora la calidad de vida: somos animales sociales y nuestra felicidad depende del respaldo que sintamos de nuestra comunidad. Pero basta con encontrar organizaciones sociales bien instrumentalizadas por laicos o ateos para conseguir el mismo efecto sin vernos obligados a creer algo por el simple hecho de que no creer puede hacernos infelices: ¿entonces crees por miedo o crees porque tienes razones para creer?
Como el protagonista de Moby Dick, yo también persigo a mi propia ballena blanca, aunque en el fondo sepa que tampoco es la respuesta a todas mis preguntas o a mi existencia. La búsqueda de mi ballena corresponde a la fe racional que deposito en los demás, en mis propósitos cotidianos, en mis objetivos vitales, en mis sueños materiales, en descubrir cosas y aprender un poco más cada día sobre lo que somos. Todo ello no significa que mi vida dependa de esto: sólo es un aliciente más. Como dije anteriormente, los genes se encargarán de que sigas adelante aunque sepas que no hay Más Allá. Y, además, saber que no hay ballena blanca en realidad, y que cuando se acaba se acaba, también te libera de muchas ataduras: no te hace sentirte tan importante, no transiges con tus pecados pensando en que más tarde, etc. Creo que eso es sinónimo de madurez: depender de un padre rector, no. Por supuesto, llegar a ello no es fácil ni surge naturalmente: es tan antinatural y complejo como imponerte una dieta hipocalórica a pesar de que tu naturaleza te invita a comer alimentos calóricos sin medida. A la larga, sin embargo, la dieta hipocalórica te permite ser mejor, pensar mejor, ser más independiente, ser más dueño de ti, vivir más intensamente y con los sentidos más despiertos.  

Por último, Sergio, y agradeciéndote tu tiempo, ¿existen algunos de tus conocimientos u opiniones que pienses que puede ser de interés general y que pueda ayudar a fomentar la cultura de los otros?
Si hablamos de recetas dirigidas a todos como comunidad, entonces apostaría por la educación. La educación suele trocarse en adoctrinamiento cuando ésta se encuentra en manos de unos pocos, así pues, también apostaría por una libre circulación de ideas junto a una serie de herramientas neutrales que sirvieran para detectar qué ideas son directamente desechables y cuáles deben estar sujetas a discusión.
A mi juicio, esas herramientas deberían emplear un sistema parecido al que usa el método científico: huir de la verdad absoluta, someter continuamente a análisis cualquier afirmación (si uno encuentra una falla, entonces esa afirmación se descarta), que la información pueda ser impugnada por cualquiera, que esas informaciones se distribuyan libremente sin que intercedan fronteras, sistemas políticos o una propiedad intelectual tan restrictiva como la actual, que dejemos de fiarnos de testimonios o pruebas circunstanciales y que fijemos nuestra atención en investigaciones colectivas que evidencien por qué se produce lo que se produce y no sólo que se produce, etc.
De todo ese totum revolutum, en el que todos participarían activamente, surgiría una inteligencia emergente similar a las que se manifiesta en las colonias de hormigas o en Wikipedia, en las que nadie es autor de una idea sino que la idea se fragua en una cacofonía de voces ligeramente jerarquizada según el grado de conocimiento demostrado en la materia.
Desde un plano menos utópico, la principal y urgente medida que debería tomarse es la de aumentar significativamente el nivel de conocimientos científicos de la sociedad. Cada vez más, todos los ámbitos del conocimiento están dejando participar a una ciencia que avanza a pasos de gigante. En breve, materias tan alejadas de las ciencias duras como la historia, la moral o los sentimientos darán un giro copernicano de 180 grados gracias a los avances en genética, neurociencia o computación.
Simultáneamente, se impone una revolución en los conocimientos generales que se imparten en los centros educativos. De acuerdo, es importante que sepamos resolver ecuaciones de segundo grado, que memoricemos los elementos de la tabla periódica o que sepamos recitar la declinación de un verbo en latín antiguo. Pero tan o más importante es que sepamos qué derechos tenemos como ciudadanos, cómo debemos cocinar o realizar las labores del hogar, cómo enfrentarnos a todas las junglas burocráticas, cómo aplicar las matemáticas a nuestros problemas cotidianos, cómo gestionar nuestra economía, cómo tratar con los bancos o pagar nuestros impuestos y por qué, por qué debemos votar, qué partidos políticos existen y en qué consiste el programario de cada uno de ellos, punto por punto, cómo hacer la declaración de la renta, cómo manejar un ordenador sin que él nos maneje a nosotros. ¿Por qué conocemos mejor la arquitectura de la catedral de Burgos que la de los edificios que hoy en día puedo adquirir como vivienda: sus peligros, engaños, su letra pequeña? ¿Por qué conozco la pintura de Miguel Ángel y sin embargo no tenemos mucha idea de cómo pintar nuestras habitaciones, cómo los colores afectarán a nuestro rendimiento académico o si el pintor de brocha gorda que hemos contratado nos está estafando? ¿Por qué nos someten a un test de inteligencia pero no nos instruyen para emplearla; o mejor aun, estimulan nuestra curiosidad y robustecen nuestro sentido crítico?  
Esto último debería articularse también como una especie de undécimo Mandamiento: Aprenderás, dudarás de todo, sobre todo de quienes dicen saber la verdad, y también dudarás de ti mismo y del resto de los diez Mandamientos. Y si alguien dice que lo que crees es falso o es peligroso, desearás con toda tu alma que te expliquen la razón, para no desperdiciar ni un minuto más en ello.

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