Todos somos Clarividentes-Claudia Bürk

Carta a R.

Cuando la luz se apaga, el alma viaja a una ciudad desconocida, en la que cada sonido puede convertirse en palabras mudas, susurros inexistentes y gritos sin voz. Los colores brillan menos y al despertar la luz parece haberse evaporado, hasta que una lágrima cae del ojo y se va deslizando. Es como un pequeño manantial que fluye hasta perderse por los senderos de un suave rostro. Es el mío, al estar alejado del tuyo, que no soporta ni la fina presión de una suave brisa si no estás cerca de mí. Con cada parpadeo tuyo, un mundo nuevo se abre a mis pies. La obscuridad que se ciñe a mí cuando no sueño contigo, no halla consuelo en ningún rincón del mundo. En ella me derrito, esperando ser reconstruida con la pureza y fortaleza de tu cercanía. Recuerdo cada rasgo de tu cara, cada gesto, cada mirada, cada exhalación por ti realizada; cada suspiro, cada sonrisa y cada palabra entonada.

Si el universo tiene sus constelaciones, sus mapas, sus estrellas y cometas, yo te tengo a ti: mi fuente de energía para mantenerme en pie, mi razón para vivir y alegrarme, mi único rey y señor con el que desearía compartir mi existencia. Te guiaría hasta los mismísimos confines del mundo y, asombrado, verías que ni siquiera allí se acabarían nuestras vidas. Junto a ti, sería capaz de construir parajes nuevos con los que jamás hayas soñado, pues tú eres la inspiración personificada, el creador de mis sueños, la etérea esperanza de mi bienestar presente y futuro.

Por fin he conocido un amago realmente importante de mi destino, no importa derramar lágrimas si no se trata de una derrota...

Amándote a cada segundo, con cada respiración, te idolatra:

C.

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